La Intérprete NOCHE EN JEJU
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NOCHE EN JEJU

El teléfono rompió el silencio.

No hizo falta mirarlo dos veces.

—Es él —dije.

Elías no respondió. Solo asintió una vez, imperceptible, y señaló el dispositivo con la barbilla.

Puse el altavoz.

—Sofía —la voz de Dan llenó la suite—. Veo que ya estás en Jeju.

Me tensé apenas.

—¿Cómo lo sabes?

—No importa —respondió—. Importa que estás donde dijiste que estarías. Eso es buena señal.

Elías permanecía apoyado en la pared, brazos cruzados. Silencioso. Atento.

—¿Qué necesitas, Dan?

—Información —dijo sin rodeos—. Estamos siguiendo un posible movimiento en Asia. Algo que, por perfil, encaja demasiado bien con tu entorno actual.

—No tengo nada que darte —respondí.

—Todavía —corrigió—. Pero lo tendrás. Y cuando lo tengas, quiero ser el primero en saberlo.

Respiré despacio.

—Me estás presionando.

—Te estoy recordando cómo funciona esto —replicó, más bajo—. Sabes que no es personal.

Elías no se movió. Pero sentí su cuerpo tensarse, como si cada palabra quedara registrada.

—No soy tu única vía —dije—. Y lo sabes.

—Eres la mejor —contestó Dan—. Y por eso me preocupo.

Hubo un silencio breve. Distinto.

—Sofía… —añadió—. Ándate con cuidado. Donde estás ahora, la gente no protege. Usa. Y si en algún momento necesitas algo… lo que sea… puedo ayudarte.

Noté el cambio. No era amenaza. Era algo más personal. Más íntimo.

—Gracias —dije—. Lo tendré en cuenta.

Colgué.

Lo que quedó después fue silencio.

Elías se separó de la pared despacio. Caminó hasta la mesa. Miró el teléfono como si fuera un objeto incómodo.

—Ese Harris… —dijo al fin—. ¿Qué pretende exactamente?

No levantó la voz. Pero había algo nuevo ahí. Tirante.

—¿A qué te refieres?

—A eso de protegerte —respondió—. No se suele regalar ese tipo de palabras.

Lo miré un segundo. Y entonces lo vi claro.

—¿Te molesta?

Elías alzó la vista de golpe.

—Me molesta no entender.

Su mirada se quedó en mí un segundo más de lo necesario.

Salimos a cenar.

Elegí el vestido con intención. Negro. Largo. Espalda descubierta hasta donde sabía que a Elías le costaba no mirar. Nada excesivo. Nada inocente.

Cuando salí del baño, él ya estaba allí. Chaqueta oscura. Camisa abierta, sin corbata. El hombre que nadie cuestionaba.

Levantó la vista. Y se quedó quieto.

No fue exagerado. Fue peor. Esa pausa mínima en la que su mirada quedó anclada en mí, recorriéndome sin disimulo.

—Estás… —empezó.

—¿Qué? —pregunté, tranquila.

Cerró la boca. Sonrió apenas.

—Impecable.

Ese tono suyo. Bajo. Contenido. Me atravesó.

Cenamos en el restaurante del hotel. Ventanales abiertos al océano. Velas bajas. Silencio elegante.

—La llamada no fue casual —dije mientras probaba el vino—. Están nerviosos.

—Porque creen que te controlan.

—Porque creen que me necesitan.

Alzó la copa.

—Eso es más peligroso.

—Para ellos —corregí—. Yo decido qué versión reciben.

Me observó con una intensidad distinta. No solo deseo. Evaluación.

—Estás cómoda en esta posición —dijo.

—Aprendo rápido.

—Lo sé.

Hubo un segundo en el que el aire cambió. No hablábamos de la DEA. Ni del negocio.

—Sofía… —dijo, más bajo—. Esto no va de seducir a nadie.

Lo miré sin bajar la voz.

—Nunca dije que lo fuera.

Nadie dijo nada. Ambos sabíamos que ese comentario había abierto algo que ninguno estaba dispuesto a nombrar todavía.

La suite estaba en penumbra cuando volvimos.

Entramos en ella en silencio.

Dejé el bolso sobre una silla y me quedé de pie, sin saber muy bien dónde colocar el cuerpo.

Elías dejó la chaqueta sobre el respaldo del sillón.

—No te preocupes —dijo entonces, con voz baja—. Yo me quedaré aquí. Señaló el sofá, amplio, impecable. —Duermo poco. Tú descansa. No voy a invadir tu espacio.

No era una frase cualquiera. Era una promesa. Y un límite.

—Gracias —respondí.

Al sentarme en la cama para quitarme los zapatos, sentí su mirada.

No era descarada. No era posesiva. Era peor.

Era esa mirada que se demoraba un segundo más de lo debido, como si estuviera pensando algo que había decidido no decir.

Me descalcé despacio. No por provocación. Por nervios.

Cuando levanté la vista, él ya se quitaba la camisa. El gesto fue simple. Preciso. Pero mi cuerpo lo recordó todo antes que mi cabeza.

Su espalda.

El tatuaje. La tinta oscura siguiendo el músculo.

El agua cayendo sobre esa misma piel en aquella ducha, el vapor, mi respiración demasiado cerca, el instante en que invadí su espacio y él no se apartó.

Tragué saliva.

Él se quedó un momento con la camisa en la mano, como si hubiera sentido mi mirada. No se giró del todo, pero su postura cambió apenas. Una tensión mínima en los hombros.

Nuestros ojos se cruzaron.

Nada más. Ni un gesto. Ni una palabra.

Pero el aire entre los dos se cargó de lo que no se decía, de recuerdos que no se habían ido nunca.

—No vamos a dormir mucho —rompió el silencio.

—Lo sé —respondí—. No esperaba otra cosa.

Se apoyó en el respaldo del sillón, pasando una mano por la nuca.

—Mañana tenemos trabajo —añadió—. Hay que preparar la reunión. Revisar números. Estrategia.

Dijo “trabajo”, pero los dos sabíamos que hablaba también de otra cosa: de control, de no cruzar una línea que en ese mismo instante estaba peligrosamente cerca.

Me levanté para ir al baño. Al pasar junto a él, nuestros cuerpos quedaron a centímetros. Demasiado cerca para ser casual. No lo suficiente para tocarnos.

Sentí su respiración. Él debió de notar la mía.

Nadie se movió.

—Buenas noches, Sofía —dijo finalmente.

—Buenas noches, Elías.

Cerré la puerta del baño y apoyé las manos en el lavabo, intentando recordar cómo se respiraba con normalidad.

Esa noche no hubo besos. No hubo caricias. No hubo nada.

Y, sin embargo, pocas veces había sentido tanto.