La Intérprete JUSTICIA
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JUSTICIA

Habían pasado semanas y, por primera vez en mucho tiempo, conseguí comer.

Un plato sencillo: machaca con huevo, tortillas calientes, frijoles y café negro.

Sabía a algo real.

Entonces Elías entró.

Noté su presencia antes de escucharlo.

—Lo tenemos.

Levanté la vista despacio. Sabía de lo que hablaba.

Asintió.

—El Seco ha dado con él.

No aparté la mirada.

—¿De Ríos?

—Sí.

Solté el tenedor. El golpe contra el plato sonó más de lo normal.

—Perfecto.

Elías me observó.

—¿Qué quieres hacer?

Sabía lo que implicaba.

—Si quieres, me encargo —añadió—. Rápido. Sin rastro.

Negué.

—Quiero ir yo.

Frunció el ceño.

—No va a ser agradable.

—Es personal.

Hubo una pausa.

—Necesito verlo.

Sostuvo mi mirada.

—Sofía… hay líneas que es mejor no cruzar.

—Me diste tu palabra.

Silencio.

—Está bien —cedió—. Pero no irás sola.

Antes de salir, fui al dormitorio.

Abrí el cajón. Cogí el arma.

No dudé. No pensé.

El trayecto fue largo. Demasiado.

Carretera seca, polvo, desierto. Nadie hablaba.

El Seco conducía; dos hombres delante. Elías a mi lado. Yo miraba sin ver.

El almacén estaba aislado: metal oxidado, puertas abiertas, nada alrededor.

Dentro, el aire olía a humedad. Y a miedo.

Todo lo que me había quitado estaba allí, concentrado en un solo cuerpo.

No era rabia, sino otra cosa, algo que ya no iba a detenerse.

Estaba atado a una silla, la cara hinchada, los ojos aún desafiantes.

Cuando me vio, sonrió.

—La Intérprete…

Me acerqué.

—¿Te hace gracia?

Escupió.

—De todos modos, me vais a matar.

—Todavía no.

A mi alrededor, nadie se movía. Para ellos era rutina. Para mí, no.

El estómago se me encogió. Demasiado real, demasiado cerca. Pero ya no había conflicto.

—Vas a hablar —dije—. Rutas, nombres, fechas.

Se rió.

—No voy a decir nada.

Asentí.

—Bien.

Miré a los hombres.

—Haced lo que tengáis que hacer.

El primer golpe sonó seco. Luego otro. Un grito.

No aparté la mirada.

No esta vez.

El hombre se quebró rápido.

Lloró. Suplicó.

—Para… por favor…

El Seco se inclinó.

—Sabemos dónde vive tu madre. Y tu hija.

El cambio fue inmediato.

—No… no las metáis…

—Entonces habla.

Respiré hondo.

—Empieza.

—Manzanillo —dijo entre sollozos—. Contenedores de atún. Sale cada jueves. Seguridad comprada.

—¿Quién coordina?

—Salinas. Es el enlace. Ríos no aparece. Se mueve entre Panamá y Medellín.

El Seco me miró.

Sabía lo que valía aquello.

—Puerto Vallarta —dije.

El hombre bajó la cabeza.

—Fue un mensaje… Pensaron que era familia secundaria.

Algo en mí se volvió exacto.

Silencio.

Metí la mano en el bolso. Saqué la pistola.

Elías se tensó.

—¿La has traído?

No respondí. Apunté.

—Se acabó.

—Sofía —dijo—. No.

El Seco intervino.

—Señora, déjemelo a mí. Usted está limpia.

Algo en mí vaciló.

Bajé el arma.

—Que pague y que desaparezca.

—¿Y la familia?

—No.

No dudé.

—La familia no se toca.

El Seco asintió.

Me giré y salí. El disparo sonó a mi espalda.

No miré.

El camino de vuelta fue el mismo. Yo no.

No disparé, pero lo decidí. Y eso pesaba casi igual.