NAVIDAD
Las avenidas estaban encendidas como si alguien hubiera trazado constelaciones sobre Reforma.
Guirnaldas cruzando las calles, árboles iluminados en las glorietas, puestos improvisados vendiendo ponche y luces intermitentes que parpadeaban sin coordinación.
Desde arriba, todo se veía ordenado. Casi inocente.
Apoyé la frente en el cristal.
Pensé en Madrid.
En mi madre discutiendo con el horno. En mi hermana quejándose del frío. En el ruido de la Gran Vía en diciembre. En lo distinto que olía el aire allí.
—Te vas a empañar el maquillaje —dijo Elías a mi espalda.
No lo había oído acercarse.
—No llevo —respondí.
—Entonces estás perdiendo el tiempo preocupándote.
Se colocó a mi lado, sin invadir, mirando la ciudad como si fuera un tablero que ya conocía de memoria.
—Es Navidad —dije, sin mirarlo—. Allí ya deben de estar poniendo el árbol.
Hubo un silencio breve. De esos que no pesaban.
—Vete —dijo.
Giré la cabeza.
—¿Cómo?
—A Madrid. Unos días. Come lo que cocina tu madre. Discute con tu hermana. Finge que tu vida es simple.
Lo miré sorprendida.
—Tenemos trabajo.
—El trabajo va a seguir aquí cuando vuelvas.
—¿Y si pasa algo?
Una media sonrisa.
—Entonces confía en que sabré manejarlo.
Lo estudié. No parecía estar cediendo. Parecía estar decidiendo.
—No te conviene que me vaya —dije.
—Me conviene que no olvides quién eres cuando no estás aquí.
Eso me desarmó más que cualquier orden.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿No celebras?
Se encogió de hombros.
—Yo celebro cuando las cosas salen bien. El calendario no me impresiona.
Se apartó del ventanal y me observó.
—Ve —dijo, más bajo—. Antes de que cambie de opinión.
Me acerqué. Dudé un segundo.
—Gracias.
—No me lo agradezcas —respondió—. Solo vuelve.
Había algo distinto en la forma en que lo dijo. No era posesivo. No era exigente.
Era sincero.
Madrid en Navidad no se veía: se oía.
Bocinas impacientes, pasos apresurados, villancicos mezclados con conversaciones a gritos. La Gran Vía era una lengua de luz que no descansaba. Bombillas blancas colgaban entre edificios antiguos, como si alguien hubiera decidido cubrir las grietas con brillo.
Avanzaba con la maleta rodando detrás. El aire estaba cargado de olores: castañas asadas, azúcar quemado, café escapándose de bares con las puertas abiertas.
Pasé por escaparates iluminados como escenarios, con maniquíes perfectos, irreales.
En la Puerta del Sol, el gentío se movía como una marea espesa alrededor del kilómetro cero.
Por primera vez en semanas, nadie me observaba con atención. No importaba quién era. Solo adónde iba.
El edificio de mi madre estaba en una calle tranquila. Mejor que el anterior: más nuevo, más cómodo. Cuando toqué el timbre, escuché pasos apresurados y voces al otro lado.
—¡Ya voy! —¡Es ella, seguro!
La puerta se abrió y el abrazo fue inmediato. Cálido. Desordenado.
—Estás más delgada —dijo mi madre, separándose lo justo para mirarme—. ¿Comes bien?
—Mamá… —reí—. Como demasiado.
Mi hermana apareció desde la cocina, con el pelo recogido de cualquier manera y un delantal manchado.
—No la atosigues —dijo—. Mira qué cara trae. Cara de alguien que duerme poco y manda mucho.
—Eso es verdad —añadió mi madre—. Tienes cara de jefa.
Dejé la maleta en el pasillo. El apartamento olía a comida casera, a hogar. En la cocina burbujeaba una olla, la radio sonaba bajito con música antigua.
Comimos tarde. Como siempre. Croquetas, cocido, torrijas. Hablamos de todo y de nada. De los vecinos, de una prima lejana que se había casado sin avisar.
—Y tú —dijo de pronto mi hermana, señalándome con el tenedor—. ¿Qué? ¿Sigues sola?
Me atraganté un poco con el agua.
—¿Así, sin anestesia?
—Es Navidad —respondió mi madre—. Se pregunta.
—Trabajo mucho —contesté—. No tengo tiempo.
Mi hermana sonrió de lado.
—Eso no es una respuesta.
—Bueno —intervino mi madre—. Ese señor con el que trabajas… ¿cómo se llama?
Alcé la vista.
—¿Quién?
—Montoya —dijo, pronunciándolo despacio—. Siempre hablas de él.
—No hablo de él.
—Claro que sí —rió mi hermana—. “Montoya dice”, “Montoya piensa”, “Montoya no quiere”. Te gusta.
—No me gusta.
—Te gusta —insistió—. ¿Es guapo?
Negué con la cabeza, riéndome.
—No es eso.
—Eso es un sí —dijeron las dos a la vez.
—Es… complicado —admití—. Es mi jefe.
—Eso lo hace peor —comentó mi madre—. O mejor. Nunca se sabe.
Reímos. Bebimos más vino. La conversación se volvió ligera, absurda. Salimos a pasear al caer la tarde. Las calles estaban llenas de familias, niños con globos, parejas abrazadas contra el frío.
Entramos en San Ginés. Chocolate espeso, churros recién hechos. Compartimos platos pequeños, quemándonos los dedos.
—Antes te manchabas entera —se burló mi hermana.
—Antes no llevaba esta vida —respondí.
—¿Y te gusta tu vida? —preguntó mi madre, sin mirarme directamente.
Me quedé pensativa un segundo.
—Sí —dije—. Creo que sí.