La Intérprete BAJO ESCUCHA
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BAJO ESCUCHA

La ciudad parecía tranquila desde el ático. Demasiado.

Las luces dibujaban una normalidad que no existía.

Estaba sentada en el suelo del despacho, con el teléfono entre las manos. Elías, de pie junto al ventanal.

No hacía falta hablar.

El dispositivo vibró.

Elías lo cogió y activó la llamada.

Park apareció en la pantalla. Su rostro estaba serio, más de lo habitual.

—Ya está hecho —dijo sin rodeos.

Me enderecé.

—¿Seguro?

—Completamente. El teléfono de Khan está intervenido. Sin rastro visible ni consumo anómalo. Para él, todo sigue igual.

Sentí una presión extraña en el pecho. No era alivio. Era algo más frío.

—¿Desde cuándo? —preguntó Elías.

—Desde hace unas horas.

El silencio se instaló.

—Ya hemos empezado a escuchar.

Park tocó algo fuera de plano y, de pronto, la voz de Khan llenó el despacho.

Era su tono habitual: tranquilo, controlado, sin emoción.

—…no hay cambios. El Halcón sigue pensando que fue un fallo logístico. No sospecha nada.

Tragué saliva.

—¿Está hablando con Ríos? —pregunté.

—No directamente —respondió Park—. Usa intermediarios. Pero el mensaje es claro: sigue filtrando información.

La grabación se detuvo.

Me pasé una mano por el pelo.

—Entonces cree que controla la situación.

—Exacto —dijo Park—. Cree que juega en ventaja.

Todo empezaba a encajar de una forma inquietante.

—Hay más. Ha pedido una reunión —añadió Park.

Me tensé.

—¿Con quién?

—Está tanteando a Ríos. Quiere reafirmar su posición.

Caminé hasta el ventanal.

—Eso significa que está inseguro.

—Sí —dijo Park—. Y eso lo vuelve imprevisible.

Me giré.

—O manipulable.

Elías me mantuvo la mirada.

—A partir de ahora, solo sabrá lo que nosotros queramos que sepa. Nada de enfrentarlo.

Park nos observó unos segundos.

—Vamos a dejar que crea que avanza… mientras se queda solo —añadió Elías.

Park asintió lentamente.

—Os mantendré informados de cada conversación.

—De todas —le corregí—. Incluso de las que no parezcan importantes.

—Entendido.

La llamada se cortó.

Un silencio más cargado ocupó el despacho.

Elías habló sin mirarme.

—Ahora empieza el juego de verdad.