La Intérprete SE ROMPE LA PAZ
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SE ROMPE LA PAZ

Aquella mañana desayunábamos en la terraza, con el mar extendiéndose delante como una promesa.

El sol todavía era amable. Yo tenía el pelo mojado, una taza de café entre las manos.

Elías leía en el móvil, tranquilo.

Y pensé —qué ironía— que me sentía en paz.

Entonces apareció el Seco.

Su rostro no era el de siempre. No había urgencia. No había tensión operativa.

Era otra cosa.

—Señor Montoya —dijo—. Necesito hablar con usted.

Elías levantó la vista.

—Puedes decirlo aquí. Delante de Sofía.

El Seco negó despacio.

—Es delicado.

Algo se cerró en mi pecho.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Qué es “delicado”?

El Seco no me miró. Miró a Elías.

—Insisto, señor.

Elías se levantó y dio un par de pasos hacia él. No se alejaron mucho.

No hacía falta acercarse más.

Bastó con verle la cara.

Se quedó inmóvil. El gesto se endureció. El color se le fue del rostro.

No hubo reacción. No hubo palabras.

Solo contención.

—Elías —dije, poniéndome de pie—. ¿Qué pasa? ¿Es la DEA?

No respondió.

Me miró.

Y supe que algo se había roto.

—Sofía… —dijo al fin.

Negué.

—No. No me mires así. Dímelo.

El Seco habló entonces. Bajo. Demasiado controlado.

—Anoche hubo un incidente en Jalisco.

—¿Qué clase de incidente?

Silencio.

—Dímelo —susurré—. Por favor.

Elías dio un paso hacia mí.

—Sofía… algo les ha pasado a tu madre y a tu hermana.

Sentí cómo el cuerpo se me vaciaba.

—¿Qué ha pasado? —mi voz ya no era mía—. ¿Dónde están? ¿En un hospital?

El Seco apretó los labios.

—No están en ningún hospital.

No entendí. No quise entender.

—¿Dónde están? —grité.

Elías me tomó la mano.

—Las han encontrado sin vida esta mañana.

El aire dejó de entrar.

—No…

Lo miré, esperando que lo negara.

—No puede ser. No es posible.

Las palabras no alcanzaban.

—Estaban de viaje… estaban bien… mi hermana quería ir a Puerto Vallarta… me lo dijo…

Elías me sujetó.

—Sofía…

—¡No! —grité—. No puede ser verdad.

El Seco continuó, como cumpliendo un deber.

—Fue un ataque directo. También murieron los dos hombres de seguridad que las acompañaban. No hubo supervivientes.

Sentí náuseas. Me llevé la mano a la boca.

—¿Quién? —pregunté—. ¿Quién ha sido?

—El incidente ocurrió en Puerto Vallarta.

Elías cerró los ojos un segundo.

—No tenían que haberse movido tanto —dijo—. Era arriesgado.

Eso fue lo que terminó de romperme.

Me solté y caminé hasta el borde de la terraza.

El mar seguía ahí. Igual.

—Es culpa mía —dije—. Por meterme en este mundo. Por traerlas aquí.

Las lágrimas llegaron sin control.

—Las he matado yo.

Elías se acercó.

—No. Esto no es culpa tuya.

Me giré hacia él.

—¡Claro que lo es! Si yo no estuviera aquí… seguirían vivas.

El Seco bajó la mirada.

—Quiero saberlo todo —dije de pronto—. Cada detalle. Quién. Cómo. Por qué.

Mi voz había cambiado.

—Y lo quiero saber antes que nadie.

—Estamos en esto juntos —dijo Elías.

—Les prometí que volvería. Que celebraría su cumpleaños…

Y entonces ya no pude sostenerme.

Me quebré.

Lloré.

Sin orden. Sin control. Sin forma.

Elías me sostuvo. No dijo nada. No intentó detenerlo.

Me dejó caer.

—Escúchame —dijo al fin, bajo—. Voy a encontrar a quien hizo esto. Cada nombre. Y va a haber justicia. Te doy mi palabra.

Negué una y otra vez.

—No puede ser… no puede ser…

Levanté la cara.

—¿Dónde están?

El Seco dio un paso.

—Nos estamos ocupando de todo. Los cuerpos serán trasladados a España. Tendrán la despedida que merecen. No estará sola.

Los cuerpos.

Esa palabra me atravesó.

Los cuerpos.

No mi madre. No mi hermana.

Los cuerpos.

El mar seguía brillando.

Indiferente.

Y supe, sin margen de error, que algo dentro de mí se había ido con ellas.