BLOQUE 2
Llorca empezó a hablar con mayor claridad cuando comprendió que Elena ya conocía buena parte de sus movimientos posteriores.
Admitió que había tomado la carpeta.
Reconoció haber revisado en Valladolid el índice de Pablo y haber visto allí la referencia a una copia todavía no localizada.
También confirmó la llamada realizada después a un número de Burgos.
Pero se negó a identificar al interlocutor.
La resistencia aparecía precisamente en ese punto.
Elena no interpretó su silencio como una confesión sobre otra persona.
Tenía suficiente información para continuar por los hechos.
Después de revisar la carpeta, Llorca procesó un archivo llamado CONTACTOS.
Más tarde llamó a Burgos.
Y luego regresó a la vivienda de Pablo.
Cuando Elena preguntó si ya conocía la existencia de las cajas guardadas allí, Llorca terminó admitiendo que la carpeta contenía notas sobre ellas.
La caja cuatro aparecía mencionada.
Eso explicaba la entrada posterior.
Llorca se llevó aquella caja y también el portátil.
El teléfono de Pablo estaba con él desde la carretera.
Según su declaración, lo tomó porque contenía fotografías y contactos útiles para seguir la investigación.
La caja no guardaba la determinación ni la copia que buscaban.
Había reproducciones de inventarios, fotografías y correspondencia.
El portátil sí contenía más material y había sido borrado parcialmente después.
Los técnicos intentaban recuperar lo posible.
Elena preguntó entonces dónde estaba la carpeta gris.
No se encontraba en el domicilio de Llorca.
Tampoco en sus oficinas ni en los vehículos inspeccionados.
Él negó haberla destruido o vendido.
Pero no quiso decir qué había hecho con ella.
La policía consiguió localizar el momento en que probablemente volvió a cambiar de manos.
Una cámara de hotel mostraba a Llorca llegando al aparcamiento al amanecer con una bolsa rectangular.
Otro vehículo se detuvo allí durante pocos minutos.
Cuando Llorca se marchó, ya no llevaba la bolsa.
El automóvil pertenecía a una sociedad utilizada por un gestor que prestaba servicios a varias colecciones privadas, entre ellas la Velasco.
Eso establecía un vínculo.
No identificaba todavía al receptor.
El número de Burgos con el que Llorca había hablado se encontraba en la misma zona del hotel.
Era razonable investigar si la llamada y la entrega formaban parte de la misma secuencia.
La caja cuatro, en cambio, apareció en un trastero alquilado por Llorca.
Su contenido estaba incompleto.
Había fotografías, copias documentales y correspondencia de Pablo.
También varias fundas vacías con etiquetas:
“Ruta copia.”
“Origen foto 1912.”
“Revisión completa.”
Alguien había seleccionado materiales.
No todo había salido de allí.
El portátil de Pablo también apareció en el trastero.
Funcionaba.
Parte de su contenido había sido eliminada, pero todavía podía ser recuperable.
La investigación de Pablo no estaba perdida.
Al menos no por completo.
Entonces Elena preguntó a Llorca por qué seguía buscando aquella documentación después de dejar atrás los primeros encargos profesionales.
Su respuesta aclaró el motivo propio.
Pensaba que quien encontrara la copia podría negociar con distintos interesados.
Ya no investigaba solamente para completar un trabajo ajeno.
Había comprendido que llegar primero al documento podía darle una ventaja.
La pieza podía interesar a colecciones, instituciones, familias o intermediarios por razones diferentes.
No solo tenía un valor histórico.
También otorgaba información y capacidad de negociación.
Pablo había comprendido eso.
Por eso había escrito:
“No entregar ubicación hasta saber quién busca por encargo y quién busca para sí.”
Llorca había empezado dentro de una investigación legítima.
Con el tiempo, desarrolló un interés propio.
Eso explicaba por qué Pablo era, simultáneamente, una fuente y un competidor.
Y también por qué otra mano detrás del crimen no tenía que significar necesariamente un autor intelectual que hubiera ordenado matar.
Había más personas dentro de la búsqueda.
Personas que habían encargado trabajos.
Otras que compartieron información.
Un intermediario que terminó actuando por cuenta propia.
Y alguien que, después de la muerte, había recibido documentación que Llorca ya no quería conservar.
La responsabilidad material por la muerte podía concentrarse en él.
La circulación posterior del material no.