La Intérprete LA JUGADA
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LA JUGADA

Park había llamado esa mañana.

Una de nuestras operaciones en el Pacífico había caído. Una filtración interna. Otro soplo de alguien que aún no habíamos identificado.

Aquello no solo nos debilitaba.

Complicaba la alianza con nuestro nuevo socio: Khan.

Elías citó al Mono y al Chuso en Ciudad de México. La urgencia no dejaba margen para dudas. Había que reorganizar, ajustar rutas y adelantarse.

Dos días después, el ático estaba blindado.

La terraza daba a la ciudad como un mirador privado: luces infinitas, aire cálido, copas sobre la mesa. Todo parecía tranquilo. Demasiado.

El Mono fue el primero en llegar. Expresión dura, ojos atentos. El Chuso apareció detrás, más relajado.

—Míralos —dijo el Chuso al vernos—. Algo ha cambiado aquí.

El Mono no sonrió. Su mirada fue de Elías a mí… y volvió a Elías.

—Sí. Se nota.

No hizo falta preguntar.

—Sofía —dijo—, dicen que tienes cabeza fría. Hoy la vamos a necesitar.

—La tengo.

Nos sentamos.

Elías desplegó el esquema: rutas, horarios, puertos.

—Operación principal —empezó—: carga grande por Puerto Bolívar. Esa no se toca.

—¿Y la DEA? —preguntó el Chuso.

Señalé otra línea.

—Va a ver esta. Operación espejo. Misma ventana. Puerto secundario. Menos volumen.

El Mono entrecerró los ojos.

—¿Tapadera?

—Exacto. La DEA cree que rompe algo importante. En realidad, solo muerde una esquina.

—¿Quién cae?

—Intermediarios —dijo Elías—. Ruido controlado.

El Chuso soltó una risa baja.

—Es bonita. Y Ríos mira donde no es.

El Mono me miró fijamente.

—¿Y tú? ¿Dónde quedas cuando esto estalle?

—Fuera del foco. Daniel Harris creerá que es iniciativa suya.

El Mono ladeó la cabeza.

—Lista.

Elías apoyó el antebrazo cerca del mío.

—Hay un detalle —añadí—. Los tiempos tienen que ser exactos. Si se solapan mal, perdemos la ventaja.

—No se solaparán —dijo Elías—. Yo coordino.

El Chuso nos observó, divertido.

—Hermano, no solo coordinas rutas ahora, ¿eh?

Ninguno respondió.

El Mono se levantó.

—¿Tenéis algo del sapo que está pasando información a Ríos?

—Todavía no —dije—. Pero creo saber cómo encontrarlo.

Cuando se fueron, la terraza quedó en silencio.

Elías se acercó. Apoyó una mano en la barandilla.

—Han visto lo nuestro.

—Sí.

—¿Te importa?

Negué.

—No.

Se detuvo en mí.

—Entonces seguimos.

—Seguimos.

Esta vez, la jugada no era solo peligrosa.

Era brillante.