SÍ QUIERO
La ceremonia fue exactamente como debía ser.
Pequeña. Cercana. Real. Sin ostentación.
El rancho estaba vestido con flores blancas y verdes, sencillas, naturales, entre la madera vieja y la tierra roja. El sol caía suave, como si también supiera que ese día no debía imponerse.
Pocas sillas. La gente justa: la familia de Elías, algunos amigos de infancia, el Chuso, el Seco, dos o tres rostros más que no necesitaban presentación porque eran parte de su historia.
De mi lado, mi madre, mi hermana… y Santini.
Santini, como siempre, a medio camino entre dos mundos.
Cuando Elías apareció, sentí algo parecido a un golpe lento en el pecho.
Iba impecable: traje oscuro, camisa clara, sin exceso. No parecía un hombre poderoso ese día. Parecía un hombre que había decidido quedarse.
Sonreía. De verdad.
Cuando me vio avanzar, sus ojos se oscurecieron apenas un instante. Me recorrió sin prisa.
—Así tenía que verte.
El mundo se volvió demasiado pequeño para lo que sentí.
Me colocó frente a él. Tomó mis manos. Estaban calientes.
La ceremonia fue breve. Palabras sencillas. Promesas sin adorno.
No juramos un “para siempre” ingenuo. Juramos estar. Elegirnos mientras pudiéramos. Caminar juntos sabiendo exactamente dónde nos metíamos.
Cuando llegó el momento, lo dijimos casi al mismo tiempo:
—Sí, quiero.
Y cuando me besó, no fue un beso de escaparate. Fue íntimo. Profundo. De esos que no necesitaban testigos, aunque los hubiera.
Después… todo se soltó.
La música llenó el rancho. Mariachis, trompetas, guitarras. Canciones de amor, de desamor, de tequila y de tierra.
Mesas largas. Manteles claros. Platos que no dejaban de llegar.
Mole espeso, profundo, con olor a casa. Carnitas jugosas. Arroz rojo, tortillas calientes envueltas en tela, guacamole recién hecho.
Tequila del bueno, del que se bebía despacio… hasta que dejaba de hacerse despacio.
Bailamos.
Elías y yo primero. Torpes al principio. Riendo. Demasiado cerca. Olvidando al resto.
Mi madre aplaudía emocionada. Mi hermana ya estaba descalza, bailando como si no hubiera mañana. No la veía así desde hacía años. Ni a ella… ni a mi madre, que terminó riéndose, copa en mano, como si la vida le devolviera algo que creía perdido.
El Chuso se acercó con una copa.
Miró a Elías y negó con la cabeza, divertido.
—Te conozco desde morro… y nunca te había visto perder la cabeza por nadie.
Bebió un trago.
—Este ya cayó. Este cabrón está bien colado —añadió.
—Ya, hombre, cállate —respondió Elías, sin evitar sonreír.
—No, si me da un chingo de gusto —insistió Chuso—. Antes puro negocio… ¿y ahora? Ahora hasta distraído andas.
—Ándale, ya deja de estar fregando. Vete a bailar.
Le dio un empujón leve. El Chuso se fue riendo.
Más tarde, Santini se acercó con su copa.
—¿Te puedo robar a tu mujer para un baile?
—Por supuesto —respondió Elías—. Pero me la devuelves.
—Siempre cumplo.
Bailamos, tranquilos, cómplices.
—Estoy muy feliz de estar aquí —dijo.
Sonrió.
—Supongo que ahora tendré que medir mis bromas contigo.
—Más te vale. Ahora soy una señora respetable.
—Eso no te lo cree nadie.
Reímos.
Luego se puso serio.
—Sabes que bromeo, Sophie. Para mí, tú y Elías sois familia. Pero contigo…
Se encogió de hombros.
—No sé. Siempre ha habido algo distinto. Y siempre estaré aquí, para lo que necesites.
Asentí.
—Pero cuídate —añadió en voz baja—. Has entrado en un terreno complicado.
—Lo sé.
Sonrió, aligerando el aire.
—Por cierto… he visto a tu hermana.
—Ni se te ocurra.
—Es muy guapa.
—Ni la mires.
—¿Ni un poco?
—Ni un poco.
En ese momento apareció Elías.
—Con mi cuñada no te metas —dijo, con media sonrisa.
Santini alzó las manos, divertido.
—Está bien. Me retiro.
La noche siguió así: música, risas, abrazos. Gente bailando bajo las luces cálidas del rancho. Copas chocando. Historias a medias. Promesas que no se dijeron, pero estaban.
Y por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá… solo quizá… ese instante merecía vivirse sin miedo.
Aunque fuera solo por esa noche.