La Intérprete SEÚL
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SEÚL

Era una ciudad construida en capas que no se tocaban. Arriba, cristal, acero, luces blancas sin sombras. Abajo, vapor, aceite caliente, soja fermentada, lluvia reciente atrapada en el asfalto. Todo se movía con una precisión elegante. Nadie parecía improvisar.

Gangnam era otra cosa. Rico de una forma silenciosa. Calles anchas, árboles alineados, edificios que no necesitaban anunciar lo que costaban.

Park Joon-seok nos recibió en la entrada de uno de sus hoteles. Un edificio de cristal pulido, casi una embajada. A su lado, su mujer, serena, impecable, con esa calma que no se aprendía, y dos hombres jóvenes. Ambos atentos. Ambos discretos.

Me presentó primero a mí.

Uno de los hombres, el más joven, me sonrió al estrecharme la mano. Tenía un gesto abierto, curioso, atractivo. Cuando entramos, fue él quien se colocó a mi lado.

—Soy Min-jae —dijo—. Si te pierdes, prometo no dejarte abandonada en el metro.

—Eso suena a amenaza —respondí.

Reímos.

—El metro aquí es más complicado que algunas negociaciones.

Durante el recorrido por el edificio me fue explicando detalles inútiles y, por eso mismo, agradables. Qué piso tenía mejores vistas, qué restaurante evitaban los viernes, qué cosas no debían preguntarse nunca a un socio coreano.

—¿Y cuáles sí? —pregunté.

—Las que demuestran que has observado —respondió—. Eso siempre cae bien.

Reímos otra vez.

Vi de reojo a Elías, unos pasos por delante. No miró. Pero sabía cuándo escuchaba demasiado.

La reunión fue precisa, limpia. Park hablaba poco. Cuando lo hacía, cada palabra estaba medida. Yo traducía, matizaba, contenía. Min-jae intervenía a veces, con comentarios técnicos… o con un humor ligero que destensaba la mesa.

—Entiende rápido —dijo, mirándome—. No es habitual.

—Tiene buen oído —respondió Park, sin levantar la vista—. Y criterio.

—Y paciencia —añadió Min-jae—. Mucha.

—Se aprende —dije.

—O se sobrevive —replicó él.

Las risas fueron breves. Reales.

Elías no dijo nada. Observaba.

Horas después, vino a mi suite para ultimar los detalles de la negociación de esa noche, mientras me preparaba para la cena.

Estaba apoyado en el marco de la puerta.

En silencio.

Mi vestido era sencillo. Negro. Corte limpio. Nada llamativo. Precisamente por eso, peligroso.

Me recogí el pelo despacio y, frente al espejo, tomé el colgante de la mesilla. El que me había regalado.

Noté su mirada cuando lo abroché.

—No sabía que lo conservaras —dijo.

—Nunca dije que no lo haría.

Él iba impecable. Traje oscuro. Elegante sin esfuerzo. De esos hombres que caminaban sin ruido y aun así ocupaban el espacio.

La cena fue en un restaurante tradicional, oculto tras una fachada de madera oscura. Dentro, tatamis, paneles de papel, luz baja.

Nuestra mesa, en una sala privada, separada por paneles correderos.

El aire olía a caldo caliente, pescado recién cortado y arroz al vapor.

Sirvieron hanwoo en su punto, sashimi dispuesto con precisión, pequeños platos que llegaban sin prisa. Soju.

Min-jae se sentó frente a mí.

—Si sobrevives a esto —dijo, señalando los platos—, sobrevivirás a cualquier negociación.

—No parece tan amenazante.

—Es la primera señal —respondió—. Aquí lo peligroso nunca parece serio.

Durante la cena habló conmigo más que con nadie. Comentarios rápidos, bromas suaves, observaciones inteligentes.

—¿Siempre estás tan tranquila?

—No —respondí—. Solo no me gusta que se note.

—Eso aquí se aprecia mucho.

Reí. Más de una vez. Park observaba, satisfecho. Su mujer sonreía con discreción. Elías bebía despacio, sin interrumpir.

El acuerdo cerró alto. Muy alto. Park parecía genuinamente complacido.

—Ha sido una buena decisión —dijo, mirándome—. Traerla.

Elías asintió.

—Lo sé.

Volvimos a media noche. El pasillo del hotel estaba casi vacío. La alfombra amortiguaba los pasos.

—Te lo has pasado bien —dijo Elías, sin mirarme.

—Sí.

Se detuvo.

—No me ha gustado cómo te miraba.

Me giré hacia él.

—¿Cómo?

—No me gusta que nadie crea que puede…

—¿Puede qué? —le interrumpí—. ¿Hablarme? ¿Hacerme reír?

—No te hagas la ingenua.

—No te hagas el dueño.

El silencio se tensó.

—No te pertenezco —dije—. Y no me gusta que lo olvides.

—No lo olvido —respondió—. Pero tampoco soy ciego.

Me irritó ese matiz celoso en su voz; me encendió una molestia que no quise disimular.

Entramos en el ascensor. Demasiado pequeño. Demasiado cercano. Las puertas se cerraron. Elías me miró.

—Estás espectacular con ese vestido —dijo, bajo—. Y no sabes cuánto me está costando mantener esto… donde debe estar.

—Eso es tu problema —respondí.

Nos miramos. Sus ojos. Mis labios. Los suyos. Un segundo de más.

Sentí el impulso subir sin aviso, una mezcla de enfado, tensión y algo mucho más difícil de contener.

Y entonces ocurrió. No pude detenerme. Di un paso hacia él.

El beso no fue lento. No fue cuidadoso. Fue directo. Contenido durante demasiado tiempo. Una colisión breve, intensa, cargada de todo lo que no nos habíamos permitido.

Nos separamos cuando el ascensor se detuvo.

Respirábamos distinto.

—Esto no cambia nada —dije.

—Lo sé.

Las puertas se abrieron.

Pero ambos sabíamos que no era verdad.

En Seúl, la ciudad donde todo parecía bajo control, acabábamos de cruzar una línea.

Y ninguno de los dos iba a fingir que no había pasado.