LOS REYES MAGOS
La mañana de Reyes llegó.
Desperté antes de que sonara nada. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Luego vi el techo blanco, la luz fría filtrándose por la persiana, y recordé. Madrid. El mensaje. No vuelvas todavía.
Me levanté despacio. En el salón, mi madre y mi hermana hablaban en voz baja, conteniendo la ilusión como si fuera algo frágil.
—¿Han venido? —preguntó mi hermana cuando me vio aparecer.
Abrimos los regalos: tazas, bufandas, una novela envuelta con demasiado celo. Reímos. Hicimos café. Partimos el roscón. Me tocó el haba y fingí protestar, como siempre.
Pero yo estaba lejos.
Mi teléfono permanecía boca abajo sobre la mesa. No vibró. No sonó.
Y algo —que no quise nombrar— se hacía cada vez más presente.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó mi madre, mirándome con atención excesiva. —Sí —mentí—. Es trabajo.
La palabra quedó flotando. Incómoda. Trabajo. Como si explicara demasiado y nada a la vez.
Después de comer salí sola a caminar. Madrid estaba distinta ese día: más lenta, más vacía. Los restos de la cabalgata seguían en el suelo: caramelos aplastados, confeti húmedo, una corona de cartón olvidada en un banco.
Me senté en una terraza cerrada y pedí un café con leche. Lo removí sin beber.
Pensé en él.
Me quedé un rato con el teléfono en la mano. No había vuelto a escribir.
Tampoco hacía falta.
Había sido claro sin decirlo.
Me había dejado allí.
Con tiempo. Con distancia. A propósito.
Pagué el café y volví a casa con una decisión ya formada, aunque todavía no quisiera nombrarla.
Esa noche, mientras mi madre veía una película antigua y mi hermana hablaba por videollamada con unas amigas, me encerré en mi habitación. Saqué el libro de fotografías de Seúl del bolsillo de mi abrigo.
Me quedé sentada en la cama, con el teléfono entre las manos. Por primera vez desde que salí de México, sentí algo cercano al miedo. No por mí. Por lo que iba a traer conmigo.
Miré el libro una última vez y lo guardé en el fondo de la maleta, envuelto en ropa, como si así pudiera protegerlo.
Esa noche no soñé.
Y al amanecer, cuando Madrid aún dormía, escribí un solo mensaje.
A Elías.
Vuelvo mañana.
La respuesta tardó menos de un minuto.
¿Por qué tan pronto?
Cerré los ojos y respondí.
Yo:
Porque aquí me falta algo
La Navidad había terminado.
Y lo que venía después no entendía de fiestas.