BAJO LAS ESTRELLAS
La noche había caído sobre La Paz sin hacer ruido.
Bajamos desde la casa por un sendero apenas iluminado por antorchas bajas clavadas en la arena. El desierto parecía un mar inmóvil y, más allá, el verdadero mar respiraba lento, como si supiera que estaba siendo testigo de algo irrepetible.
Me detuve un instante antes de llegar.
La cena estaba preparada frente al océano. Una carpa abierta, telas claras moviéndose con la brisa. Alfombras sobre la arena, cojines bajos alrededor de una mesa mínima.
Velas encendidas. Pétalos dispersos con cuidado. Copas servidas. Champán enfriándose en una cubitera de plata.
Más atrás, el personal esperaba en silencio. Invisible.
El cielo era irreal. Negro, profundo, cubierto de estrellas tan nítidas que parecía posible tocarlas. Sin ciudad. Sin ruido. Solo el mar, el viento… y nosotros.
—¿Aquí? —pregunté—. ¿En el suelo?
Elías sonrió apenas.
—Esta vez quería algo distinto. —Es nuestra primera cena casados. No podía ser… habitual.
Me senté despacio entre los cojines.
—Tú y lo “distinto” no soléis llevaros bien.
—Contigo sí.
Hizo un gesto leve y el personal desapareció.
Brindamos. El cristal tintineó bajo las estrellas.
La comida invitaba a compartirse sin prisa, a rozarse sin pedir permiso. Cada gesto tenía peso. Cada silencio también.
La brisa refrescó y me estremecí.
Elías se levantó sin decir nada. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre mis hombros con ese cuidado suyo que siempre me desarmaba.
—¿Recuerdas? —murmuró—. Isla Mujeres. El amanecer.
Sonreí.
—Claro.
—Ahí empezaste a mirarme distinto.
Le sostuve la mirada.
—Ahí empecé a darme cuenta de que me estabas ganando.
—Lo sé.
El silencio volvió. Distinto. Más íntimo.
Nos miramos largo rato.
Me llevé las manos al escote del vestido y lo abrí despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Dejé que el gesto se alargara, que el tiempo hiciera su parte.
Elías respiró hondo. Dio un paso hacia mí.
—Sabes exactamente lo que haces —murmuró.
Sus dedos recorrieron mi clavícula con una lentitud medida. No había prisa. No esa noche.
Le desabroché la camisa, botón a botón, sintiendo cómo el aire entre nosotros cambiaba.
Entonces me besó.
No fue un gesto brusco. Fue inevitable.
—Te amo —dijo contra mis labios.
Nos acercamos sin pensar.
Piel contra piel. Sin urgencia. Nos descubrimos despacio, como si aún quedara algo por aprender del otro.
Acabamos tendidos bajo el cielo abierto, envueltos por el sonido del mar y la luz de las estrellas.
Las velas titilaron.
Había ternura. Deseo. Y algo más difícil de nombrar: la certeza de que ese momento iba a quedarse.
No hicieron falta palabras.
Las estrellas fueron las únicas testigos.
Solo él. Solo yo. Solo ahora.