La Intérprete NOCHE EN PARÍS
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NOCHE EN PARÍS

No sabía adónde íbamos.

Solo que él había dicho:

—Vístete elegante. Confía en mí.

Había comprado el vestido aquella misma tarde, paseando por los Champs-Élysées. Rojo. Largo. La tela caía con peso y suavidad, adaptándose al cuerpo sin esfuerzo. Escote limpio, hombros al aire, la espalda insinuada lo justo.

Me recogí el pelo con sencillez, dejándolo caer sobre la nuca, y me miré al espejo sin reconocer del todo a la mujer que me devolvía la mirada.

Cuando salí del baño, él estaba junto a la ventana.

Se giró.

Y se quedó quieto.

No dijo nada durante unos segundos. Solo me miró, despacio, como si necesitara tiempo para asimilarlo.

—Estás realmente hermosa —dijo al fin.

No fue un cumplido automático.

Fue una certeza.

Sonreí.

Elías vestía un traje negro de corte impecable, entallado con discreción. Solapas de seda. Zapatos Oxford de charol, pulidos.

Nada sobraba. Todo en él era precisión.

Salimos y tomamos un taxi.

París estaba iluminado como un escenario. Las calles brillaban; los monumentos surgían entre luces doradas, reflejos sobre el Sena y sombras que se deslizaban por las fachadas.

Yo miraba por la ventanilla, absorta.

Él, en silencio, me observaba.

Y entonces apareció.

La Torre Eiffel.

Enorme. Iluminada. Inevitable.

El taxi se detuvo a sus pies. Antes de que pudiera reaccionar, un hombre elegante abrió la puerta.

— Monsieur Vega. Su mesa está lista.

Me giré hacia él, descolocada.

—¿Mesa? ¿Aquí?

Sonrió.

Entramos. Un ascensor privado nos llevó hacia arriba en silencio. Sentía el pulso acelerado, entre incredulidad y algo más difícil de contener.

Le Jules Verne.

Cristal, líneas limpias, luz contenida. París se desplegaba bajo nosotros, vivo. El Sena brillaba; las avenidas trazaban su dibujo en la noche.

Nos sentaron junto a la ventana.

La mesa, impecable. Velas discretas. Copas finas. Una música apenas insinuada.

—No sé qué decir —admití—. Esto es…

No terminé la frase.

—Míralo —dijo—. Eso basta.

El menú avanzaba como un ritual: bisqué de langosta, caviar, coquilles Saint-Jacques con trufa. El champán acompañaba sin imponerse.

Pero no era el lugar lo único que me descolocaba.

Era él.

Me miraba con una atención que no le había visto nunca. Sin prisa, sin cálculo, como si durante unas horas el resto dejara de existir.

—Estás distinta —dijo.

—¿Distinta cómo?

—En paz.

Hizo una pausa.

—Y verte así… me hace olvidar lo demás.

Sentí algo cerrarse en la garganta.

—No sabía que este Elías existía.

Sonrió, apenas.

—Yo tampoco.

Nos quedamos en silencio, mirando la ciudad. La Torre Eiffel vibraba en la distancia.

No hacía falta decir nada más.

La vuelta a la suite fue silenciosa y elocuente. París brillaba tras los cristales del taxi. Dentro, solo existía ese espacio entre los dos: sonrisas contenidas, miradas que se encontraban y se esquivaban.

Cuando la puerta se cerró, el mundo quedó fuera.

Elías se quitó la chaqueta con un gesto lento y después la camisa. Se sentó en el borde de la cama, apoyando los antebrazos en las rodillas, observándome en silencio. Esa forma suya de mirar, entre análisis y algo más difícil de sostener.

Me acerqué al espejo.

De espaldas a él, empecé a desabrochar el vestido, despacio.

Sentía su mirada sin necesidad de girarme. Cada botón era una decisión.

El tejido rojo cedió poco a poco, deslizándose por la piel hasta caer al suelo.

Permanecí unos segundos de espaldas.

Lo vi en el espejo: serio, atento, respirando hondo.

Me giré sin quitarme los tacones.

Su sonrisa apareció lenta.

—Sabes perfectamente cómo desestabilizarme.

Me acerqué sin responder, acortando la distancia.

—Esto… no me pasa.

Apoyé las manos en su pecho. Su piel estaba caliente. Su respiración cambió, apenas.

Alzó la mano y besó mis hombros con una mezcla de contención y deseo.

Nos miramos de cerca. Tanto que no hacía falta hablar.

Me dejé caer sobre él.

El resto fue un lenguaje sin palabras: respiraciones entrecortadas, piel buscando piel, besos que no preguntaban.

París seguía brillando fuera.

Dentro, solo existíamos nosotros.

Por un instante, eso fue suficiente.