La Intérprete LA SEÑAL
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LA SEÑAL

Estábamos sentados en el porche, descalzos, mirando el mar oscuro. El generador zumbaba a lo lejos.

Entonces ocurrió.

No fue una alarma estridente. No hubo luces ni pitidos.

Solo un pulso grave, casi imperceptible, que vibró en la pared de piedra.

Elías se quedó inmóvil.

Tardé un segundo más en entender que no era un fallo. La forma en que dejó la taza, sin mirarla, me lo dijo todo.

—Ha saltado.

No pregunté qué.

El aire cambió.

—¿Eso significa que nos han encontrado?

Elías negó mientras abría el panel oculto. Tecleó una secuencia breve, precisa.

—No. Significa algo peor.

Levanté la vista.

—Ríos está avanzando.

No había rabia en su voz. Solo certeza.

—¿Y ahora qué?

Cerró el panel. El pulso desapareció. El silencio volvió, distinto.

—Quedarnos aquí es regalarle tiempo.

Miré alrededor. La luz, la calma, el refugio.

Ya no lo era.

—¿Volver es seguro?

Me miró de verdad.

—No. Pero es necesario.

La atmósfera se tensó.

—Si volvemos, recuperamos iniciativa. Si no… Ríos crecerá y golpeará donde más duela.

Pensé en mi familia. En Park. En el Mono.

Y entendí.

—Volvemos.

No era una pregunta.

Elías asintió. Se acercó. Su mano quedó cerca de la mía, sin tocarla.

—Entonces lo hacemos bien. Sin prisas. Sin errores.

Le sostuve la mirada.

—Y juntos.

Se le insinuó una sonrisa.

—Confío en ti.

Horas después, el hidroavión estaba listo.

El mar era el mismo. El cielo también. Pero la isla había dejado de ser un refugio.

El motor arrancó y el agua se abrió bajo nosotros.

No volvíamos porque el peligro hubiera pasado. Volvíamos porque acababa de empezar.