La Intérprete VISITA INESPERADA
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VISITA INESPERADA

La tarde caía lenta.

El sonido del interfono rompió la calma.

—Señor Montoya —dijo seguridad—. Tenemos a un visitante. Dice llamarse Daniel Harris. Solicita verle.

El mundo se cerró.

Miré a Elías. Se giró despacio. No cambió la expresión, pero la mandíbula se le tensó.

—No —dije, poniéndome en pie—. Diles que no pase.

Elías no respondió. Activó la cámara.

La imagen apareció en la pantalla.

Dan.

Solo.

Vaqueros oscuros. Chaqueta ligera. Las manos a la vista. Demasiado tranquilo.

—¿Viene solo? —preguntó Elías.

—Confirmado. Porta arma reglamentaria.

—Que se la retiren. Todo. El teléfono también. Y después… que pase.

Me giré hacia él.

—¿Cómo que pase?

Me sostuvo la mirada.

—No nos escondemos. Si lo echamos ahora, será peor.

Respiré hondo. Asentí, aunque todo en mí se resistía.

La puerta se abrió minutos después.

Dan entró.

Su mirada recorrió la estancia —el salón, el mar, la luz— y volvió a nosotros. A nuestras manos.

A los anillos.

Sonrió, apenas.

—Vaya. Felicidades.

El tono no fallaba. Y, sin embargo, algo no encajaba

—Te enteras rápido —dije.

—Siempre.

Elías dio un paso adelante. No invadía. Marcaba.

—¿Qué buscas, Harris?

Dan ladeó la cabeza.

—Os lo dije. Nos volveríamos a ver.

Sentí la rabia subir.

—¿Qué quieres?

Me miró con calma.

—Tienes mala cara —dijo—. Supongo que por lo de Jalisco.

El golpe fue seco.

Di un paso hacia él.

—No te atrevas.

Elías intervino.

—No es propio de un agente federal.

Dan alzó las manos, leve.

—Solo constato.

Pausa.

Miró alrededor.

—Bonito sitio.

Señaló con la barbilla hacia el interior.

—¿Puedo?

—No —dijo Elías—. No tienes orden. Te hemos abierto por cortesía.

Silencio.

Los ojos de Dan brillaron un instante.

—Entendido.

Se giró hacia mí.

—Me han trasladado. Unidad de intervención de la zona.

El estómago se me encogió.

—El expediente viene conmigo.

Pausa.

—Así que nos veremos.

No dijo más.

Se dio la vuelta.

—Buenas tardes.

La puerta se cerró.

El mar seguía igual, azul, indiferente.

—No se ha ido —dije.

Elías se acercó y apoyó la mano en mi espalda, firme.

—Que venga.

Lo miré.

No había duda en su voz, pero tampoco tranquilidad.

Aquello no era una visita. Era una señal.

Llamé a Claire en cuanto se fue. Contestó al primer tono.

—Claire. Está aquí. Harris. Han trasladado el expediente.

Silencio breve.

—Lo sé —dijo—. Me iba a adelantar.

—Ha venido a casa. Sin orden.

—Era previsible.

Su tono no cambió.

—No os preocupéis. No hay imputación formal. Es presión.

Miré a Elías. Escuchaba.

—Quiero que sigáis igual —continuó—. Vida normal. Matrimonio recién casado. Nada fuera de lugar.

—¿Y Harris?

—Que haga ruido. El ruido deja huellas.

Pausa.

—Disfrutad de cara al exterior —añadió—. Yo me encargo del resto.

Colgué.

El silencio volvió.

Pero ya no era el mismo.