SETENTA Y DOS HORAS
No estaba cifrada con el protocolo habitual. No llevaba aviso ni código. Solo la pantalla encendiéndose en mitad del salón, con la ciudad extendida tras el cristal, como una amenaza lejana.
La miré unos segundos antes de aceptar.
Coleman apareció primero. Luz fría. Fondo neutro. Rostro duro, sin esfuerzo por parecer humano a esa hora.
—Las cuarenta y ocho horas ya terminaron—dijo.
Ni saludo. Ni pausa.
Apoyé el vaso de agua en la encimera sin hacer ruido.
—Lo sé.
—Entonces ahórrame el teatro, Sofía. Quiero saber qué tienes.
No respondí enseguida. Dejé que el silencio respirara un segundo.
—No tengo un nombre cerrado —dije al fin—. Tengo estructura, patrones. Una mesa que se mueve antes de tiempo y otra que espera a ver quién se equivoca primero.
—No te pedí teoría.
—Y yo no trabajo con ocurrencias.
Sus ojos se endurecieron.
—Trabajas para nosotros.
La frase quedó flotando en el aire del ático. Seca. Limpia. Calculada para recordar el margen en el que me movía.
—Trabajo dentro —respondí—. Que no es lo mismo.
Durante un instante, ninguno habló. La ciudad seguía viva al otro lado del cristal, indiferente, luminosa, inmensa.
—Sofía. Escúchame.
—Estoy escuchando.
—Te dimos cuarenta y ocho horas —dijo—. Y seguimos sin nada. Recuerda por qué estás aquí y dónde podrías estar.
—Lo sé.
—Entonces compórtate como si lo supieras.
—Estoy haciéndolo.
Coleman soltó una exhalación breve, impaciente.
—No, no lo estás haciendo. Te estás acercando demasiado al objetivo y empiezas a confundirte.
Sentí algo tensarse por dentro, muy despacio.
—No me confundo.
—¿No? —preguntó—. Entonces dime una cosa útil. Una sola. Algo que podamos mover mañana.
Pensé en Elías. En las reuniones. En las frases medidas. En los silencios que ya no me parecían vacíos, sino puertas.
Pensé también en la invitación que acababa de llegar unos minutos antes: una reunión importante, dentro de unos días. Un socio marsellés.
—Mañana no —dije—. Pero pronto.
Coleman sonrió sin humor.
—Eso dijiste hace dos semanas.
—Porque hace dos semanas todavía me estaban observando.
—¿Y ahora?
Respiré hondo.
—Ahora me están escuchando.
El silencio que siguió fue distinto. Más atento. Más peligroso.
—Explícate.
—Ya no me prueban —dije—. Me consultan. Eso cambia el acceso, pero también el riesgo. Si pido demasiado pronto lo que queréis, no solo me quemo yo: cerráis la única entrada limpia que os queda
Coleman no pestañeó.
—O nos estás comprando tiempo porque ya no quieres darnos lo que necesitamos.
—Si no quisiera, no estaría aquí a esta hora —lo interrumpí.
—Podrías estar haciéndolo para proteger tu posición.
—No tienes ni idea de cómo es —respondí—. Estoy dentro. De verdad. Y desde ahí las cosas no se ven igual que desde una sala de control.
Coleman se inclinó hacia la cámara.
—A mí me da igual cómo se vean. Me importa cómo se cierran.
—Entonces dejad de pedirme un nombre. Esto no es una lista. Hay una estructura nueva. No entra por donde creíais. Si me obligáis a señalar a alguien ahora, vais a disparar en la dirección equivocada.
—Eso es una apuesta.
—No. Eso es análisis.
—Te estás pasando de lista otra vez.
Apoyé las manos en la encimera para que no se notara el temblor.
—Y vosotros estáis apretando demasiado pronto otra vez.
Nadie habló durante varios segundos.
Coleman volvió a mirarme con una calma peor que el enfado.
—Voy a decirte cómo queda esto. No vamos a sacarte ni a cubrirte más de lo imprescindible. Y no vamos a esperar indefinidamente a que decidas de qué lado estás.
—Eso ya lo había entendido.
—Entonces entiende esto también: tienes una última prórroga.
—Setenta y dos horas —dijo. No cuarenta y ocho. Setenta y dos. Porque todavía hay quien cree que sigues siendo útil.
No pregunté quién.
No necesitaba saberlo.
—Después de eso —continuó—, si no hay un nombre, una ruta o algo que podamos mover, tomaremos decisiones sin contar contigo.
La frase cayó con la limpieza de una sentencia.
—¿Está claro?
Sostuve su mirada.
—Sí.
Coleman asintió.
Luego, la pantalla se apagó y me devolvió mi propio reflejo en negro.
Me quedé inmóvil, con la mano apoyada en la encimera, escuchando el zumbido tenue del frigorífico y de mi propia respiración intentando volver a un ritmo que ya no reconocía.
Setenta y dos horas. No era tiempo real. Era tiempo prestado.
Miré el móvil sobre la isla de la cocina. Allí seguía la invitación a la reunión. Una mesa pequeña. Sin invitados de relleno.
Apoyé la espalda en la pared y dejé escapar el aire de golpe.
La DEA ya no me pedía solo resultados. Me exigía una definición.
Y Elías, sin saberlo, hacía exactamente lo mismo.
Cerré los ojos un instante.
Pensé en Coleman. En la voz fría con la que había dicho “última prórroga”. Pensé en Elías, en cómo me miraba ahora, en la forma en que el peligro a su alrededor ya no me resultaba ajeno, sino extrañamente legible.
Había mentido a la DEA.
No para proteger a Elías. Ni a la operación.
Lo había hecho para proteger mi posición. Para seguir dentro.
Y esa certeza fue peor que la amenaza.
Porque significaba que la línea ya no estaba delante de mí. La había cruzado hacía tiempo.
Y ahora, cada verdad que callaba me alejaba de un lado y me hundía en el otro.
Hasta que ya no supe —o no quise saber— de cuál de los dos sería más difícil salir.