La Intérprete SOLA
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SOLA

Me desperté con la sensación de que algo faltaba.

Extendí la mano por inercia y toqué solo sábanas frías. El otro lado de la cama estaba intacto. Elías no había dormido allí. No era nuevo, pero el vacío pesaba distinto al confirmarlo.

Me quedé unos segundos mirando el techo.

Uno se acostumbra rápido a las presencias peligrosas.

Me levanté y abrí las cortinas.

Marsella entró de golpe en la habitación.

El Mediterráneo se extendía abajo, azul, casi irreal, y el puerto despertaba despacio. Todo parecía en calma.

Demasiada.

Pensé en Elías: A veces, desaparecer es la única forma de seguir controlando .

Me duché, me vestí con algo sencillo y fui al restaurante de la terraza.

Santini ya me esperaba.

Estaba sentado al fondo, con vistas al mar. Traje claro, camisa abierta lo justo, gafas de sol sobre la mesa. Elegante sin esfuerzo. Marsellés hasta en la manera de ocupar el espacio.

Cuando me vio, se levantó.

—Sophie… —dijo, con esa sonrisa suya—. Siempre consigues que la mañana mejore.

Sonreí mientras me acercaba.

—Y tú siempre encuentras la forma de decirlo sin parecer que lo has ensayado.

Rió por lo bajo y me apartó la silla.

El desayuno ya estaba servido: zumo, café, croissants aún tibios.

—¿Dormiste bien?

—Lo suficiente.

Miró alrededor.

—¿El Halcón?

Negué.

—Las cosas se están complicando. Va a mantenerse fuera del foco.

Santini asintió.

—Entonces confío aún más en que estés aquí tú.

Bebió un sorbo de café. El tono cambió.

—Los marroquíes están ganando terreno porque alguien les está dando acceso. No es músculo. Es entrada. Y eso siempre tiene nombre.

—Por eso he venido —dije—. Quiero reunirme con quién esté detrás.

Apoyó los codos en la mesa.

—Étienne Morel. Francés. Vive en Cannes. No lidera. Conecta. Y financia.

—¿Conecta qué?

—Personas. Puertos. Operadores. Decide quién entra sin firmar nada. No se reúne con desconocidos.

—Entonces no iré a confrontar —dije—. Iré a ofrecerle estabilidad.

Me observó con atención.

—¿Sabes qué es lo peligroso de Morel?

—Que cree que controla el flujo.

Sonrió.

— Exactement . Y no acepta citas. Acepta coincidencias.

—Explícate.

—Los domingos está en el brunch del Majestic de Cannes, siempre a la misma hora. No habla de negocios. Por eso escucha.

—Si me ve contigo, se cerrará.

—Por completo.

—Entonces no me verá contigo.

Frunció el ceño.

—Eso te deja expuesta.

—Eso me deja creíble.

Suspiró.

—Empiezas a moverte sin pedir permiso.

—Empiezo a entender cómo se gana espacio sin hacer ruido.

Brindamos con el café.

Mientras mordía el croissant, pensé en lo absurdo de todo: el sol, el mar… y nosotros decidiendo quién se quedaba sin puertas.

Santini me miró distinto.

—Te daré el contexto. El resto depende de ti.

Miré el Mediterráneo.

—Siempre.