BAJO OBSERVACIÓN
El Seco vino a verme aquella mañana a mi ático. Algo en el aire anticipaba su llegada.
—Imagino que sabe por qué estoy aquí —dijo.
—No —respondí.
El Seco inclinó la cabeza apenas. Un gesto de respeto, no de acuerdo.
—La observo desde hace tiempo.
Lo dejó caer como algo que ya pesaba antes de decirlo.
—Eso no es ilegal —respondí—. Incómodo, quizá.
—No hablo de miradas —continuó—. Hablo de patrones.
Algo en mí se tensó. No lo suficiente como para notarse. Eso esperaba.
—Entradas y salidas a deshora. Llamadas poco claras. Y disparos que dicen más de lo que deberían.
Sostuve su mirada, sin ceder. Por dentro, todo lo contrario.
No dije nada.
Caminó despacio por el ático, sin tocar nada. Sus ojos lo recorrieron todo: el ventanal, la altura, el orden excesivo.
—Usted escucha bien. Pregunta poco. Y cuando lo hace, parece que ya conoce la respuesta.
Crucé los brazos, despacio.
—Es mi trabajo.
—No —replicó él—. Su trabajo es traducir. Lo que usted hace es interpretar silencios.
Sostuve su mirada.
—¿Eso es un problema?
El Seco se detuvo. Se giró hacia mí.
—Depende de para quién.
Silencio.
—El señor Montoya confía en usted. Más de lo que confía en casi nadie.
Eso me dolió más de lo que esperaba.
—Entonces no entiendo esta conversación.
—Yo sí —respondió—. La lealtad se demuestra.
Se acercó un paso, sin invadir, calculando cada movimiento.
—Si usted es leal, no ocurre nada. Si no lo es… necesito saberlo antes de que mi patrón quede expuesto.
El aire se espesó.
—¿Me estás acusando de algo?
—No —dijo él—. La estoy protegiendo de una acusación futura.
Respiré hondo.
—¿Y si te equivocas?
El Seco me miró largo rato. Cuando habló, su voz fue más baja.
—Entonces me alegraré de haber dudado solo yo.
Di un paso hacia la ventana. Miré la ciudad desde arriba.
—Crees que Elías es capaz de todo —dije.
—Lo sé.
—Conmigo no —respondí sin girarme.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Abrió la puerta para irse. Antes de salir, se detuvo.
—Tenga cuidado —añadió—. Si es leal, este ático es un refugio. Si no… no habrá altura suficiente.
La puerta se cerró.
El Seco no me había enfrentado para destruirme. Me estaba midiendo.
Y eso significaba que si el Seco ya lo estaba viendo… tarde o temprano Elías también lo vería.