SIN DESTINO
Me sentaron en el asiento trasero.
Seco cerró la puerta con cuidado, como si ese gesto pudiera compensar lo demás. Delante, dos hombres. A los lados, ciudad. Cristales oscuros. Demasiado oscuros para orientarme, demasiado claros para sentirme a salvo.
Elías se sentó a mi derecha.
No me miró.
Eso fue lo peor.
El coche arrancó sin prisa. Sin brusquedad. Como si fuéramos a una cena cualquiera. Como si no me estuvieran sacando de mi vida sin decirme a dónde.
Intenté regular la respiración. No mostrar nada. Recordé su advertencia: no gesticules. Así que me quedé quieta. Espalda recta. Manos sobre los muslos. La mirada fija en ningún sitio.
Pasamos por calles que me resultaban vagamente conocidas… y luego dejaron de serlo.
Cada giro me alejaba más.
Cada semáforo que cruzábamos era una renuncia silenciosa a la idea de que aquello acabaría rápido.
El silencio dentro del coche era espeso. Nadie hablaba. Ni radio. Ni teléfonos. Solo el sonido constante del motor y, de vez en cuando, el roce leve de la tela de su chaqueta al moverse.
Sabía que estaba pensando. Elías siempre pensaba así: en silencio, desmontándolo todo por dentro.
Quise decir su nombre. No lo hice.
Salimos de la ciudad.
Pensé en mi familia otra vez. En lo lejos que estaban ahora. En lo poco que significaba la distancia cuando alguien tenía tanto poder.
Miré de reojo su perfil.
Mandíbula tensa. Mirada fija al frente. No había rabia en él. Había algo peor: control absoluto.
El Halcón.
Entonces habló, por primera vez desde que salimos.
—No intentes reconstruir el camino. No te servirá de nada.
No respondí.
El coche siguió avanzando, llevándome hacia un lugar que no conocía… y hacia una decisión que ya no estaba en mis manos.