La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) BLOQUE 2
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Elena había preparado una cronología en una pizarra.

22:18 — El coche de Pablo entra en la carretera secundaria.

23:07 aprox. — Intervalo probable de la muerte.

00:02 — El segundo vehículo abandona la zona.

02:43 — Un dispositivo se conecta al wifi de la vivienda de Pablo.

Clara observó las horas.

El segundo vehículo podía haber regresado a Burgos antes de las dos cuarenta y tres.

Eso no demostraba que hubiera llegado hasta la vivienda.

Solo que su recorrido era compatible.

Tampoco podían atribuir la conexión al conductor.

Los identificadores técnicos permitían comparar el dispositivo si aparecía algún día, pero no revelar por sí solos la identidad de su propietario.

Respecto de los objetos ausentes, la situación tampoco era uniforme.

El portátil podía haber salido durante aquella entrada.

La caja cuatro también.

La carpeta gris seguía siendo más difícil de situar porque ignoraban si Pablo había regresado con ella después de la reunión en la cafetería.

Adrián recordó una regla que habían repetido desde el principio.

No podían asumir que todo hubiera desaparecido al mismo tiempo.

Elena estuvo de acuerdo.

El teléfono y el portátil contenían información digital.

La caja y la carpeta podían guardar material físico.

No faltaban dinero, joyas ni equipos fotográficos.

Eso permitía descartar como hipótesis principal un robo orientado a bienes de valor corriente.

El registro parecía dirigido a información.

La cuestión era cuál.

Fernando, por sí solo, resultaba insuficiente como motivo contemporáneo.

La procedencia documental era otra cosa.

Pablo sabía qué piezas faltaban y qué colecciones había consultado. Conocía signaturas, fotografías, versiones contradictorias y contactos acumulados durante años.

Su investigación podía ahorrar a otra persona una búsqueda larguísima.

Podía contener el mapa.

Aquello explicaba por qué quien entró quizá no necesitara conocer la pieza exacta que buscaba.

Bastaba con retirar todo lo que pareciera relacionado con la investigación.

El problema era que Pablo había distribuido su material.

Parte seguía en el depósito.

Eso sugería que quien registró la vivienda no conocía por completo dónde estaba todo.

Elena mostró entonces una huella parcial hallada en uno de los cajones abiertos durante la intervención tardía.

No pertenecía a Pablo ni a Laura.

Tampoco coincidía con Marcos.

La comparación con Raúl no era suficiente para atribuírsela.

La huella probaba algo más limitado y, precisamente por eso, valioso.

Otra persona había tocado aquel cajón.

La confirmación definitiva de la entrada llegó desde una cámara que nadie había considerado útil al principio.

Pertenecía a un comercio cerrado situado al otro lado de la calle.

El objetivo apuntaba al escaparate.

El vidrio, sin embargo, reflejaba parte del portal del edificio de Pablo.

La imagen era mala.

No permitía distinguir rostros.

Sí movimientos.

A las 02:36, un vehículo oscuro se detenía a cierta distancia.

Tres minutos después, una figura cruzaba hacia el portal.

A las 03:23 volvía a salir.

El intervalo coincidía casi exactamente con la conexión del dispositivo a la red doméstica.

El coche no era el mismo que había pasado por la carretera secundaria.

Eso permitía dos explicaciones inmediatas sin decidir entre ellas.

La misma persona podía haber utilizado otro vehículo.

O podía tratarse de alguien distinto.

Al ampliar la salida, se distinguía una forma rectangular en manos de la figura.

Las dimensiones eran compatibles con un objeto del tamaño de la caja cuatro.

También podía contener otros materiales.

No podían saberlo.

Pero la conclusión principal ya no dependía de interpretaciones sobre polvo o huecos de estanterías.

Alguien había entrado en la vivienda después de la muerte de Pablo.

Había permanecido allí durante un intervalo compatible con el registro del despacho.

Y salió transportando algo que no llevaba al entrar.