EL DESPERTAR
Me desperté sola. No fue inmediato. Una calma extraña, profunda. De esas que no recordaba en mucho tiempo.
Había dormido bien. Demasiado bien.
Abrí los ojos despacio. La luz se filtraba por las cortinas. El sofá, vacío. Ni chaqueta. Ni ruido.
Elías no estaba.
Fui a la ducha.
El agua caliente me cayó sobre los hombros. Cerré los ojos. Pensé en la noche. En el sillón. En su voz baja. En cómo respetó el límite sin dejar de estar peligrosamente cerca.
Pensé en él.
Y, como si la mente quisiera devolverme a mi sitio, pensé en la reunión del mediodía. El nuevo socio. Khan. El peso de lo que estaba en juego. Las palabras que tendría que elegir. Lo que debía decir. Lo que no.
Salí de la ducha, envuelta en la toalla, el pelo húmedo pegado a la espalda. Crucé el pasillo de la suite sin pensar, convencida de que seguía sola.
—¿Dónde has estado?
Mi voz salió antes que el sobresalto.
Elías estaba allí.
Apoyado en la entrada, tranquilo, como si siempre hubiera estado allí. Me miró sin responder de inmediato. Su mirada recorrió el pasillo, se detuvo en mí… y algo cambió en el aire.
—He salido a pasear —dijo—. Necesitaba despejarme.
Di un paso, consciente de repente de que solo llevaba una toalla. De que el vapor aún me rodeaba. De que su mirada ya no era neutra.
—He pedido el desayuno —añadió, como si fuera capaz de pensar en otra cosa—. Si no te importa. Así preparamos la reunión aquí, con calma.
Asentí, pero no me moví.
Él dio un paso hacia mí. Solo uno.
Lo justo para que el espacio entre los dos se volviera eléctrico. Sentí su mirada como si me despojara de la toalla sin tocarla. Como si la recorriera despacio, con una lentitud que me erizó la piel.
Levantó la mano y apartó un mechón húmedo de mi cara. Sus dedos rozaron apenas mi sien. Un gesto mínimo. Íntimo. Cargado de todo lo que no ocurría.
Nuestros ojos se sostuvieron.
Entonces llamaron a la puerta.
El momento se rompió como una burbuja.
Retiró la mano sin prisa. Se giró hacia la entrada como si nada hubiera pasado.
—He pedido juk de abalón. —dijo—. La última vez en Seúl dijiste que te había gustado.
Miré la bandeja. Sonreí sin querer. Un detalle pensado.
No era el plato. Era que se acordara. De algo pequeño. De algo mío.
Nos sentamos frente a frente. Yo ya vestida. Él impecable, como siempre.
Comimos en silencio unos segundos.
Entonces Elías sacó una carpeta, la colocó sobre la mesa y la abrió con precisión.
—Bien —dijo—. Empecemos.
Y mientras desplegaba los documentos, supe que aquella calma era solo aparente. Que lo que había empezado esa mañana iba a cambiarlo todo.