EXPUESTA
Regresamos a La Paz de noche.
La casa estaba en silencio, envuelta en esa calma engañosa de los lugares aislados. El mar se escuchaba: un rumor constante, profundo, como una respiración antigua que nunca se detenía.
Dejé la maleta en el dormitorio y fui directa al baño. Llené la bañera despacio. El vapor empezó a envolverlo todo, difuminando los contornos, como si también quisiera borrar lo que traía conmigo de París.
Me desnudé sin prisa, me metí en el agua caliente y apoyé la cabeza en el borde, cerrando los ojos.
París seguía ahí.
Las luces sobre el Sena. Su forma de mirarme, como si no existiera nada más. No era el Halcón. Era ese Elías distinto, el que siempre supe que existía, pero que nunca se había mostrado así: sin máscaras, sin cálculo.
Presente.
Y me había desarmado.
Verlo reír sin tensión, perderse en conversaciones absurdas, mirarme como si yo fuera su único punto de anclaje. No la socia. No la aliada. No la mujer que entendía el tablero.
Yo.
Sofía.
El vínculo que estábamos creando me daba vértigo.
No era solo deseo, ni gratitud, ni complicidad.
Era algo más profundo.
Y más peligroso.
Lo amaba.
Y admitirlo —aunque fuera solo para mí— me dejaba expuesta de una forma que no sabía sostener.
El dolor seguía ahí.
El recuerdo de mi madre. De mi hermana.
Esa herida no se había cerrado.
Había momentos, incluso en París, en los que una risa se me congelaba al pensar en ellas.
Y, aun así, él había estado.
Sin grandes palabras. Sin promesas.
Sosteniéndome.
Entendiendo cuándo acercarse y cuándo quedarse en silencio.
Desde el principio nos habíamos entendido así. Como si habláramos un idioma propio.
Me removí en el agua. El calor relajaba el cuerpo, pero no los pensamientos.
Pensé en lo frágil de todo aquello.
La cárcel. Una bala perdida. La DEA. Enemigos que no dormían.
La incertidumbre pesaba.
Y, aun así, había algo que me inquietaba más que perderlo: perderme a mí misma si renunciaba a lo que sentía.
Porque yo también estaba cambiando.
Esta vida estaba sacando una versión de mí que no conocía del todo. Más firme. Más fría cuando hacía falta. Capaz de sostener una mirada y tomar decisiones que antes me habrían paralizado. Y, al mismo tiempo, más consciente de lo que amaba, de lo que dolía, de lo que importaba.
Él era un hombre peligroso.
Pero ese hielo que lo rodeaba… yo lo había visto romperse.
Ese lado solo lo conocía yo.
Abrí los ojos. El techo estaba empañado.
No sabía cómo acabaría todo aquello.
Ni cuánto duraría ese equilibrio.
Pero no quise mirar más allá.
Me quedé en silencio, dejando que el agua me cubriera los hombros, aferrándome a una verdad tan simple como peligrosa:
Lo amaba.