SIN TESTIGOS
El coche se detuvo sin aviso.
No hubo portazo inmediato. Primero, silencio. Luego el motor apagándose, como un suspiro largo. Miré por la ventanilla: árboles. Demasiados. Oscuros. Altos. Una carretera estrecha que no llevaba a ningún lugar reconocible.
Una casa al fondo.
Sólida. Aislada. Pensada para no necesitar a nadie.
Piedra gris. Ventanales amplios. Ninguna luz encendida. Ningún vecino. Ningún sonido salvo el viento rozando las ramas.
El Seco abrió mi puerta.
—Despacio —dijo en voz baja—no haga gestos innecesarios.
Bajé del coche. El aire era más frío que en la ciudad. Olía a tierra húmeda, a pino. A lugar donde no pasaban cosas… o donde pasaban y nadie las veía.
Elías bajó después.
Seguía sin mirarme.
Caminamos hacia la casa. Mis pasos sonaban demasiado fuertes sobre la gravilla. Cada crujido me hacía consciente de mi propio cuerpo, de lo fácil que sería desaparecer allí.
Entramos.
Dentro, el espacio era amplio y austero. Pocos muebles. Oscuros. Una mesa grande en el centro. Chimenea apagada. El eco leve de nuestras pisadas hacía que todo pareciera más grande… o más vacío.
Entonces Elías se detuvo.
Por primera vez desde que salimos del coche, se giró hacia sus hombres.
—Déjennos —dijo.
No levantó la voz. No hizo falta.
Los dos hombres dudaron apenas un segundo.
—Señor… —empezó uno.
Elías levantó la mano.
—No quiero testigos.
La frase cayó como un cierre.
El Seco me miró. No fue una mirada larga, pero sí distinta. Había algo en ella que no había visto antes: preocupación. Tal vez incluso culpa.
—Esperaremos fuera —dijo él, dirigiéndose a Elías—. Cerca.
Elías asintió.
Los vi salir uno a uno. Escuché la puerta cerrarse. El clic seco del pestillo resonó demasiado fuerte en el silencio.
Nos quedamos solos.