La Intérprete SILENCIO
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SILENCIO

Aterricé en La Paz ya entrada la noche.

Nada más bajar del avión miré el teléfono, por inercia.

Sin cobertura.

Fruncí el ceño. Esperé unos segundos. Volví a intentarlo.

Nada.

Le escribí igualmente:

Ya he llegado. Estoy en casa.

El mensaje quedó suspendido.

Sin confirmar.

Pensé que no pasaba nada. Que estaría ocupado.

Que quizá el Elías de París —el que sonreía, el que me miraba como si yo fuera un milagro— había desaparecido.

Y había vuelto el otro.

El Elías frío.

El calculador.

El que no necesitaba avisar.

El trayecto desde la pista hasta la casa fue silencioso. El conductor no habló. Yo tampoco.

Miraba por la ventanilla el desierto oscuro, interminable, como si pudiera encontrar algo allí.

Como si el silencio tuviera forma.

La casa estaba iluminada.

Eso me tranquilizó.

Solo unos segundos.

Entré.

El silencio me recibió con una cortesía inquietante.

No era abandono.

Era orden.

Como si todo estuviera exactamente donde debía estar.

—¿Elías? —dije, sin alzar la voz.

Nada.

Dejé el bolso sobre la consola y avancé despacio.

Salón. Cocina. Comedor.

—¿Elías?

Subí las escaleras.

Primera habitación. Vacía. Segunda. Igual.

Entré en nuestro dormitorio.

La cama estaba hecha.

Demasiado perfecta.

El baño, impecable. El espejo limpio.

Ningún rastro reciente: ni vapor, ni toallas usadas, ni señales de vida.

Abrí el vestidor.

Recorrí cada rincón.

Al principio pensé que no faltaba nada.

Todo parecía en su sitio.

Saqué el teléfono.

Sin mensajes.

Llamé.

Fuera de cobertura.

Una presión en el pecho.

Todavía leve.

Todavía controlable.

Bajé.

Terraza. Nada. Piscina. Vacía.

Miré hacia las dunas. Hacia el mar.

—¿Elías? —grité esta vez.

Solo el viento.

Llamé al Seco.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él?

Un segundo de silencio.

—Esta mañana, señora. Me dijo que no lo molestáramos. Que estaría ocupado.

Cerré los ojos.

—¿Con qué?

—No lo especificó.

Tragué saliva.

—Muévete. Averigua dónde está.

—A sus órdenes.

Colgué.

El silencio ya no era el mismo.

Más denso. Más definitivo.

Saqué la agenda. Busqué otro número.

Llamé a su madre.

Nada.

Probé con el Chuso.

Tampoco.

La habitación seguía en silencio.

Pero ya no era duda.

Era otra cosa.

Bajé al salón.

Busqué algo que no encajara.

Nada estaba fuera de lugar.

Subí de nuevo. Esta vez, con más atención.

Entré otra vez en el dormitorio.

Abrí el armario con una calma que ya no sentía.

Entonces lo vi.

Su armario.

Faltaba ropa.

No mucha. Lo justo.

Pero su chaqueta negra seguía allí.

Eso me descolocó más que si hubiera desaparecido todo.

No se había ido deprisa.

Había elegido.

Me giré lentamente hacia la caja fuerte.

Tecleé el código.

La puerta se abrió con un clic seco.

Faltaba algo.

Su pasaporte falso no estaba. Solo el mío: Lucía Ríos.

Sentí un vacío real, físico, como si algo me atravesara el estómago y me dejara sin aire.

Me apoyé un segundo en la cómoda.

No lloré. Todavía no.

Entonces lo vi claro.

Bajé las escaleras y entré en el segundo despacho.

Cerré la puerta tras de mí.

La estantería.

Mis dedos encontraron el mecanismo casi sin pensarlo.

El panel cedió.

El corredor apareció ante mí como una boca abierta.

Encendí la luz.

Tecleé el primer código.

Correcto.

Avancé.

El túnel era más largo de lo que recordaba. Más frío.

El eco de mis pasos tensaba mi propia respiración.

Llegué al segundo control.

Tecleé el código.

Error.

Se me aceleró la respiración.

Lo intenté otra vez.

Error.

—No… —susurré.

Cerré los ojos. Inspiré hondo.

Volví a teclear, obligándome a pensar.

Esta vez, el sistema respondió.

La puerta se abrió.

Seguí avanzando hasta el final.

El hangar subterráneo apareció ante mí.

El espacio donde debía estar el hidroavión anfibio era un hueco imposible de ignorar.

Me quedé allí, inmóvil, mirando la nada, entendiendo poco a poco lo que estaba viendo.

No había signos de violencia.

No había huida caótica.

Solo ausencia.

Saqué el teléfono con manos que ya no disimulaban el temblor.

Llamé al Seco.

Cuando contestó, no pude suavizarlo.

—Seco… —la voz se me quebró—. Se ha ido.

Silencio.

—Nos ha dejado.

Me quedé mirando el hueco vacío, comprendiendo por fin que no había sido casual.

Había elegido irse.

Y no me había llevado con él.