ROZANDO EL PELIGRO
El jet despegó de Incheon sin esfuerzo, como si el aire se apartara para dejarlo pasar.
Viajábamos solos.
Dos sillones enfrentados, cuero claro, una mesa baja entre ambos. Espacio suficiente para no tocarnos. No el suficiente para ignorarnos.
Elías eligió sentarse frente a mí. No al lado. No lejos. Frente.
Una decisión consciente.
Me concentré en el cinturón, en la copa de agua ya servida, en no llevarme la mano al cuello. El colgante descansaba sobre mi piel, tibio.
Sentí su mirada antes de levantar la vista.
No era descarada. Ni constante. Era peor: intermitente. Como si midiera cada gesto en cuanto bajaba la guardia.
—No vas a dormir —dijo.
No fue una pregunta.
—Tú tampoco —respondí.
Una sombra mínima cruzó su expresión. Aprobación. O reconocimiento.
El jet alcanzó altura de crucero. La luz de cabina se atenuó sin que nadie lo pidiera. Fuera, solo noche.
—Park quedó satisfecho —dijo al cabo de un rato—. Cerramos más de lo previsto.
—Confía poco. Cuando lo hace, es porque ya ha decidido.
Asintió.
—Contigo fue distinto.
No pregunté a qué se refería. Lo sabía.
—Eso es parte de mi trabajo.
Me sostuvo la mirada.
—No. Eso es otra cosa.
El silencio volvió a cerrarse. Denso. Intencional.
—En Seúl te expusiste —dijo Elías—. Más de lo necesario.
—Hice exactamente lo que necesitaba que vieran.
—Incluido a él.
—Incluido a ti —respondí, sin suavizarlo.
Sus dedos se cerraron un segundo sobre el vaso. No lo levantó.
—Esto no es personal, Sofía.
—Entonces no lo hagas sonar como si lo fuera.
Una pausa.
—Lo de anoche… —empezó.
No terminó la frase.
—No significa nada —dije por él.
Negó apenas.
—Sí significa algo.
Mi pulso se aceleró. No me moví.
—Entonces dilo.
Se inclinó hacia delante. No invadió mi espacio. Lo redujo.
—Significa que ahora sé exactamente cuánto tiempo llevo conteniéndome.
El aire se volvió denso.
—Eso es cosa tuya —respondí, aunque mi voz ya no era tan firme.
—Lo es —dijo—. Porque no vuelvo a perder el control.
—No lo perdiste.
Me miró con algo oscuro, contenido.
—Eso es lo que me preocupa.
Aterrizamos.
Se levantó despacio, ajustándose la chaqueta. El movimiento fue elegante, medido. Peligroso.
—Descansa —dijo—. En Ciudad de México no habrá margen.
Pasó junto a mí. Demasiado cerca. Su mano rozó el borde de mi sillón. No mi piel. El efecto fue el mismo.
Cuando se fue, sentí el hueco.
Pensé en el beso. No había sido una duda, sino una rendición breve. Más de lo que quería reconocer. Luego en lo que vendría. La DEA. Lo que Elías aún no sabía.
El peligro ya no estaría fuera.
Estaría entre nosotros.