EL MAR RESPIRA
A la mañana siguiente me desperté con la luz entrando sin pedir permiso. Blanca. Limpia. Rebotando en las paredes, anunciando un día que se quedaría.
Elías ya estaba despierto.
—Hoy quiero enseñarte mi refugio —dijo, tendiéndome la mano—. La Paz… y un poco más allá.
Salimos temprano. El aire olía a sal y a tierra caliente. El mar estaba quieto, de un azul casi excesivo, y el desierto se extendía alrededor como un abrazo seco.
Condujimos sin prisa. Ventanillas bajadas. El viento en el pelo. Esa sensación rara —y casi olvidada— de no tener que mirar el reloj.
Subimos a una lancha y nos adentramos en el mar. El motor rompía el silencio lo justo.
De pronto, Elías señaló.
—Mira.
Y allí estaban.
Ballenas.
Lentas. Majestuosas. Emergían como si el tiempo no fuera con ellas. El agua se abría a su paso con una calma casi sagrada.
—Ahora es cuando más se dejan ver —dijo—. Siempre me recuerdan que incluso lo más grande sabe irse… y volver.
Después seguimos hacia Los Cabos. El contraste era brutal: desierto y mar chocando sin transición, roca afilada, la luz cayendo a plomo.
Pasamos frente al arco.
—Esto es increíble —dije—. México nunca deja de sorprenderme.
Elías sonrió, con ese orgullo tranquilo.
—No es porque sea mi tierra… pero sí.
A la hora de comer me llevó a un sitio que no tenía nada que ver con el paisaje.
Un restaurante sencillo. Mesas de madera. Sombra de palapa. El mar a pocos metros. Olor a pescado fresco, a limón, a tortillas calientes.
Antes de sentarnos, un hombre salió de la cocina, se limpió las manos en el delantal y sonrió al verlo.
—¡Órale, Elías! ¿Cuánto tiempo? ¿De vuelta o de paso?
—Esta vez no vengo solo —respondió—. Te presento a mi esposa. Sofía.
El hombre me miró, curioso.
—¿Española? Ese acento no engaña.
—Sí —respondí, sonriendo.
Elías negó con la cabeza, divertido.
—Mira nomás qué listo. Seguro ese fue su punto flaco.
—Bueno… hay más. Pero sí, el acento ayuda.
—Ah, ¿sí? —le dije—. Eso no me lo habías contado.
—Hay cosas que es mejor descubrir poco a poco.
Comimos tacos de pescado estilo Baja: crujientes, jugosos, con ese picante que se quedaba justo el tiempo necesario. Ostiones con limón, sal y salsa.
Cerveza fría. La botella sudando sobre la mesa.
Por un momento, todo fue simple.
Demasiado.
Al salir, el sol empezaba a caer. Elías me rodeó los hombros.
—Bienvenida a esta parte de mi mundo.
Lo miré y supe que, al menos ese día, estaba donde quería estar.
Los días que siguieron parecieron irreales.
Un paréntesis luminoso.
El Seco ya se había instalado con parte del equipo en una de las casas anexas. Todo funcionaba con una precisión silenciosa. Apenas los veíamos.
La casa. El mar. El desierto.
Y nosotros.
Vivíamos como si fuera una luna de miel que no habíamos planeado, pero que necesitábamos.
Mañanas de piscina y sal en la piel. Tardes largas sin reloj. Noches en las que el mundo se reducía a una habitación y a la respiración compartida.
Reíamos. Comíamos bien. Bebíamos vino hasta tarde. Hablábamos de cosas pequeñas, casi insignificantes, como si eso pudiera protegernos.
No sabíamos —o no quisimos saber— que esa paz no iba a quedarse.