RECOGIENDO PEDAZOS
Los días pasaron. Yo no.
El tiempo siguió avanzando con una normalidad insultante: amanecía, oscurecía, el mar seguía ahí, imperturbable.
Yo me movía dentro de ese ritmo, pero sin estar del todo. Como si todo ocurriera a una distancia imposible: veía, hacía, respondía… pero algo en mí se había quedado detenido en otro lugar.
Pensaba en ellas constantemente.
En frases que no dije. En llamadas que pospuse. En aquellas últimas Navidades. En la voz de mi hermana. En cómo mi madre me miraba cuando creía que yo no la veía.
Todo volvía en oleadas. Sin aviso.
Incluso cuando trabajaba.
O, sobre todo, entonces.
El trabajo se convirtió en refugio. No consuelo. No alivio.
Refugio.
Era lo único que conseguía silenciar el ruido durante unas horas.
Había una operación importante en marcha en el Pacífico. Carga del Mono desde Colombia, rutas acordadas, tiempos ajustados. Una de esas operaciones que no admitían errores ni distracciones.
Me aferré a eso.
Como a lo único que no se movía.
Estábamos los tres en una videollamada segura: Park desde Seúl, Elías a mi lado, yo frente a la pantalla, con documentos abiertos que leía dos veces porque a veces las palabras se me escapaban.
—La ventana es de cuarenta y ocho horas —decía Park—. Si usamos la ruta secundaria, evitamos el cuello de botella.
Asentí, tarde.
—¿Sofía? —dijo Elías, bajo.
—Sí. Perdón. Continúa.
Park no preguntó. Me miró a través de la pantalla con esa lectura silenciosa suya. Sabía que algo no estaba bien. También sabía que no iba a decir nada.
Reorganizamos la operación. Ajustes. Cambios. Nombres que no debían repetirse. Rutas que solo conoceríamos cuatro personas.
Yo hablaba, decidía, corregía.
Y, aun así, a ratos, desaparecía.
Elías lo notaba.
—Esto lo reviso yo —dijo en un momento—. Tú céntrate en el calendario.
No era una orden.
Era cuidado.
Seguimos así. Yo aportaba. Él sostenía. Park ejecutaba.
Todo funcionaba.
Como si el mundo de los negocios no tuviera memoria.
Ni duelo.
Al final, Park cerró su carpeta digital.
—Por mi parte está todo claro. Avisaré cuando la carga esté en movimiento.
—Gracias, Park.
Antes de desconectarse, me miró.
—Tómate el tiempo que necesites. Pero no te pierdas del todo.
La pantalla se apagó.
Me quedé mirando mi reflejo en negro.
Elías esperó.
—No tienes que demostrar nada —dijo al fin—. Ni a mí, ni a nadie.
Lo miré.
—Si paro, me rompo.
Asintió.
—Lo sé.
Se levantó, apoyó una mano en mi espalda. Sin apretar.
Solo estando.
—Haz lo que necesites. No tienes que estar bien ahora.
Tragué saliva.
Seguimos con los preparativos, más despacio.
Por fuera, todo funcionaba.
Por dentro, yo seguía recogiendo pedazos.
Y no sabía cuánto tiempo tardaría en volver a ser… algo entero.
El teléfono sonó cuando menos lo esperaba.
Supe quién era antes de leer el nombre.
No porque llamara mucho.
Porque llamaba cuando importaba.
—Sophie… —dijo—. Ya lo sé.
No pregunté cómo.
—Y antes de que digas nada… no te llamo como socio. Te llamo como amigo.
El nudo volvió.
—No sabía si llamarte —admití—. No sabía qué decir.
—No tienes que saberlo. Puedes hablar. O callarte. Estoy igual.
Respiré hondo.
—Lo siento tanto… —dijo—. No hay palabras para eso. Créeme.
—¿Tú también?
—Sí. Perdí a uno de mis mejores amigos. Una operación salió mal.
Cerré los ojos.
—Durante mucho tiempo pensé que si me volvía más duro dolería menos —continuó—. No funciona. Solo aprendes a convivir con el dolor.
Hizo una pausa.
—Pero no desaparece.
Tragué saliva.
—Siento que es culpa mía.
—No —dijo, firme—. Eso es lo primero que tienes que soltar. La culpa no devuelve a nadie. Solo te rompe.
Guardé silencio.
—La vida que llevamos obliga a mirar distinto —añadió—. A elegir bien a quién dejas cerca. Por eso te llamo.
Sonreí apenas.
—Lo que te dije en la boda no era una frase bonita —continuó—. Era un compromiso. No todos los días se encuentra a alguien como tú.
Algo en mí cedió un poco.
—La próxima vez —dijo— no quiero enterarme por otros. Llámame tú. Aunque sea para decirme que estás mal.
—Lo haré.
—Y si necesitas huir… Marsella sigue en su sitio. Mi casa también. Buen vino y tonterías suficientes como para hacerte reír.
Solté una risa breve.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Silencio. Cómodo.
— Merci , Julien.
— Toujours , Sophie. No estás sola.
Colgamos.
Me quedé mirando el teléfono.
No estaba bien. No estaba entera.
Pero tampoco estaba sola.
Y, por ese día, eso bastaba.
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