La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) CAPÍTULO 31 Otra mano detrás del crimen
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CAPÍTULO 31 Otra mano detrás del crimen

BLOQUE 1

Esteban Llorca dejó de negar que había estado en Burgos a las nueve y diecisiete de la mañana.

No fue una sola fotografía lo que lo hizo cambiar de posición.

Tampoco el teléfono secundario.

Elena Salcedo colocó frente a él cuatro imágenes impresas en orden cronológico.

La cafetería.

La estación de servicio.

El aparcamiento de Valladolid.

La calle frente a la vivienda de Pablo Mena.

Llorca las observó durante varios segundos.

Su abogado permaneció inmóvil a su lado.

Elena no necesitó presionarlo.

—Ese es usted —dijo señalando la primera imagen.

Llorca levantó la vista.

—Estuve en Burgos.

—Ya lo sé.

Admitió que había mentido porque sabía cómo parecería su presencia una vez relacionada con la muerte de Pablo.

Horas después, cuando Elena reconstruyó el interrogatorio ante Clara, Adrián y Santiago, dejó claro que aquella admisión no era el centro de la prueba.

La evidencia ya situaba a Llorca en demasiados puntos de la secuencia.

Se había reunido con Pablo en la cafetería.

Un teléfono asociado con él estaba en Burgos cuando afirmaba encontrarse en Valladolid.

El segundo vehículo pertenecía al entorno de su empresa y las cámaras lo relacionaban con ese coche.

La carpeta gris apareció después en el asiento trasero.

Más tarde había utilizado una oficina de Valladolid mediante una tarjeta temporal asociada con una identidad ajena y, finalmente, otro automóvil vinculado con su empresa apareció frente a la vivienda de Pablo.

La policía había encontrado además fibras dentro de uno de los vehículos compatibles con la banda elástica oscura de la carpeta.

Ningún indicio resolvía el caso por sí solo.

Juntos formaban otra cosa.

Elena colocó ante Llorca una imagen de la carpeta.

—Pablo no se la entregó.

Llorca tensó la mandíbula.

—Me la mostró.

—Eso no explica cómo terminó en su coche.

El abogado intervino, pero Elena continuó por otro camino.

Quería saber de qué habían hablado.

Llorca terminó admitiéndolo.

De documentación.

Y, más concretamente, de una copia que llevaba años buscando sin saber con certeza qué documento reproducía.

Elena puso sobre la mesa su antigua solicitud de Valladolid:

“Escrituras relativas a descendencia y transmisión de derechos de Fernando de Valderrama.”

Después añadió la reproducción de la instrucción:

“El asiento nuevo se hará de modo que la memoria antigua no quede manifiesta.”

Llorca reconoció ambas.

Sabía mucho antes que Pablo algunas partes del problema.

Pero Pablo había llegado más lejos.

—¿En qué? —preguntó Elena.

—En relacionar los fondos.

Había unido la documentación de la rama de Fernando con la del patronato.

Había relacionado además esas tradiciones con las piezas dispersas en colecciones privadas.

Ahí estaba la verdadera diferencia.

Pablo dejó de ser relevante cuando su investigación ya no consistió en una anomalía epigráfica.

Había empezado a reconstruir el sistema documental completo.

Llorca admitió que por eso quiso reunirse con él.

Él necesitaba saber qué había encontrado.

Pablo quería conocer quién llevaba años financiando las búsquedas anteriores y hasta qué punto Llorca continuaba actuando por encargo.

La hipótesis sobre una copia no había nacido con ninguno de los dos.

Llorca la había conocido durante trabajos profesionales realizados para el entorno que intentaba reconstruir el antiguo fondo.

En una primera etapa, Julián Velasco ni siquiera había sido necesariamente su interlocutor directo.

Más adelante sí habían hablado.

También había recibido pagos por trabajos documentales relacionados, entre otros asuntos, con aquella colección.

Elena evitó confundir eso con una orden criminal.

Lo que necesitaba saber era qué ocurrió la noche en que murió Pablo.

Llorca bajó la mirada.

—Yo no fui allí para matarlo.

Elena no reaccionó.

La frase contenía ya una admisión más importante.

Había ido.

Pablo volvió a contactar con él después de la reunión de la cafetería.

Una llamada registrada poco antes de que ambos abandonaran Burgos confirmaba ese segundo contacto.

Según Llorca, Pablo dijo que había encontrado algo nuevo y no quiso explicarlo por teléfono.

Quedaron cerca de una salida.

Después terminaron en la carretera secundaria.

Llorca sostuvo que fue Pablo quien prefirió alejarse de lugares concurridos.

La policía todavía debía comprobar esa parte.

Lo que sí estaba acreditado era que se encontraron nuevamente.

Pablo creía haber localizado una referencia ausente de los fondos oficiales que podía conducir a la copia que ambos buscaban.

La carpeta contenía material suficiente para seguir aquella ruta.

Pero Pablo no pretendía entregársela.

Quería que Llorca explicara quién financiaba sus búsquedas y si continuaba utilizando por cuenta propia información obtenida durante encargos anteriores.

La conversación se convirtió en discusión.

Después hubo un forcejeo.

Y allí terminó la zona de incertidumbre sobre la autoría material.

Llorca admitió haber golpeado o empujado a Pablo mientras intentaba quedarse con la carpeta y Pablo trataba de recuperarla.

Pablo cayó contra una superficie dura próxima al borde de la vía.

La lesión resultante era compatible con la causa de muerte establecida por la autopsia.

—Entonces él produjo la lesión mortal —dijo Clara cuando Elena terminó de explicarlo.

—La evidencia y su declaración permiten sostenerlo.

No había indicios de un arma utilizada para causar la lesión.

La confrontación podía haber escalado sin que Llorca hubiera acudido con intención homicida.

Pero lo ocurrido después eliminaba cualquier posibilidad de reducir su conducta a un accidente seguido de pánico.

No llamó a emergencias.

Se llevó la carpeta.

Tomó el teléfono de Pablo.

Más tarde revisó la documentación, cambió de vehículo y volvió a la vivienda para continuar buscando.

La muerte podía no haber formado parte del plan inicial.

Aprovecharla sí formó parte de lo que hizo después.

El responsable material estaba identificado.

El caso, sin embargo, no terminaba allí.