La Intérprete LA FUGA
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LA FUGA

Dan llamó pasada la medianoche. No insistió.

Una sola vibración sobre la mesa de la terraza. Yo estaba sentada a oscuras, mirando la ciudad.

—Tengo que decirte algo —dijo—. No por aquí.

No hizo falta que añadiera nada más.

—Dan… —bajé la voz por pura inercia—. No es buen momento. El ático está blindado desde la balacera. Si salgo ahora, se va a notar.

Hubo un silencio breve. Pensé que iba a insistir.

—No quiero que salgas —respondió.

Fruncí el ceño.

—Entonces no sé qué propones.

—Voy yo.

Me incorporé de golpe.

—Estás loco. Es imposible. El edificio está rodeado. Si vienes, se va a notar. Además… —me detuve— Elías está más atento que nunca. Creo que empieza a sospechar.

—Lo sé. Por eso no voy a entrar como Dan.

Me levanté y entré en el salón, cerrando la cristalera con cuidado.

—No juegues conmigo.

—Ve a la cocina.

—¿Qué?

—Confía en mí. Ve a la cocina.

Miré alrededor, como si alguien pudiera estar escuchando desde las paredes. Caminé descalza hasta la cocina.

—Ya estoy aquí.

—Abre el armario bajo el fregadero.

Lo hice.

—¿Ves la válvula secundaria? La pequeña, a la derecha.

—Sí.

—Gírala media vuelta. Luego tira con fuerza del latiguillo plateado.

—Dan, ¿qué narices…?

—Hazlo.

Obedecí.

El agua empezó a salir de inmediato. Primero un hilo, luego un chorro descontrolado que golpeó el interior del mueble y empezó a desbordarse hacia el suelo.

—¡Dan! —susurré, alterada—. ¡Me has hecho provocar una fuga!

—Perfecto —dijo, satisfecho—. Fontanero a su servicio. Estoy ahí en treinta minutos.

Me quedé mirando cómo el agua se extendía por el mármol.

—¿En serio?

—Tranquila. Corta la general ahora.

Colgué sin despedirme.

Veintiocho minutos después, el interfono sonó.

Desde la pantalla vi a un hombre con mono azul, gorra, botas de trabajo y una caja metálica. Cabeza agachada, postura cansada. Nada que llamara la atención.

—Avería en la cocina —dijo al guardia—. Aviso del seguro del edificio.

El protocolo se activó. Preguntas. Documentación. Revisión de la caja de herramientas. Nada metálico que no pareciera inocente. Nada que disparara alarmas.

Yo observaba desde el salón, con el corazón golpeándome las costillas.

Finalmente, lo dejaron pasar.

Cuando llamó a mi puerta, abrí sin hablar.

Entró y cerró detrás de sí.

Nos miramos por un segundo largo.

Era Dan. Pero no del todo.

Había algo distinto en su cara. Más cansancio. Más tensión contenida. Como si llevara semanas durmiendo mal.

—Bonito ático —dijo en voz baja—. Demasiada seguridad para mi gusto.

—Estás loco —repetí.

—Eso ya lo sabías.

Se agachó junto al fregadero y se puso a trabajar. Manos firmes. Gestos automáticos. Parecía lo que decía ser.

—Tenemos un problema —dijo sin mirarme—. Y no es pequeño.

Me apoyé en la encimera, cruzando los brazos.

—Dímelo rápido.

—El Halcón está más cerca de descubrirlo de lo que crees.

Sentí un frío seco subir por la espalda.

—¿Qué exactamente?

—A ti.

Levantó la vista entonces. Solo un segundo.

—Y a nosotros.

El agua dejó de salir. Cerró la válvula. Secó el suelo con una toalla que había traído.

—Por eso no podía decírtelo por teléfono —añadió—. Y por eso estoy aquí sin un arma encima. No quiero levantar sospechas.

—¿Qué ha pasado, Dan?

Se incorporó despacio.

—El Halcón tiene ojos en todas partes. Y la DEA quiere acelerar. Eso te deja en el centro del tablero.

Nos miramos. Muy cerca. Demasiado.

—Y tú —dije— me acabas de traer el peligro a casa.

Sonrió apenas. Sin humor.

—No. El peligro ya estaba aquí. Yo solo he venido a avisarte.

Desde el pasillo se oyeron pasos. Voces lejanas. Seguridad moviéndose.

Dan se colocó la gorra de nuevo.

—Tengo diez minutos —dijo—. Luego desaparezco.

Asentí.

—Tienes que dejarlo, Sofía.

Así. Sin rodeos. Sin suavizarlo.

—No —respondí casi al instante.

—Escúchame —insistió—. Todavía estás a tiempo. Yo puedo ayudarte. Buscarte un abogado. Reducir daños antes de que esto—

—No me voy a ir —le corté—. No ahora.

Exhaló con fuerza, pasando una mano por el pelo.

—Te va a descubrir.

—No lo hará.

—Lo hará —repitió—. Y cuando lo haga, no va a reaccionar como tú crees.

—Conmigo es diferente.

El silencio que siguió fue denso. Incómodo.

—Eso es lo que más miedo me da. Que de verdad lo creas.

Me crucé de brazos.

—No sabes cómo es conmigo.

—Sí lo sé —respondió—. Justamente por eso.

Abrió un compartimento oculto dentro de la caja.

Esperé herramientas. Llaves inglesas. Tubos.

Sacó un sobre grueso.

Lo dejó sobre la mesa.

—Mira.

—No —dije—. No quiero.

Lo abrió de golpe.

Las fotos cayeron como un golpe seco.

Varios cuerpos.

Uno reconocible incluso así.

—¿Te suena? —dijo—. Giovanni de Luca. Habló de más en el interrogatorio… y no llegó al traslado a Italia.

Tragué saliva.

—Y éste… —señaló otra foto—. Ejecutó la balacera en Jalisco.

Aparté la mirada. Sentí el estómago girarse.

—No —murmuré—. No puede ser.

—Todos órdenes del Halcón.

—Elías no… —empecé—. Él no hace eso.

Dan soltó una risa breve, amarga.

—No se ensucia las manos, Sofía. Nunca lo hace. Otros lo hacen por él.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque llevo años siguiéndole el rastro —respondió—. Porque el patrón se repite. Y los silencios también.

Me giré hacia él, furiosa.

—¿Y vosotros qué? —dije—. ¿Sois mejores? ¿Investigasteis quién me puso la droga en la maleta? No. Me inculpasteis. Me trajisteis aquí.

Se quedó quieto.

—Me metisteis vosotros, ¿te acuerdas? —seguí—. Entonces no tuve elección. Ahora sí. Y no me voy por miedo.

Dan miró alrededor del apartamento. El ático. La vista. Luego volvió a mirarme.

—Has cambiado.

—¿Qué?

—El cenote —dijo, despacio—. El agua cristalina. La forma en que lo mirabas todo entonces.

Negué con la cabeza.

—No sabes de qué hablas.

—Sí lo sé —respondió—. Ya no eres la misma.

Me quedé en silencio.

Las fotos seguían sobre la mesa, boca arriba.

La imagen del hombre elegante, limpio, contenido… empezó a romperse. No lo bastante como para irme. Pero sí como para dejar de engañarme.

Dan no hablaba desde el miedo. Hablaba desde la certeza.

Y supe que ese encuentro iba a cambiarlo todo.