EL ESTRECHO
La reunión fue en Ciudad de México. Un despacho de Elías, en un piso alto de un edificio sin nombre en Reforma. Desde los ventanales, la ciudad se extendía, gris y vibrante.
El despacho era discreto: madera oscura, líneas limpias, una mesa amplia con lo imprescindible. Un cuadro abstracto, licor en una bandeja lateral, luz cálida.
Todo en su sitio.
Era territorio de Elías.
En la reunión, fue él quien me presentó.
—Julien Santini.
Marsellés. Elegante sin esfuerzo. Traje claro impecable, camisa abierta lo justo, reloj discreto y lujoso. De esos hombres cuya presencia bastaba.
Socio de Elías desde hacía años. Se ocupaba de Europa cuando las cosas dejaban de ser locales.
Me sostuvo la mirada un segundo más de lo protocolario.
— Bonjour, mademoiselle … Así que tú eres Sofía —dijo en español, con acento francés—. Empiezo a entender por qué Elías viaja menos a Marsella últimamente.
Fue un intento limpio. Educado. Sin exceso.
—Entonces interpretas mal —respondí.
Elías soltó una risa baja, auténtica. El Chuso y el Mono también, al fondo de la mesa. Julien Santini aceptó el rechazo con una media sonrisa, sin perder la compostura.
La reunión no era social.
Sobre la mesa: mapas, rutas, proyecciones de flujo. Líneas rojas, puertos marcados, fechas anotadas a mano. Europa abierta como un tablero.
Pero la tensión no estaba en el mapa.
Estaba en los números.
Fue el Mono quien habló primero.
Empujó una carpeta hacia el centro de la mesa.
—Tenemos un problema.
Elías no levantó la vista.
—¿Cuál?
—Demasiado producto.
El silencio fue breve. Nadie se sorprendió.
El Mono abrió la carpeta y giró unas hojas.
—Tres cargamentos ya en tránsito. Dos más listos para salir. Y lo que está esperando en almacén.
Levantó la mirada.
—Si no abrimos otra puerta en Europa, vamos a empezar a llamar demasiado la atención.
Julien Santini observó los papeles con calma.
—Francia puede absorber una parte —dijo—. Italia también.
—Una parte —repitió el Mono—. No todo.
El Chuso intervino desde el otro lado de la mesa.
—Y si metemos demasiado volumen en los mismos puertos, alguien va a empezar a hacer preguntas.
Julien Santini asintió lentamente.
Giró el mapa hacia nosotros.
—Por eso España.
El dedo recorrió la costa.
Valencia. Algeciras. Barcelona.
—España no es solo entrada —continuó—. Es redistribución. Desde ahí podemos alimentar Francia, Italia, Bélgica, Alemania… sin levantar ruido.
El argumento era limpio.
Demasiado limpio.
Elías se reclinó en la silla.
—Ya sabes que España es complicada, Santini.
—No —respondió—. España es eficiente.
Una pausa.
—Lo complicado es entrar.
Todos sabíamos lo que significaba.
Santini apoyó los dedos sobre el estrecho de Gibraltar.
—Podemos abrir Francia e Italia sin ruido —dijo—. Pero la entrada a España tiene que estar blindada.
La mesa se quedó en silencio.
—Ya sabéis que la entrada a España… —añadió, mirándonos a todos— la garantiza quien la garantiza.
No dijo el nombre.
Todos lo sabíamos.
Marruecos.
Elías no movió un músculo.
—No negocio con ellos —dijo.
La frase fue una puerta cerrada.
Santini lo miró con calma.
—A mí tampoco me gustan —respondió—. Pero no tenemos otra opción.
El Mono cerró la carpeta.
—¿Y si lo hacemos por nuestra cuenta, sin depender de nadie? —dijo el Mono—. Halcón, tú tienes los contactos.
—No es una opción. Esas entradas no son nuestras. Hay códigos.
El Mono dejó escapar una breve risa, casi sin humor.
—Entonces, hermano… o abrimos esa puerta, o empezamos a quedarnos con mercancía que no vamos a poder mover.
—Eso no es posible —añadió el Chuso.
Elías seguía mirando el mapa.
El dedo de Santini descansaba justo sobre el estrecho.
—El paso no es libre —dijo el marsellés—. Y nadie cruza sin que ellos lo sepan.
Otra pausa.
La ciudad seguía moviéndose detrás del cristal.
—Además —continuó Santini—, hay rumores de que quieren conocerte.
Elías levantó la vista.
Silencio.
El Mono dejó escapar una risa corta.
—Claro que quieren.
Elías no sonrió.
—No voy a Marruecos a pedir permiso.
—No —respondió Santini—. Vas a Marruecos a cerrar una puerta… o a abrirla.
Elías se levantó despacio y caminó hacia el ventanal.
Nadie habló.
Después de unos segundos volvió a la mesa.
Miró el mapa.
El estrecho estaba marcado en rojo.
—¿Dónde? —preguntó al fin.
Santini no dudó.
—Marrakech.
Nadie discutió.
Porque todos sabíamos que la geografía no se negociaba.