La Intérprete EN EL BOLSILLO
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EN EL BOLSILLO

Madrid seguía brillando como si nada pudiera alcanzarla.

Esa mañana salí sola. El frío era limpio, cortante, pero el cielo estaba despejado y la ciudad respiraba una calma engañosa, envuelta en luces de Navidad y pasos apresurados. Caminé sin rumbo hasta entrar en una librería antigua, en la calle Maldonado. El timbre sonó bajo, casi tímido.

Dentro olía a papel detenido en el tiempo y a madera vieja. Las estanterías llegaban hasta el techo, cargadas de volúmenes que parecían haber vivido varias vidas. Una escalera estrecha descansaba contra la pared.

Pasé los dedos por los lomos sin leer los títulos. No buscaba nada concreto.

Hasta que lo vi.

Un libro pequeño, sobrio, casi oculto entre los demás.

Fotografías antiguas de Seúl. Blanco y negro. Calles mojadas. Puentes envueltos en niebla. Rostros anónimos detenidos en otro tiempo.

Lo abrí.

Y el aire cambió.

Una imagen me devolvió un recuerdo sin pedir permiso: el frío seco de aquella ciudad, la luz gris en el asfalto, una noche demasiado larga. Un beso que no debía haber ocurrido y que, sin embargo, ocurrió. El silencio después.

Cerré el libro despacio. No había texto explicativo. No lo necesitaba.

Lo sostuve un instante más, como si pesara más por dentro que por fuera.

—Este —dije al librero, casi en un susurro.

Salí con él en el bolsillo, guardándolo como si fuera algo frágil.

Por la tarde fui con mi madre y mi hermana a ver la cabalgata de Reyes.

Las calles estaban llenas de niños subidos a hombros, bufandas gruesas y risas que chocaban unas con otras. Sonaban tambores, música, silbatos.

Las carrozas avanzaban despacio, cubiertas de luces, lanzando caramelos al aire

—¡Mira, mira! —gritó mi hermana, señalando a Baltasar.

Mi madre reía como una niña, recogiendo caramelos del suelo.

—Esto antes no pasaba —dijo mi madre—. Antes había cuatro y gracias.

Aplaudí, me reí, dejé que el ruido me envolviera. Por un rato fui solo una hija, una hermana, una mujer entre luces y disfraces. Y olvidé quién era cuando estaba sola.

Esa noche, ya en casa, colocamos los zapatos debajo del árbol. Los de mi madre bien alineados. Los de mi hermana torcidos, como siempre. Los míos a un lado, discretos.

—¿Agua o vino? —preguntó mi hermana.

—Agua —respondió mi madre—. Que luego se emborrachan.

Dejamos tres copas pequeñas, galletas, un poco de turrón mordido. Cerramos el salón con cuidado, como si no quisiéramos despertar a los Reyes.

Me metí en la cama con una calma extraña.

Hasta que vibró el teléfono.

Un mensaje.

Elías:

No tengas prisa por volver. Aprovecha el tiempo.

No añadió nada más.

Yo:

Sabes que no sé estar quieta .

Elías:

Por eso te he pedido que lo intentes .

Me quedé mirando el techo. Pensé en el libro envuelto, guardado con cuidado. En los zapatos bajo el árbol. En Madrid, aún iluminada, ajena a todo.

Cerré los ojos.

Y fue entonces cuando lo entendí.

No era la espera. No era la distancia.

Era él.

Lo echaba de menos.

Y eso… era lo que de verdad me inquietaba.