EL MUNDO DE ELÍAS
Me desperté antes de que amaneciera del todo. El cuerpo estaba en París, pero la cabeza seguía en otro huso horario, incapaz de acompasarse tan rápido como el corazón.
A mi lado, Elías dormía.
De verdad dormía.
Me sorprendió. Siempre era él quien despertaba primero, quien vigilaba incluso en el descanso. Aquella mañana no.
Me giré despacio para mirarlo. El gesto relajado, la respiración profunda. Una calma poco habitual en alguien como él.
Pasé los dedos por el tatuaje que le cruzaba el costado, siguiendo sus líneas con cuidado, como si temiera despertarlo y romper el momento.
Nunca lo había visto así.
Tan expuesto.
Me levanté sin hacer ruido y entré en el baño. El mármol estaba frío bajo los pies; el silencio apenas se quebraba por el murmullo lejano de la ciudad que empezaba a despertar. El agua caliente me envolvió y cerré los ojos.
París, Elías, nosotros.
Todo suspendido en una burbuja que no necesitaba durar para ser real.
Salí con la bata de seda del hotel, ligera, apenas rozando la piel. Crucé la suite y me apoyé en el marco de la puerta.
Elías ya estaba despierto.
Me miraba desde la cama, apoyado sobre un codo, completamente quieto.
—Buenos días… o madrugada —dije en voz baja.
Sonrió apenas.
—No sabía que estabas despierta.
—Por una vez dormías profundo.
No apartó la mirada.
—¿Qué miras? —pregunté, entre divertida y algo más vulnerable.
Tardó unos segundos en responder.
—Quiero quedarme con esto.
No añadió nada más.
—Ven.
Me acerqué. Al sentarme, deslizó la mano y apartó la bata con una lentitud que me hizo contener la respiración. Me miró con ese deseo callado, más intenso que cualquier palabra.
Me incliné hacia él.
El mundo volvió a desaparecer.
Después, envueltos en sábanas blancas, pedimos el desayuno.
El carrito ocupaba medio espacio: café, croissants, mantequilla, caviar… demasiado para aquella mañana.
París sabía a lujo. A exceso.
Él untaba mantequilla con calma, como si el tiempo no existiera. Yo lo observaba, intentando retener cada gesto.
—Ojalá pudiéramos quedarnos en esta vida —dije al fin—. Así. Sin más.
Alzó la mirada, sin sorpresa.
—¿Esta vida?
—Esta —insistí—. Despertarnos sin miedo. Sin llamadas cifradas. Sin nombres que no son nuestros. París. Una suite. Desayunar sin mirar el reloj.
Bebí un sorbo de café.
—¿Nunca te has planteado desaparecer de verdad? Cambiar de identidad. Quedarte en algo así.
Se quedó pensativo unos segundos.
—Demasiadas veces.
—Entonces, ¿por qué no lo haces? —pregunté—. Podrías dejarlo.
Apoyó la taza con cuidado.
—No es tan sencillo, Sofía.
Me sostuvo la mirada.
—Una vez entras, no sales cuando quieres. No es una puerta. Es un túnel. Y cuando lo entiendes, ya no ves la salida.
—Pero tú podrías —insistí—. Has construido suficiente.
Sonrió, sin alegría.
—No se trata de necesitar. Se trata de seguir.
El silencio se volvió más denso.
—En mi mundo no eliges el tablero. Te lo ponen delante. Y juegas… o desapareces.
Tomó un poco de salmón, casi sin apetito.
—Aprendí pronto que no perdona. Si no te vuelves frío, te rompen. Y cuando te rompen, no hay segunda oportunidad.
Miró hacia la ventana.
—Es un mundo oscuro. Cada decisión se lleva algo. Personas. Partes de ti. Y llega un punto en el que dejas de sentir… o no sigues.
Tragué saliva.
—¿Y si hubieras podido elegir?
Me miró entonces, con una honestidad que dolía.
—Habría elegido otra vida.
Lo dijo sin énfasis.
—Más simple. Menos brillante. Más limpia.
Me acerqué un poco más.
—Entonces… ¿por qué sigues?
Se quedó callado unos segundos.
—Porque ya no se trata solo de mí. Porque hay consecuencias. Porque hay gente que depende de que siga jugando.
Hizo una pausa.
—Y porque parar de golpe sería peor.
Me miró de nuevo.
—Por eso hay que vivir el presente. Exprimirlo. Momentos como este. París. Tú.
Acarició mi mano.
—Esto.
Sentí un nudo en el pecho, pero aun así lo dije:
—Te quiero.
Sostuvo mi mirada, como si esas palabras abrieran algo en él.
No respondió.
Se inclinó y me besó.
Seguimos desayunando en silencio.
Aquella conversación no era una despedida.
Pero tampoco una promesa.