EL ESPEJO
Esa noche, cuando el apartamento quedó en silencio, fui al baño. Cerré la puerta con cuidado, como si no quisiera hacer ruido ni conmigo misma.
Me apoyé en el lavabo.
Durante unos segundos no pensé en nada. Solo me miré. Como si buscara a alguien que había conocido antes.
Por un instante —solo uno— vi a la Sofía de antes.
La que creía que las cosas eran correctas o incorrectas. La que pensaba que el mundo se dividía en decisiones limpias y errores claros. La que no imaginaba que un día tendría que elegir entre dos males y llamar a eso sobrevivir.
Parpadeé.
Ya no estaba segura de en qué lado estaba.
No me sentía una mala persona. Pero tampoco podía decirme buena sin dudar.
Había cruzado líneas que antes me parecían impensables. Había callado cuando habría debido hablar. Y cada decisión, tomada por una razón concreta, se acumulaba dentro como una deuda moral sin recibo.
¿En qué momento había empezado todo a mezclarse?
Me pregunté si ayudar a Elías era proteger a alguien… o protegerme a mí misma.
Si colaborar con la DEA era hacer lo correcto… o simplemente obedecer al miedo.
Y en medio de todo eso, estaba él.
Elías.
Su forma de mirar el mundo como si ya hubiera aceptado lo que otros todavía discutían. Su calma peligrosa. La manera en que el poder parecía rodearlo sin necesidad de levantar la voz.
Pensé en mi madre, en mi hermana, riendo unas horas antes. En lo fácil que había sido olvidar, por un momento, quién era fuera de ese piso. En lo tentador que resultaba imaginar una vida sencilla, con decisiones pequeñas, con consecuencias previsibles.
Pero también supe que ya no podía volver ahí.
No porque no quisiera.
Sino porque ahora sabía demasiado.
Sabía cómo funcionaban los engranajes. Sabía cuánto costaba mirar hacia otro lado. Sabía que el poder no siempre gritaba; a veces susurraba… y te pedía que eligieras.
Y yo había elegido.
No una vez. Varias.
¿Era eso imperdonable?
¿O simplemente humano?
—No eres mala —susurré, casi sin voz.
Pero tampoco me concedí absolución.
Me prometí algo, mirándome fijamente, como si el espejo pudiera exigirme cuentas: que no haría daño por placer, que no traicionaría por comodidad, que, si iba a caer, no sería sin saber exactamente por qué.
Apagué la luz.
Cuando salí del baño, Madrid seguía ahí, brillante, ajena.
Y yo, con todas mis contradicciones, volví a ponerme el abrigo.
No como una villana. No como una heroína.
Como una mujer avanzando por un terreno donde nadie salía limpio…
pero algunos todavía intentaban salir enteros.