La Intérprete TE AMO
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TE AMO

Estábamos en la terraza. El mar de La Paz se extendía delante de nosotros, demasiado tranquilo.

Elías revisaba documentos en la tablet, concentrado, con ese gesto serio que no había desaparecido desde la llamada de Claire.

Yo, descalza, miraba el horizonte.

Pensaba.

El teléfono sonó.

Park.

La imagen apareció nítida. Park estaba en una habitación sin ventanas, luz artificial, camisa arremangada. Tenso, pero controlado.

—Sofía. Necesito hablar contigo. Ahora.

—Te escucho.

—Tenemos un problema. Ríos está levantando capital en California.

Eso terminó de despertarme.

—¿Cómo?

—Infraestructura. No puertos directamente. Empresas alrededor: transporte, almacenes, operadores logísticos. Si controla eso, puede estrangular cualquier carga.

Cerré los ojos un segundo.

Ya veía el mapa.

—¿Qué sabes?

—Beverly Hills. Inversores. Mucho dinero. Demasiado discreto para ser legal.

—¿Qué necesitas?

—Que vengas. En persona. Dos, tres días. Si me ven, la reunión desaparece.

Sentí la mirada de Elías en mí.

—¿Riesgo?

—El habitual. Pero conviene cerrarlo rápido. Antes de que nos cierren California.

Asentí.

—Dame unas horas.

—Hazlo pronto.

La llamada se cortó.

El viento movía apenas las cortinas. Elías seguía detrás de mí, inmóvil.

—No —dijo—. No quiero que vayas sola otra vez.

Me acerqué despacio y apoyé la mano en su antebrazo.

—Serán pocos días. Y tú no puedes exponerte ahora. Ya lo oíste.

Su mandíbula se tensó.

—No me gusta.

—A mí tampoco. Pero no podemos parar ahora.

Me sostuvo la mirada.

—Te informaré de todo —añadí—. Cada paso. Y cuando vuelva… decidimos. Pero juntos.

El silencio se alargó.

Elías se pasó una mano por la cara.

—Odio no tener el control.

Lo dijo casi para sí.

Finalmente, exhaló.

—Te llevas a hombres de seguridad. Sin discusión.

—Por supuesto.

—Nada de improvisar. Nada fuera de lo previsto.

—Lo prometo.

Se acercó un poco más. Me apartó un mechón de pelo con un gesto inesperadamente suave.

—No me gusta que te vayas —dijo—. Pero confío en ti.

Apoyé la frente en su pecho un instante.

—Volveré pronto.

No respondió.

Pero me rodeó con los brazos con una firmeza poco habitual.

El amanecer apenas movía el aire en la pista privada.

El jet esperaba, impecable, en silencio. Los hombres de seguridad ya estaban a bordo.

Elías me acompañó hasta la escalerilla sin soltarme la mano. Caminábamos despacio, como si eso pudiera retrasarlo. Yo llevaba una maleta pequeña. Él iba de negro, sobrio, con gafas de sol pese a la hora.

Se detuvo frente a mí.

Me miró a través de los cristales. Sin cálculo. Solo él.

—Tranquilo —dije, intentando sonreír—. Vuelvo en unos días.

Le acomodé el cuello de la camisa.

—Además, París te ha ablandado —añadí—. Estás demasiado sensible.

Una leve curva en su boca.

—No se lo digas a nadie. Me arruinarías la reputación.

Me abrazó.

Fuerte.

No fue un gesto breve. Fue una pausa.

Apoyé la cabeza en su hombro, respiré hondo, como si pudiera llevarme algo de él conmigo.

—Cuídate —murmuró.

—Siempre lo hago. Y tú también.

Nos separamos despacio.

Subí el primer escalón. Me giré.

Seguía mirándome.

Subí otro.

—Sofía.

Me detuve.

Se quitó las gafas.

—Te amo.

Sin énfasis. Sin gesto.

Verdad.

Sentí el calor subir al pecho.

—Yo también.

Entré en el avión.

Desde la puerta lo miré por última vez. No se movió.

La escotilla empezó a cerrarse.

Mientras el avión rodaba, lo vi quedarse atrás.