La Intérprete FRENTES ABIERTOS
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FRENTES ABIERTOS

Días después, Santini llamó.

No era una llamada de cortesía. Había un problema.

Uno de los hermanos intentaba recuperar el control de las rutas entre Marruecos y España. Lo hacía a través de un nuevo cártel, más agresivo que cualquier otro en años.

No querían negociar.

Querían territorio.

Compraban lealtades, presionaban contactos y entraban en puertos con métodos cada vez más duros. Demasiado directos. Demasiado ruidosos.

Si aquello seguía así, el equilibrio se rompería.

Por eso había llamado.

Nos necesitaba.

El silencio que quedó fue distinto.

Elías se pasó la mano por la mandíbula.

—Claire ha sido clara. Tenemos que desaparecer. Pero antes hay dos frentes que no pueden quedar abiertos: Marruecos… y Corea.

Levanté la vista.

—Santini y Park.

Asintió.

—Santini está inquieto. Marruecos se está moviendo más de la cuenta. Y lo de Khan… ya sabes.

Lo sabía. Demasiado bien.

—Santini —dije—, déjamelo a mí.

Me miró de inmediato.

—¿Cómo?

—Voy yo. Yo lo soluciono.

Frunció el ceño.

—Puedo ir contigo.

Negué.

—No. Claire lo dejó claro. Cada movimiento tuyo pesa el doble.

Se quedó callado unos segundos, calibrando.

—¿Propones ir a Marsella?

Asentí. La palabra quedó suspendida entre los dos.

Elías se acercó un paso.

—No me gusta que vayas sola.

—No necesito que me protejas.

—Sé que sabes hacerlo —dije—. Pero esto lo puedo manejar.

Me miró sin apartarse.

—Confía en mí.

Tardó un instante en responder.

—Está bien. Quiero informes constantes.

—Los tendrás.

Se volvió hacia la ventana.

Cuando volvió a mirarme, su gesto era distinto.

—Esto nos expone.

—Lo sé.

—Y aun así…

—Es la jugada correcta.

No dijo nada durante un segundo.

—Cada vez juegas más alto.

—Porque ya no puedo jugar pequeño.

Algo parecido al orgullo cruzó su expresión.

—Entonces hazlo.

Se detuvo un instante.

—Pero vuelve.

A la mañana siguiente, el avión privado me esperaba al final de la pista, inmóvil. Subí sin mirar atrás. Dos hombres de seguridad detrás de mí: discretos, profesionales. No era compañía, era otra cosa.

Era la primera vez que viajaba sola. Sin Elías.

Dentro, el olor a cuero y metal seguía intacto. Me quité los zapatos y me senté junto a la ventanilla. Todo estaba dispuesto con precisión. Ya no me incomodaba.

El motor vibró. Pensé en Cancún, en la maleta, en el miedo, en lo poco que entendía entonces. Ahora era distinto: tenía acceso, control. Y también a Elías.

El avión aceleró y el suelo desapareció. Siempre me había gustado ese instante. Miré la ciudad hacerse pequeña. Me sentía poderosa y asustada a la vez: poderosa porque sabía lo que valía; asustada por lo que podía perder.

Pensé en Elías, en su forma de quedarse sin quedarse del todo. En Dan, en su decepción. Dos caminos que ya no se cruzaban.

¿Estaba haciendo lo correcto? La pregunta apareció y se desvaneció. Ya no importaba. No había vuelta atrás. Esto no era idealismo. Era supervivencia.

El jet alcanzó altura de crucero y la señal se apagó. Cerré los ojos un instante.

Iba sola, pero no indefensa. Marsella me esperaba. Y yo ya no era la misma.