La Intérprete EL SENA
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EL SENA

Subimos ya de noche. El río reflejaba las luces como un espejo en movimiento, y el aire tenía ese frío leve que despierta los sentidos. Un violinista tocaba cerca, lo justo para acompañar sin invadir.

La mesa era puro lujo discreto: champán frío, ostras abiertas al momento, foie gras, pan crujiente aún tibio. Todo olía a mantequilla.

Brindamos sin palabras.

En un momento, al llevarme la copa a los labios, se inclinó apenas y me limpió el labio con el pulgar.

Un gesto mínimo que me atravesó.

Cuando el barco arrancó, París empezó a desplegarse como un escenario.

Notre-Dame, majestuosa incluso en silencio. El Louvre, solemne. Más adelante, el puente Alexandre III, dorado, suspendido sobre el agua. Y luego, inevitable, la Torre Eiffel, iluminada, duplicándose en el río.

No podía dejar de mirar. Tenía el pecho lleno.

Pero él no miraba el paisaje.

Me miraba a mí.

—¿Qué ocurre? —sonreí—. Te estás perdiendo todo esto.

Negó despacio.

—No. Esto es exactamente lo que quiero ver.

Se apoyó en la mesa, observándome como si el resto se hubiera difuminado.

—Nunca te había visto así —dije en voz baja—. Tan… presente.

—Porque lo estoy —respondió—. Contigo he recordado algo.

El violinista cambió de pieza. El barco seguía avanzando, casi sin ruido.

—He pasado la vida calculando —continuó—. Riesgos, escenarios, salidas. Siempre un paso por delante. Y, sin darme cuenta, dejé de sentir.

Bebió un sorbo de champán.

—Tú me has recordado cómo hacerlo. Estar aquí. De verdad.

Tragué saliva.

—Gracias —añadió—. Por eso.

No supe qué decir. Le tomé la mano por encima del mantel. La apretó con suavidad. Gestos pequeños, íntimos, que decían más que cualquier promesa.

El barco siguió su curso. Luces, música, el agua contra el casco.

París seguía ahí, brillante.

Pero ya no necesitaba mirarlo.