COMPARECENCIA
La citación llegó un martes, a media mañana.
No fue una llamada. Ni un correo.
Fue un papel.
Lo trajo un mensajero con cara de no querer saber qué llevaba entre manos.
Sellos. Folios. Membrete del Ministerio Público de Baja California Sur.
Comparecencia obligatoria. Declaración ampliatoria. Fiscalía en La Paz.
Asunto: desaparición de persona vinculada a la causa.
Elías leyó sin pestañear.
El golpe me alcanzó después, cuando la palabra desaparición se me quedó adherida al paladar.
—Van a intentar unir los puntos —dijo.
—Querrán que el dibujo encaje —respondí.
Alzó la vista.
No sonrió.
Pero en sus ojos hubo algo —breve, casi imperceptible— que reconocía que yo ya hablaba ese idioma.
Claire llegó esa misma tarde.
Sin prisa. Sin ruido.
Vestido sobrio, el cabello recogido, el maletín de siempre.
—No entréis en pánico —dijo al cruzar la puerta—. Entrad en personaje. Matrimonio recién instalado. Vida tranquila. Nada que explicar de más.
—¿Qué buscan? —pregunté.
—Una rendija —respondió—. Una contradicción. Hoy tienen algo que les encanta: las coincidencias.
Elías se sirvió agua.
—¿Harris?
Claire asintió.
—Y no viene solo. Le han asignado una fiscal local. Nadia Salgado. Inteligencia financiera. Crimen organizado. No suelta.
Hizo una pausa.
—Y conoce la plaza.
Elías me miró un segundo.
—Perfecto. No era alivio. Era cálculo.
La fiscalía olía a aire acondicionado viejo y a papel húmedo.
Nada del caos de Ciudad de México.
Aquí el orden era otra forma de presión.
Pasillos limpios. Luz blanca. Silencio controlado.
Nos retiraron teléfonos, relojes, cualquier cosa que pudiera registrar.
—Procedimiento —dijo Claire, con una sonrisa que no lo era—. Procedan.
La sala de espera parecía diseñada para que uno se escuchara pensar.
Cámara en la esquina. Mesa. Sillas enfrentadas. Un vaso de agua intacto.
La puerta se abrió.
Entraron primero dos hombres. Luego Dan.
Sin traje.
Más cómodo. Más peligroso. Me miró apenas un segundo.
Suficiente.
Y detrás, Nadia Salgado.
Más joven de lo esperado. Pelo recogido. Sin maquillaje visible. Ojos que no preguntaban.
Medían.
—Señor Montoya —dijo—. Señora Montoya.
La palabra se quedó en el aire.
Elías se levantó.
Claire dio un paso al frente.
—Claire Hart. Abogada. Represento a ambos. Y dejo constancia: cualquier pregunta se responderá dentro del marco legal.
Nadia no reaccionó. Se sentó. Dan también. El resto, quietos.
—Grabación en curso —anunció un funcionario.
La luz roja se encendió.
EL INTERROGATORIO
Nadia abrió la carpeta.
—Estamos aquí por dos asuntos relacionados: la muerte de dos ciudadanas españolas en Puerto Vallarta… y la desaparición de un hombre identificado como posible autor o colaborador en ese hecho.
Hizo una pausa antes de mirarme.
—Ese hombre estaba bajo observación. Desapareció hace cuarenta y ocho horas.
Otra pausa.
—Las víctimas han sido identificadas como la madre y hermana de la señora Sofía Montoya.
Elías no reaccionó.
—¿Tiene nombre? —preguntó Claire.
—Aún no es relevante.
—Entonces tampoco lo es vincularlo a mis clientes.
Dan intervino, sin levantar la voz.
—No estamos vinculando. Estamos intentando entender coincidencias. Ustedes se instalan aquí… y, en paralelo, él desaparece en la misma región.
Claire sostuvo la mirada.
—“Coincidencias” tampoco es una categoría jurídica, agente Harris.
Nadia no respondió de inmediato. Cambió ligeramente de postura.
—Señor Montoya, empecemos por lo básico. ¿A qué se dedica en México?
—Inversiones. Consultoría. Proyectos inmobiliarios y logísticos. Todo declarado.
—¿Logísticos?
—Cadena de suministro. Transporte.
Dan dejó escapar una risa corta.
—Interesante elección de palabras. En la DEA, “transporte” suele significar otra cosa.
Claire inclinó apenas la cabeza.
—Y, aun así, está usted aquí sin orden de arresto ni imputación formal.
Nadia pasó una página.
—¿Conoce a alguien llamado Ríos?
Un segundo de silencio.
—No.
—¿Y a Camino Rivas, alias “El Mono”?
—No.
—¿A Julien Santini?
Claire dio un toque seco sobre la mesa.
—Fiscal. Ese nombre no guarda relación directa con la desaparición que motiva esta citación.
Nadia levantó la vista, sin prisa.
—Señora Hart, esto no es Miami. Aquí no estoy para negociar el tono. Estoy para cerrar hilos.
Claire se inclinó apenas.
—Y yo para evitar que los cierre en falso.
Dan se acomodó en la silla.
—Hablemos entonces de hilos.
Me miró.
—Sofía… ¿estabas en La Paz hace dos semanas?
Sostuve la mirada.
—Sí.
—¿Dónde estabas la noche del 24?
—En casa.
—¿Puedes probarlo?
Claire respondió sin mirarlo.
—Cualquier registro estará disponible mediante requerimiento formal.
Dan chasqueó la lengua, casi divertido.
Sacó un sobre y lo deslizó hacia Elías.
—¿Esto le suena?
Elías no lo tocó.
Claire sí.
Lo abrió.
Fotogramas. Cuerpos. Sangre.
No reaccioné. Al menos, no por fuera.
—¿Qué es esto? —preguntó Claire.
—Material de archivo —dijo Dan—. Personas que dejan de estar cuando le conviene al Halcón.
Nadia no intervenía. Observaba.
—¿Reconoce estos hechos, señor Montoya?
Elías habló con un filo que no necesitaba alzarse.
—No reconozco nada que no pueda sostener en un tribunal.
Dan se inclinó.
—No hace falta un tribunal para arruinarte la vida.
Claire se enderezó.
—Que conste en acta: el agente Harris formula una amenaza indirecta y presenta afirmaciones sin base probatoria.
Nadia no apartó la mirada.
—Constará.
Claire giró hacia Dan.
—Y si vuelve a introducir material ajeno a la citación para provocar a mis clientes, solicitaremos su recusación por conflicto de intereses.
Dan tensó la mandíbula.
—¿Conflicto?
—Su conducta con mi clienta es evidente.
Silencio.
Nadia dejó el bolígrafo.
—Basta.
La sala se tensó.
—Volvamos al punto —dijo—. El hombre desaparecido. No hay cuerpo. No hay escena. Y desaparece tras su llegada.
Pausa.
—¿Qué nos dicen?
—Que están intentando unir puntos sin línea —respondió Elías.
—¿Entonces no sabe nada?
—No.
Dan se inclinó, más cerca.
—¿Y tú, Sofía?
Sentí a Claire tensarse.
—No sé nada.
Sostuvo mi mirada un segundo más.
—Antes sabías más.
Claire golpeó la mesa, leve.
—Terminamos.
Nadia la observó.
Claire no elevó la voz.
—Mis clientes han respondido. Si tienen imputación, preséntenla. Si tienen pruebas, tráiganlas. Esto no es una pesca.
Pausa.
Nadia respiró.
—Pueden retirarse.
Elías se levantó.
No miró a Dan.
Pero el aire cambió.
Yo me levanté después.
En la puerta, Dan habló sin subir el tono:
—Esto no termina aquí.
No sonó a amenaza.
Sonó a certeza.
Y Nadia añadió:
—Aquí no buscamos casualidades. Buscamos patrones.
Salimos.
El sol seguía igual.
Pero la cuerda se había tensado.