La Intérprete ROMPER PROTOCOLO
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ROMPER PROTOCOLO

No fui yo quien lo recordó. Fue el cajón.

Entré en mi ático después de semanas fuera y todo seguía igual: ordenado, impersonal, detenido.

Abrí el cajón inferior del escritorio casi sin pensar. Allí estaba el teléfono viejo. El que había dejado atrás a propósito.

Lo encendí.

Vibró al instante.

Llamadas perdidas. Mensajes acumulados. Notificaciones en cadena.

Todos de Dan.

Sentí ese peso seco en el estómago que no tenía que ver con miedo, sino con responsabilidad.

Elías apareció en la puerta sin hacer ruido. Miró la pantalla apenas un segundo.

—El mundo ya sabe que has vuelto —dijo.

No era reproche. Era constatación.

Los mensajes seguían entrando.

Dan : “¿Dónde estás?” “Necesito confirmación.” “Esto no es una desaparición estratégica, Sofía.” “Respóndeme.” “Me estás dejando sin margen.”

Respiré hondo.

—Tengo que contestar.

Elías asintió.

Yo:

“Estoy bien”

No tardó.

El teléfono vibró de nuevo.

Dan : “Videollamada segura. Hoy a las 11:00h.”

Breve. Frío. Sin espacio para negociar.

Le enseñé el mensaje.

Elías señaló con la cabeza el auricular interno que usábamos en situaciones concretas.

—Yo escucho —dijo—. Tú hablas.

Asentí.

A las once en punto cerré la puerta y activé la llamada.

La pantalla se encendió. Dan apareció serio.

—¿Dónde demonios has estado?

Sin saludo.

—¿Tienes idea de lo que es desaparecer un mes?

Respiré hondo.

—Estoy bien.

—Eso no responde a nada. —Se pasó una mano por la cara—. Has roto protocolo. He tenido que cubrirte, justificar tu silencio.

—No podía comunicarme. No era seguro.

—¿Para quién? —preguntó—. ¿Para ti o para él?

—Para mí. Y para la operación.

—Un mes, Sofía —dijo más bajo—. No vuelvas a hacerlo.

—No volverá a pasar.

—Más te vale. El tablero se está moviendo.

—Lo sé.

—¿Estás sola?

Pensé en Elías, al otro lado.

—Sí.

Dan suspiró.

—No me vuelvas a dar estos sustos. Me preocupo por ti. No como agente.

No respondí.

—Has generado ruido —continuó—. Tu nombre sigue limpio, pero… otros no tanto.

Sentí el peso de lo que no decía.

—Hay movimientos que están llamando la atención. Si empiezan a tirar del hilo, no van a hacer preguntas

—¿Estoy en peligro?

—Estás en el radar. Y no solo el nuestro.

Respiré hondo.

—¿Qué necesitas?

—Resultados. Información operativa. Algo que justifique este tiempo.

—¿Cuánto tengo?

—Una semana.

—¿Y si no es suficiente?

—Te saco antes de que te quemen.

No elevó la voz.

—No puedo protegerte si no sé dónde estás.

Asentí.

—Y Sofía… —añadió—. Esto ya no es solo trabajo para ti.

No respondí.

—Mantente alerta.

La pantalla se apagó.

Me quedé inmóvil unos segundos.

—¿Todo? —pregunté.

—Todo —respondió Elías desde la otra habitación.

Entró al despacho. Su expresión era control absoluto.

—¿Tuvisteis algo? —dijo serio.

—No.

Me miró sin ceder.

—¿Seguro?

—Seguro.

Asintió, pero no se relajó.

—No me gusta. Ese tipo no habla así porque sí.

—Es mi contacto.

Elías se acercó un paso.

—Le importas.

—Puede ser.

—Eso es lo que no me gusta.

—¿Estás celoso?

Clavó los ojos en mí.

—Estoy atento.

—Entonces tendrás que acostumbrarte.

Elías alargó la mano y cerró el cajón con suavidad.

—Una semana —dijo—. Te han puesto plazo.

—Lo sé.

—Y están empezando a oler.

Asentí.

—Entonces tenemos que darles algo —añadió—. Pero a nuestro ritmo.

—¿Y si no basta?

—Entonces cambiamos el tablero.

—¿Eso qué significa?

—Que el siguiente movimiento no será suyo. Será nuestro.

No sonó a amenaza.

Sonó a promesa.