NUEVO HOGAR
Nos despedimos en el rancho cuando el sol empezaba a caer y el aire olía a tierra caliente y a flores recién regadas.
Habíamos pasado la noche allí. Todo parecía tranquilo. Demasiado normal. Como si el mundo nos hubiera concedido una tregua.
Mi madre me abrazó primero. Fuerte. Sin soltarme.
—Te vas otra vez —dijo, sin reproche—. Pero esta vez se siente distinto.
—Es por un tiempo. Cambiábamos de domicilio. Trabajo.
Me miró a los ojos, como si buscara algo que no terminaba de encontrar.
—No es peligroso, ¿verdad?
Negué, con una sonrisa que yo misma quise creer.
—No, mamá. Solo negocios.
Asintió despacio. Me acarició la cara con el dorso de la mano.
—Estoy muy orgullosa de ti. De todo lo que has conseguido.
Hizo una pausa.
—Pero acuérdate de vivir un poco. El trabajo no lo es todo. La familia… también importa.
—Lo sé —dije—. Tienes razón. Y te prometo que vendré más. Una vez al año no basta.
Mi hermana se acercó después, con su energía de siempre.
—Nos vamos a quedar unos días más —anunció—. Quiero ver Puerto Vallarta sí o sí.
—Y luego Guadalajara —añadió mi madre—. Ya que estamos…
—Tened cuidado —les dije—. Y avisadme cuando lleguéis.
—Tranquila —rió mi hermana—. Además, aquí hay mexicanos muy guapos vigilándonos.
—Ni se te ocurra. Compórtate.
Se inclinó hacia mí, bajando la voz.
—Oye… este año vienes para mi cumpleaños, ¿no? Como antes. Cine, peli…
Sonrió.
—Aunque me aburran tus películas, te dejo elegir.
—Hecho —reí—. Iré. Lo prometo.
—Te echamos mucho de menos —añadió—. Madrid no es lo mismo sin ti.
Mi madre nos miró.
—Y nada de casarse otra vez por aquí —bromeó—. A ésta me la quedo un tiempo.
—¡Mamá!
Nos abrazamos las tres. Largo.
—Pasadlo bien —dije al separarnos—. Y cuida de ella —añadí—, la veo muy desatada.
—Eso intento —rió—. Vete tranquila.
El coche llegó entonces. Negro. Impecable. Silencioso.
Elías me tomó la mano. Nos despedimos una última vez. Subimos.
El coche arrancó despacio por el camino de tierra, dejando atrás el rancho, las risas, la música que aún flotaba en el aire.
No miré atrás.
En el aeropuerto privado nos esperaba el jet.
Al cruzar la puerta, me detuve.
Flores, tonos claros, detalles suaves. Todo dispuesto como una luna de miel.
—Eso no me lo esperaba.
Elías sonrió apenas.
—Tengo que ser honesto. No ha sido idea mía.
—Claro que no —reí—. Tú, como siempre, derrochando romanticismo.
—Ya sabes cómo soy.
Avanzamos por la cabina. Me senté. Me giré hacia él.
—Bueno… ¿me vas a decir por fin a dónde vamos?
Me miró con esa calma suya, siempre con algo detrás.
—A nuestro nuevo hogar. Claire nos recomendó alejarnos. Elegí uno de mis lugares más… tranquilos.
—Además, allí tendrás tu regalo de bodas.
—¿Dónde?
—Tranquila. Llegamos en unas horas.
Sentí el vértigo mezclarse con algo más.
El jet empezó a rodar. Las luces de la pista se alinearon frente a nosotros. Elías entrelazó sus dedos con los míos.
—Confía en mí —dijo en voz baja.
El avión despegó.
Mientras la tierra quedaba atrás, pensé que ya no huía. Iba hacia algo. Y esta vez lo había elegido.