La Intérprete PANAMÁ
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PANAMÁ

Salimos de la isla antes del amanecer.

Elías pilotó el hidroavión con la misma concentración con la que había hecho todo aquel mes: sin prisas, sin palabras innecesarias. Yo observaba cómo la superficie se abría en dos a nuestro paso y pensaba que ese lugar ya empezaba a sentirse irreal, como un recuerdo al que no podríamos volver.

Aterrizamos en una pista privada, lejos del aeropuerto principal. El calor nos envolvió de golpe: denso, húmedo, casi agresivo. El tipo de clima que no invitaba a quedarse.

Un hombre nos esperaba junto a un hangar discreto. Camisa clara, gafas de sol, postura relajada de quien había visto demasiado como para ponerse nervioso.

Cuando Elías bajó del avión, el hombre sonrió apenas.

—Pensé que estabas muerto —dijo.

—Lo estuve —respondió Elías—. Un mes.

Se abrazaron fuerte, sin palabras de más. Luego Elías se giró hacia mí.

—Jairo Batista —dijo—. Ella es Sofía, mi mujer.

Sentí el impacto antes incluso de procesarlo.

Jairo me observó con atención, evaluándome sin disimulo, y luego sonrió.

—Encantado, Sofía.

—Igualmente —dije, sosteniendo la calma.

Jairo asintió, como si todo encajara.

—Todo está listo —dijo.

Entramos en el hangar. El ruido exterior quedó atrás. Dentro olía a metal y combustible. Jairo abrió una bolsa negra sobre una mesa.

—Teléfonos seguros —explicó—. Nuevas claves. No están vinculados a nada anterior.

Cogí uno. La pantalla en blanco me devolvió una sensación extraña: existir con otra piel.

Deslizó luego dos pasaportes hacia nosotros.

—Identidades limpias. Viajes creíbles. Historias simples.

Elías abrió el suyo y sonrió de lado.

—Buen trabajo.

—Siempre —respondió Jairo—. Si no, no seguiría aquí.

Me tendió el mío. Leí el nombre. Me lo repetí mentalmente. Funcionaba.

—¿Alguna pregunta? —dijo.

—No —dije—. Todo claro.

Jairo cerró la bolsa y levantó la vista hacia Elías.

—Tenéis veinte minutos. Luego este lugar deja de existir.

Salimos del hangar. El sol caía con fuerza. Elías caminaba a mi lado, su mano rozando la mía de forma casi imperceptible.

—¿Tu mujer? —murmuré sin mirarlo.

—Era lo más creíble —respondió.

—¿Y lo más conveniente?

Se detuvo. Me miró con esa calma peligrosa que siempre lo precedía todo.

—Eso ya lo eras antes de decirlo.

No supe qué responder. Sonreí despacio.

Subimos al jet que nos llevaría al siguiente tramo. Cuando me senté, noté su mano sobre la mía. No la apartó. Yo tampoco.

Mientras el avión rodaba por la pista, pensé en que ya no estábamos desapareciendo.

Estábamos regresando.

Y esta vez, juntos.

Aterrizamos en Ciudad de México ya de noche.

El avión apenas había detenido los motores cuando vi al Seco junto a la pista, flanqueado por dos hombres de seguridad. La misma presencia impenetrable de siempre.

—¿Todo en orden? —preguntó Elías sin preámbulos.

El Seco asintió una sola vez.

—¿La casa? ¿Los accesos?

—Revisados. Limpios. —Me miró entonces—. Bienvenida de vuelta.

—Gracias —respondí.

El trayecto en coche fue silencioso. La ciudad se deslizaba tras los cristales como si nada hubiera cambiado.

Elías se sentó a mi lado. Su pierna rozaba la mía con cada giro. No se apartó.

—Vente a vivir conmigo —dijo de pronto, en voz baja, como si hablara de una decisión logística más.

Giré la cabeza.

—¿Así, tan rápido?

—Así de claro. Es la mejor forma de protegerte.

—Suena peligrosamente a excusa.

Una comisura de su boca se levantó.

—Puede que lo sea.

—¿Y si digo que no?

—Diré que lo pienses mejor.

—¿Y si aun así digo que no?

—Reforzaré la seguridad en tu ático. Pero no me gustará.

Me crucé de brazos.

—Vaya. Qué romántico todo.

—No soy bueno en eso —admitió—. Pero sí manteniendo con vida a la gente que me importa.

Ese “me importa” no necesitó énfasis

—Quédate esta noche conmigo —añadió—. Sin decisiones. Mañana decides.

Lo miré. Vi al hombre que lo controlaba todo… y al que había bajado la guardia conmigo.

—Está bien. Me quedo esta noche. Pero solo pensar.

—Solo pensar —repitió.

Cuando las puertas de su ático se abrieron, sentí algo distinto.

No era entrar en una casa ajena.

Era cruzar a otra versión de mí.

Me quité los zapatos. El suelo frío me ancló.

—Aquí me siento otra persona —dije—. No la Intérprete. No la que se esconde.

Elías me observó con atención.

—Quédate siendo esa —dijo—. Al menos esta noche.

Mientras avanzaba hacia el interior, supe que no solo había cambiado de casa. Había cruzado una línea.