LA PAZ
Desde la ventanilla, el mundo se abría en dos: el azul profundo del mar de Cortés se extendía hasta el límite de la vista y, al otro lado, la tierra ocre, áspera, casi lunar. Sin ciudades, sin rascacielos. Solo desierto, montañas bajas y agua infinita.
Era una belleza cruda. Salvaje. Silenciosa.
El avión descendió suavemente. Sentí ese nudo leve que aparecía cuando algo importante estaba a punto de empezar.
—Es diferente, ¿verdad? —dijo Elías.
—Mucho. Parece… otro mundo.
Sonrió apenas.
—Por eso me gusta.
Nada más bajar, el calor seco me envolvió. No sofocaba; era limpio, casi reconfortante.
Nos esperaba un coche oscuro. Dos hombres. Ninguna pregunta.
El trayecto fue largo.
Dejamos atrás la zona urbana y el paisaje se volvió más árido. Caminos flanqueados por cactus altos como esculturas, tierra rojiza, polvo levantándose tras las ruedas. El mar aparecía y desaparecía entre curvas, como si nos observara desde lejos.
—Parece que nos estamos metiendo en mitad de la nada.
—Nadie viene aquí si no sabe a dónde va.
El coche redujo la velocidad ante un primer portón. Alto. Metálico. Se abrió sin ruido.
Avanzamos unos minutos más por un camino privado, serpenteante, hasta un segundo acceso, aún más discreto.
Seguridad invisible. Constante.
Y entonces la vi.
La casa apareció de golpe.
Imponente. Casi irreal en medio del paisaje.
Piedra clara, hormigón pulido, madera oscura. Grandes ventanales abiertos al mar.
La piscina infinita se fundía con el horizonte. El resto quedaba en segundo plano.
El coche se detuvo.
Bajé despacio.
Silencio. Solo el viento y el rumor lejano del mar.
El interior ampliaba la sensación de espacio: techos altos, tonos neutros, líneas limpias.
Las habitaciones principales quedaban arriba, abiertas a las mejores vistas. El comedor se abría por completo al exterior.
El mar estaba ahí.
Tan cerca que parecía alcanzable.
—De diciembre a abril pasan ballenas por aquí —dijo Elías—. Muy cerca de la costa.
—¿Ballenas? ¿Aquí?
—Aquí.
Respiré hondo. El aire olía a sal, a sol, a algo nuevo.
—Es increíble… —murmuré—. ¿Es una de tus propiedades?
Negó.
—Ya no.
Me miró con esa seriedad que siempre precedía a algo importante.
—Ahora es tuya.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo?
—Tu regalo de bodas. Bienvenida a tu nueva vida.
El suelo pareció desplazarse un instante.
—Elías…
—Aquí estaremos más tranquilos —continuó—. Claire lo recomendó. Discreto. Lejos del ruido. Y además…
Miró el mar.
—Este lugar fue refugio para mí durante mucho tiempo.
Se acercó.
—Quiero que lo sea también para ti.
Tragué saliva. Todo resultaba excesivo. Real.
—Nunca nadie… —me detuve—. Nunca nadie había hecho algo así por mí.
—Nunca has sido cualquiera —respondió—. Ni has tenido una vida cualquiera.
Me tomó la mano.
—Aquí aprenderemos a bajar el ritmo. A respirar.
Miré el horizonte. El mar infinito. El desierto a la espalda. La casa, silenciosa, firme.
—Creo que voy a necesitar tiempo para entender esto.
—Tómalo —dijo—. Lo tenemos.
Mientras el sol empezaba a caer sobre el mar de Cortés, pensé que aquel lugar —tan lejos de todo— podía ser, al menos por un tiempo, un hogar.