La Intérprete LA LÍNEA
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LA LÍNEA

El agua del jacuzzi estaba caliente. Demasiado. Como si pudiera borrar lo que se me había quedado pegado al cuerpo.

La noche en La Paz sonaba distinta. El mar golpeaba a lo lejos, constante, y el viento traía sal y desierto a la vez. Sobre nosotros, el cielo limpio, lleno de estrellas.

Como si todo siguiera igual.

Elías estaba frente a mí, los hombros fuera del agua, el pelo hacia atrás. No parecía relajado. En él, la calma siempre era trabajo.

Apoyé la nuca en el borde y cerré los ojos un instante.

—Hoy… —dijo—. He visto algo en ti que no había visto.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

Me sostuvo la mirada.

—Ira.

Un instante de silencio.

—Y me dio miedo.

Me incorporé un poco. El agua se movió entre los dos, lenta.

—Han tocado lo único que me importaba —dije—. Y por un momento… pensé que iba a perder el control.

Hice una pausa.

—Que iba a cruzar la línea.

Lo miré.

—Sacó algo en mí que no sabía que estaba ahí.

—Lo sé.

Tragué saliva.

—Si no hubierais estado tú y el Seco… le disparo yo.

El silencio no juzgaba. Pesaba.

Elías alargó la mano y apartó un mechón de mi cara.

—Ten cuidado con eso, Sofía. Cuando cruzas esa línea, no vuelves.

Bajé la mirada.

—No sé si aún puedo.

Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en el borde.

—Has hecho bien en no hacerlo.

No respondí.

Su aprobación pesaba más que cualquier reproche.

Elías inspiró despacio.

—Quiero preguntarte algo.

Alcé la mirada.

—¿Por qué no has querido que nos ocupemos de su familia?

Un instante.

—Que hagamos justicia.

El frío me recorrió la espalda.

—¿Eso es justicia?

No parpadeó.

—Tu familia era inocente.

—Precisamente por eso.

Me acerqué un poco.

—Ellas no eligieron nada. Y la familia de él tampoco. A la familia no se la toca.

Elías sostuvo mi mirada un segundo largo.

Algo cambió.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?

No respondí.

—Tú aún tienes un límite.

Un instante.

—Yo lo perdí.

El agua burbujeaba, ajena.

—Yo no habría dudado —continuó—. Y eso es lo que me asusta.

No era una confesión. Era un hecho.

—No me digas que te asusta —dije—. Tú eres así.

Negó.

—No. Me hice así.

Me miró con algo difícil de nombrar.

—Y tú me recuerdas que no todo tiene que perderse para sobrevivir.

Un instante.

—Por eso te admiro.

No añadió nada más. Bastaba con eso.

Bajé la mirada al anillo, brillando bajo el agua.

—¿Te sientes en paz? —preguntó.

e me escapó una risa breve.

—No.

—No lo hará.

Un instante.

—No ha cambiado nada. Pero es lo único que puedo sostener ahora mismo.

El silencio volvió. Esta vez, más limpio.

Se acercó despacio y me rodeó con un brazo.

Apoyé la frente en su clavícula.

El calor, el agua, el sonido del mar… por un momento, mi cuerpo dejó de resistirse.

Me besó la cabeza. Una vez. Luego otra.

—A partir de ahora —murmuró—, seguimos hacia delante.

Cerré los ojos.

El mar seguía ahí. Pero yo ya no era la misma.

Sobrevivir no era endurecerse, sino elegir qué no estaba dispuesta a perder.