MARRUECOS
Días después, el calor nos golpeó antes de que el avión se detuviera.
No era solo temperatura. Era territorio.
Marrakech se extendía más allá de la pista: muros ocres, palmeras inmóviles, polvo suspendido. El Mono murmuró algo. El Chuso no sacó la mano del bolsillo. Santini observaba.
El recibimiento fue rápido. Demasiado.
Dos todoterrenos negros. Un conductor que no preguntó.
Atravesamos la ciudad vieja sin detenernos: calles estrechas, motos, cuero húmedo, especias, hierro.
El riad se escondía tras una puerta de madera sin señales. Dentro, control absoluto: patio, fuente baja, mosaicos verdes, silencio.
Los marroquíes ya estaban allí.
Dos hombres. Hermanos.
El mayor, Karim. Calma densa. Mirada pesada. Vestía tradicional. Mandaba. Analizaba.
El menor, Nadir. Traje occidental, reloj dorado, sonrisa medida. El que hablaba.
No se levantaron al vernos.
Karim habló primero, en francés grave:
—Han llegado puntuales.
—Cuando el volumen lo exige —respondió Elías.
Karim asintió apenas. Miró al Mono. Al Chuso. A Santini.
A mí no.
El té apareció. Ritual. Esperaron a que bebiéramos.
—Vamos a ser claros —dijo Nadir—. Sabemos que traen una carga grande. Demasiado grande.
El Mono apoyó los nudillos en la mesa.
—Estamos hablando de cuatrocientos kilos iniciales. Con proyección a seiscientos si la ruta aguanta.
Nadir arqueó una ceja.
—Eso no cruza Europa sin ruido.
—Por eso estamos aquí —dijo Santini.
Karim miró a Elías.
—Marruecos abre las puertas que controla.
—Y también las que decide cerrar —replicó Elías.
Silencio.
—España es el punto —continuó el Chuso—. Desde ahí repartimos Portugal, Bélgica, Holanda. Rápido. Sin acumular.
Nadir sonrió.
—España no decide nada sin nosotros.
—Eso es lo que nos preocupa —dije.
No me miraron.
Continuaron hablando por encima de mí, como si no hubiera dicho nada.
—Los tiempos —siguió Karim— los marcamos nosotros.
—Las cantidades —añadió Nadir— también.
Apoyé los dedos en la mesa.
—Entonces no es una asociación. Es una cesión.
Nada.
Entonces Elías giró la cabeza hacia ellos.
—Ha hablado —dijo—. Escuchen.
Karim me miró por primera vez. No con desprecio. Con evaluación.
—En Marruecos —dijo— los negocios se tratan entre hombres.
—Entonces van a perder dinero —respondí—. Porque soy yo quien está cerrando sus márgenes ahora mismo.
Nadir soltó una risa breve.
—Cuatrocientos kilos no entran sin escalonar —dije—. Si lo concentran en España, saltan las alertas en veinticuatro horas. Necesitan tres entradas, no una. Y ustedes no tocan la mercancía. Solo la documentación.
El ambiente se cargó.
El Mono murmuró:
—Carajo…
El Chuso sonrió.
—Tiene razón.
Santini me observaba con atención nueva.
Karim se inclinó hacia delante.
—¿Y por qué habríamos de aceptar eso?
—Porque —intervino Elías— no confío en ustedes. Y, aun así, estoy aquí.
Nadir ladeó la cabeza.
—Eso no es muy halagador.
—Es honesto —respondió Elías—. Y es lo único que compramos.
Karim me sostuvo la mirada.
—Hable —dijo.
Ahora sí.
—Tres rutas —expliqué—. Dos pequeñas y una mediana. Ninguna directa. Ustedes facilitan papeles y tránsito hasta el sur de España. Nada más. No almacenan. No deciden tiempos.
—¿Y el pago? —preguntó Nadir.
—Por porcentaje —dijo Elías—. No por control.
Karim negó despacio.
—Eso nos deja expuestos.
—Eso nos deja vivos a todos —respondí.
El silencio duró más esta vez.
Karim miró a su hermano. Nadir dejó de sonreír.
—Son desconfiados —dijo.
—Sobrevivimos por eso —contestó Elías.
Finalmente, Karim asintió una sola vez.
—Dos días. Les daremos una propuesta cerrada.
—Y si no encaja —añadí—, nos vamos.
Nadir me miró con frialdad.
—Marrakech no suele dejar ir, así como así.
Elías se levantó.
—Entonces no nos habrían citado.
La reunión terminó sin apretones innecesarios.
Cuando salimos al patio, el calor seguía ahí. Pegajoso. Vigilante.
—No me gustan —dijo el Chuso.
—A mí tampoco —añadió el Mono—. Eso suele ser mala señal.
Santini caminaba en silencio.
Elías se acercó a mí lo justo.
—Bien hecho.
—Nos van a probar —respondí.
—Que lo intenten.
Desde el umbral, vi a Nadir observándonos. Ya no sonreía.
Marrakech aún no había decidido. Pero ya había tomado nota.