BLINDAJE
A la mañana siguiente, el timbre sonó a las nueve y diecisiete.
Un solo pulso.
Elías no se levantó de inmediato. Me miró primero. Luego fue hacia la puerta con esa calma suya que a veces era control… y otras, un aviso.
Cuando abrió, Claire entró con paso firme. Pelo recogido, una carpeta bajo el brazo. Los mismos ojos de siempre: precisión, prisa, cero márgenes.
Detrás de ella venían dos hombres.
No parecían escoltas.
Vestían trajes sobrios. Mirada entrenada. Manos de oficina.
—Buenos días —dijo Claire.
Se giró hacia los dos hombres.
—Diego Sanz. Penal y cooperación internacional. —Arturo Valndés. Bancario y compliance.
Elías los saludó con un apretón breve.
—¿Tan mal está?
Claire dejó la carpeta sobre la mesa.
—Peor de lo previsto. Esto ya no es solo una visita. Se está abriendo un patrón.
Se sentó sin esperar invitación. Los otros dos se colocaron a su lado.
—Tu nombre aparece en demasiados lugares —continuó—. No solo en México. También en rutas bancarias.
Elías apenas reaccionó.
—¿Bancos?
Arturo abrió una carpeta.
—No como titular. En reportes internos. Alertas, consultas cruzadas, patrones de capital. Nada formal… pero el volumen es anómalo.
Claire añadió:
—Y hay política. No necesitan pruebas. Necesitan una historia.
Elías soltó una risa breve.
—Siempre la necesitan.
—Esta vez hay coordinación —dijo Diego—. No es azar.
Elías se apoyó en el escritorio.
—¿Y Sebastián?
—Está conteniendo —respondió Claire—. Pero el problema ya no es solo el dinero. Es el nombre.
Silencio.
Elías me miró. Entendimos lo mismo.
—¿Qué planteáis?
Claire abrió la carpeta.
—Tres cosas.
Levantó un dedo.
—Primero: blindaje. Más estructura a nombre de Sofía.
No me moví.
Elías tampoco protestó.
—Segundo: cambio de domicilio. Salir del centro. Reducir exposición.
—¿Huir?
—Reposicionarte. Tiempo es oxígeno.
—Tercero: bajar el ritmo. Delegar. Menos presencia.
Elías soltó una risa seca.
—Mi vida nunca ha sido pequeña.
—Pues tendrá que parecerlo.
Silencio.
Elías me miró.
No hizo falta hablar.
—Bien —dijo—. Haremos lo necesario.
Claire cerró la carpeta.
—Eso esperaba.
La reunión siguió con detalles. Yo escuchaba, anotando sin levantar la vista.
Cuando se levantaron, Claire me miró por primera vez de verdad.
—Sofía. Si vas a sostener esto… sostente tú también.
No respondí.
Se fueron.
El ático volvió a quedarse en silencio.
Elías no se movió. Luego fue hacia la ventana.
Yo me acerqué.
—Sigo aquí.
Tardó un segundo en mirarme.
—Estas cosas siempre acaban mal.
—Entonces las haremos acabar a nuestra manera.
Se giró.
—Bien. Preparamos la mudanza.
No sonó a logística.
Sonó a guerra.