La Intérprete EL SAPO
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EL SAPO

Entró la llamada. Era la que esperaba. Dan.

—Tengo lo que querías —dijo sin rodeos.

Me incorporé en el sofá.

—Te escucho.

— Khan Seojin.

Hizo una breve pausa.

—Coreano. Empresario del sector logístico, inversiones en Asia y Latinoamérica. Oficialmente limpio. Extraoficialmente… no tanto.

Tomé aire. No podía creerlo.

Simulé no conocerle.

—¿Qué tiene que ver con Ríos?

—Ha aparecido en su órbita más de una vez —continuó—. Reuniones, intermediarios comunes, movimientos paralelos. Presuntamente. Demasiadas coincidencias.

Mi pulso se aceleró.

—¿Tienes algo que lo demuestre?

—Sí —respondió—. Imágenes. Archivos internos. Fotografías en Colombia donde se le ve con gente de Ríos. No son recientes, pero tampoco son casuales.

—Las necesito —dije.

Silencio.

—Sofía… me estás pidiendo que cruce una línea.

—Dan, estoy en peligro.

Tomé aire.

—Estoy metida hasta el cuello. Acepté cooperar con vosotros, y eso me expone. Necesito protegerme.

Sonó creíble.

—No sabes lo que me pides.

—Sí lo sé. Y aun así te lo pido.

Otro silencio. Más largo.

—Me estás poniendo en una posición muy complicada —dijo.

—Y yo estoy en el centro del tablero.

Exhaló despacio.

—Está bien. Mañana a las seis, Colonia Roma. Café Nin. Te entrego las fotos y desaparecemos. Como si esta conversación no hubiera existido.

La llamada se cortó.

Khan.

A la mañana siguiente, llegamos por separado.

Entré primero, gafas oscuras. Pelo recogido. Ocupé una mesa al fondo. Dan apareció diez minutos después. Gorra baja, chaqueta cerrada hasta el cuello.

No se sentó frente a mí. Se colocó de espaldas, como si esperara a otra persona.

Dejó el sobre en la mesa, sin mirarme.

—Me estoy jugando el pellejo por ti —murmuró—. Esto que acabo de hacer se salta todos los protocolos.

Tomé el sobre sin abrirlo.

—Estoy segura de que no es el único protocolo que te has saltado últimamente —respondí, irónica.

Hubo una pausa.

—Cuídate, Sofía —dijo—. Y no me obligues a arrepentirme de esto.

—Nunca lo hago —contesté.

Dan se marchó primero. Entré en el baño de la cafetería. Cerré el pestillo. Saqué el sobre.

Dentro, las fotos.

Khan. El mismo hombre de Seúl. El acuerdo de Jeju. Las palabras medidas. La sonrisa exacta. Ahora estaba allí, reunido con gente de Ríos.

Todo encajó. Demasiado bien.

Ahora entendía por qué había caído Jeju. Cómo Ríos había avanzado sin que lo viéramos venir.

Me quedé quieta, las fotos sobre las rodillas.

Tenía la información.

Y en este mundo, la información no era solo poder.

Era supervivencia.

El ático de Elías estaba en penumbra cuando entré. Al otro lado de los ventanales, la ciudad: lejana, ajena.

Elías estaba de pie junto a la barra, con una copa en la mano.

No se giró.

—Es tarde. ¿Dónde has estado?

Caminé hasta la mesa y dejé el sobre sobre la madera. No lo empujé.

—Ya lo sé —dije—. Sé quién nos está traicionando.

Eso sí lo hizo girarse.

Se acercó, tomó el sobre y fue pasando las fotos una a una. Su expresión se endureció.

—Khan…

Levantó la vista.

—¿Son hombres de Ríos?

—Sí.

Volvió a las fotos.

—Ahora encaja —dijo—. Jeju. Los tiempos. La información contaminada.

Pausa.

—Todo encaja.

Cerró el sobre.

—¿Cómo has conseguido esto?

—Son pruebas limpias.

Me miró con más atención.

—¿DEA?

No respondí.

Su mandíbula se tensó.

—No deberías haber recurrido a ellos. Te has expuesto.

—No había margen para errores.

Sostuvimos la mirada.

—¿Ha sido Harris?

—¿Eso es lo que te preocupa?

No apartó los ojos.

—Me preocupa que busques pretextos para ir a verle.

Sentí el golpe.

—¿Desconfías de mí?

No dijo nada.

—¿Te parece poca prueba que esté aquí? —dije—. Que haya venido a vivir contigo.

Su mirada cambió.

—Entonces… —dijo despacio—. ¿Ya lo has decidido?

—Ese no es el tema.

Asintió apenas.

Se giró hacia la mesa, volvió a tomar el sobre.

—Sea como sea… ha sido una buena jugada.

Me miró.

—Muy buena. Y peligrosa.

—Lo sé.

—Ahora muchas cosas tienen sentido. Khan es el sapo.

Asentí.

—Tenemos que llamar a Park.

La partida había cambiado.