La Intérprete EL REGRESO
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EL REGRESO

La Paz apareció bajo nosotros como siempre: el mar de un azul imposible, la línea limpia del desierto, la luz intacta.

Pero aquella vez no sentí nada.

Ni asombro. Ni alivio.

Solo un peso en el pecho.

Íbamos de negro.

El avión privado avanzaba en silencio, demasiado grande para dos personas que acababan de enterrar medio corazón.

Me senté junto a la ventanilla, pero no miraba fuera. No podía.

Dentro de mí se repetían imágenes que no pedí: la risa de mi hermana, exagerada, contagiosa; la voz de mi madre diciéndome que comiera más, que estaba muy delgada; aquel abrazo en el rancho, el último, cuando todavía creía que habría un después.

Cerré los ojos.

Fue peor.

Las escuchaba.

Como si estuvieran al fondo del avión, riéndose de algo sin importancia. Como si en cualquier momento mi hermana fuera a decir alguna tontería para romper el silencio. Como si mi madre me preguntara si estaba bien, aunque supiera que no.

Pensé en todo lo que dejamos para después.

Luego iré. Luego llamaré. Luego volveré a Madrid.

Y ese “luego” no llegó.

La culpa estaba ahí. Espesa. Pegajosa.

La sensación de haberlas traído a un mundo que no era para ellas. De haber creído que podía protegerlas desde lejos.

La rabia vino después. Silenciosa. Contenida.

Necesitaba saber quién había sido. No sabía aún cómo llamar a lo que sentía, pero no soportaba que aquello quedara sin rostro.

Elías estaba a mi lado. No me tocaba, pero estaba.

Firme.

—No debería haberlo permitido —dijo al cabo de un rato—. Bajamos la guardia. Nunca habría imaginado algo así en un lugar como Puerto Vallarta.

No respondí. No tenía fuerzas para absolver a nadie. Ni siquiera a mí.

—Gracias —dije—. Por la ceremonia. Por traerlas a casa como merecían.

Me miró.

—Era lo mínimo. Vivieron bien. Se fueron… como merecían.

Tragué saliva.

—Estoy destruida. No sé cómo se sigue después de esto.

Elías apoyó los codos en las rodillas, entrelazó las manos.

—Este mundo es así —dijo—. Si te quedas, perderás gente. A veces por decisiones tuyas. A veces sin explicación.

—A mí me pasó más de una vez.

Lo miré.

—¿Y cómo se vive con eso?

Sostuvo mi mirada.

—Te endureces.

Hizo una pausa.

—No porque quieras. Porque no hay otra opción.

Bajó la vista un instante.

—Aprendes a separar.

Alzó los ojos de nuevo.

—Si no, no sobrevives.

Entendí que Elías no era frío por naturaleza.

Era supervivencia.

—El Seco sigue investigando —añadió—. En cuanto sepamos algo…

Lo interrumpí.

—Prométeme una cosa.

Mi voz ya no temblaba.

—Quiero ser la primera en saber quién ha sido.

No dudó.

—Lo serás. Te lo garantizo. Y decidirás qué hacemos.

Asentí.

El avión siguió su curso hacia La Paz, atravesando un cielo limpio que no se parecía en nada a lo que llevaba dentro.

Fuera, todo seguía intacto.

Por dentro, ya no.