La institutriz y la bestia de Ben Torr (Las bestias de las Highlands nº 1) Capítulo 3 Un anillo de espinas y plata
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Capítulo 3 Un anillo de espinas y plata

La pluma apareció un martes.

Charlotte la encontró aplastada entre las páginas de su libro, marcando exactamente el punto donde había dejado de leer la noche anterior: una pluma de cuervo, larga y negra y lustrosa, colocada con evidente cuidado.

La estudió. Estudió la habitación. Luego se levantó, se metió la pluma detrás de la oreja por pura travesura y salió a buscar a la Bestia, porque era una mujer de acción y la acción que había elegido para aquella mañana consistía en incomodarlo tanto como fuera humanamente posible.

Lo encontró en la cocina.

Tenía harina hasta los codos. Estaba hundido más allá de las muñecas en un gran cuenco de barro lleno de masa, amasándola con una concentración honda y ceñuda que ella no le había visto dedicar jamás a ningún ser humano vivo, y en cuanto registró su presencia en el umbral se quedó paralizado exactamente igual que un ciervo que oye un cuerno en el viento: todos los músculos trabados, todas las rutas de huida calculadas en silencio.

—Usted hizo las tortas de avena —dijo Charlotte.

—No sé de qué me habla.

—Usted —dijo ella, avanzando hacia el interior de la cocina paso a paso, lento y saboreado— es la Bestia de Ben Torr, azote de las Tierras Altas, terror de rastreadores, la criatura que invocan las madres para meter a los niños en la cama. Y es usted panadero.

—Lo negaré —dijo él, amasando más fuerte.

—Tiene harina en la nariz.

—También lo negaré. Negaré la nariz, si hace falta.

Ella no insistió. Había aprendido que a la Bestia, exactamente igual que a la cabra y exactamente igual que a la niña, solo se le podía abordar de lado, de soslayo, nunca de frente.

Pero archivó el momento en la colección creciente que iba haciendo de él —aquel hombre enorme, lleno de cicatrices, aterrador, con las mangas subidas hasta el codo y su cuenco de masa y sus orejas rojas, muy rojas— y llevó consigo el calor de aquello el resto del día como un ascua ahuecada entre las manos contra el frío.

Aquella tarde cometió el error táctico de entrar en su despacho sin invitación.

Solo pretendía devolver a su estante un libro prestado.

Pero el gran escritorio era un campo de batalla de cartas a medio escribir —captó el mismo nombre una y otra vez, Brochan, Brochan Cameron, tachado y comenzado de nuevo y abandonado a media frase— y allí, medio oculto bajo una hoja de papel, había un pequeño zorro de madera.

Tallado a mano. Sin terminar. Una oreja todavía en basto, la cola apenas empezando a emerger de la veta bajo el cuchillo de su autor.

Otro regalo, comprendió al instante y por completo.

Otro regalito, sorprendido y congelado en pleno acto de ser hecho.

La puerta del despacho se abrió a su espalda.

Ella se preparó para la furia. Se había ganado la furia; estaba plantada en mitad de los secretos de aquel hombre con un zorro a medio hacer prácticamente en la mano.

Pero la Bestia se limitó a quedarse en el umbral mirándola mirar todas las cosas que él había escondido, y algo en su interior pareció, muy calladamente, ceder y plegarse.

—Ya no soy capaz de leer mis propios pensamientos —dijo, y su voz se había vuelto extraña y baja—.

Me siento a este escritorio a escribirle a Brochan y las palabras no vienen.

No vienen, no como es debido, desde hace tres años.

Empiezo, y paro, y vuelvo a empezar, y todo se me convierte en ceniza en la mano.

—Cerró el puño a un costado, y lo abrió, y lo cerró—.

Antes era un hombre capaz de decir una cosa.

Charlotte dejó el libro que llevaba.

—Pues dicte —dijo sencillamente—. Yo la escribiré por usted. Tengo buena letra, buen oído y absolutamente ninguna vergüenza, lo cual, ya verá, es lo más raro y lo más útil de los tres.

Así que él recorrió el despacho a zancadas con las manos anudadas a la espalda, y Charlotte se sentó a su escritorio y mojó su pluma, y él dictó una carta a un hombre llamado Brochan Cameron: sobre el precio del ganado, sobre los hombres del rey husmeando por los valles, sobre grano e invierno y cien preocupaciones ordinarias y machaconas.

Y luego, al final del todo, con una voz que se volvió de pronto áspera y desguarnecida y baja, añadió una posdata.

—Huele a brezo y a desastre —dijo—, y no sé si estoy maldito o salvado.

La pluma de Charlotte se detuvo sobre el papel.

Se lo leyó de vuelta con su voz más plana y profesional, la voz de una institutriz recitando una suma.

—«Huele a brezo y a desastre, y no sé si estoy maldito o salvado». ¿Lo dejo?

—Quémela —dijo él, sin mirarla, con las orejas escarlata.

—En absoluto. Lo dejo, y voy a subrayar la palabra desastre, porque es la única palabra exacta de toda la carta. Soy, de hecho, un desastre. Escríbalo. Informe a Brochan. Que sepa el hombre exactamente a qué se enfrenta antes de venir de visita.

Un sonido se le escapó entonces a la Bestia: breve, oxidado y atónito, el sonido de una bisagra que lleva años sin girar y a la que se fuerza. En un hombre más amable, en un hombre con práctica, podría haber sido una risa.

Fue tres días después cuando Eilidh habló.

Estaban en el gran salón, la niña intentando con sombría determinación enseñarle a la cabra a traer una pelota de madera y la cabra negándose por lo que parecían principios profundamente arraigados, cuando a Charlotte se le escapó un pase y la pelota rodó hasta detenerse contra el pie descalzo de la niña.

Eilidh se agachó y la recogió. La miró. Miró a Charlotte.

Y entonces dijo, clara y aguda y perfectamente nítida en el silencio del salón:

—Charlotte.

La primera palabra que la niña pronunciaba en voz alta en meses.

Calum había entrado sin que lo vieran y se había quedado helado junto a la puerta.

Charlotte vio su rostro devastado hacer tres cosas en el espacio de un solo aliento: incredulidad, luego un dolor tan en carne viva que resultaba doloroso presenciarlo, luego un hambre tan desnuda y tan vasta que la asustó por su tamaño.

Se dio la vuelta y salió del salón sin una palabra, con los grandes hombros rígidos.

Aquella noche, sobre su almohada, Charlotte encontró un puñado de brezo fresco, el morado todavía vivo y los tallos verdes aún húmedos de la ladera. Se lo apretó contra la cara y lo respiró, y no entendió del todo por qué le escocían los ojos, ni por qué se quedó despierta tanto rato sosteniéndolo.

Los celos, cuando llegaron, la sorprendieron a ella más de lo que hubieran podido sorprender a nadie.

Subió del pueblo una mujer con una cesta de tortas para el laird: una mujer atractiva, de mirada sabida, que se remilgaba y se alisaba las faldas en la puerta de la cocina y descubría un gran número de razones para inclinarse hacia Calum mientras hablaba.

Charlotte contempló la función entera desde el recodo de la escalera con una expresión de dulzura perfecta y congelada.

Luego bajó, ligera como nata vertida de una jarra.

—Qué amable por su parte —le dijo a la mujer—. Pero me temo que al laird no le gustan las tortas. —Dejó abrirse una pausa pequeña y precisa—. Prefiere las de avena. Las suyas.

Calum, que en ese instante había dado un trago de té, se atragantó.

La mujer del pueblo recogió su cesta y su dignidad y se marchó. Charlotte volvió a la escalera sintiéndose oscura y ferozmente triunfal y completamente desconcertada consigo misma, y aún no había llegado arriba cuando la noche se abrió en canal bajo sus pies.

Un grito subió desde debajo del acantilado.

Luego un segundo. Abajo, en el pueblo, había luces moviéndose de todas las maneras equivocadas: demasiado deprisa, dispersándose en direcciones equivocadas, con el parpadeo naranja y hambriento de antorchas en los puños de hombres que habían venido a hacer daño.

Los rastreadores habían encontrado el pueblo.

Calum ya estaba en movimiento, ya era un arma, ya había salido por la gran puerta a la oscuridad.

Y Charlotte se quedó paralizada en lo alto de la escalera con brezo en el pelo y un anillo de compromiso falso de pronto muy pesado en la mano, y comprendió, plena y definitivamente, que la guerra de la que había huido trescientas millas la había seguido, sencilla y pacientemente, hasta el fin del mundo.