La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) CAPÍTULO 24 Quién entró después del asesinato
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CAPÍTULO 24 Quién entró después del asesinato

BLOQUE 1

Elena Salcedo llegó al despacho de Pablo Mena antes de las ocho de la mañana.

Esta vez no llamó a Clara ni a Adrián.

No necesitaba historiadores.

Necesitaba una habitación conservada lo mejor posible, una estantería y varios cajones capaces de responder una pregunta muy concreta: qué había ocurrido allí antes de la muerte de Pablo y qué había sucedido después.

Las zonas de interés seguían precintadas. Laura había entregado las llaves y, desde la primera inspección, los accesos estaban controlados.

Elena se colocó los guantes y observó el despacho desde la entrada.

Desde el principio, el desorden le había parecido demasiado selectivo para un robo común. Nadie había vaciado estanterías ni arrojado indiscriminadamente el contenido de los cajones.

Alguien había revisado lugares concretos.

Había retirado determinadas cosas.

Después dejó buena parte del resto en un orden aproximado.

Uno de los técnicos se acercó.

—Tenemos una secuencia bastante sólida.

Elena esperó.

La superficie del escritorio había sido limpiada por Pablo pocos días antes. Lo sabían por una fotografía doméstica aportada por Laura y por restos del producto utilizado. Después de aquella limpieza, el polvo había vuelto a depositarse.

En uno de los cajones laterales, el desplazamiento de una franja muy fina permitía establecer una apertura posterior al último uso normal conocido de la habitación.

La marca no bastaba para fijar una hora.

Tampoco permitía afirmar por sí sola que el cajón hubiese sido abierto después de la muerte.

Elena agradeció precisamente esa limitación.

No quería una prueba deformada para confirmar una hipótesis.

Quería saber hasta dónde llegaban los hechos.

La estantería ofrecía algo más preciso.

El hueco de la caja cuatro conservaba una marca reciente.

Laura había aportado además un fotograma procedente de una videollamada realizada dos días antes de la muerte.

Pablo aparecía en su despacho.

La caja cuatro seguía en la balda.

Encima descansaba la carpeta gris.

Aquella imagen había sido tomada la mañana anterior a la reunión de la cafetería.

Después Pablo salió con una carpeta visualmente compatible.

No existía una fotografía posterior que demostrara si regresó con ella.

La caja, en cambio, permanecía en la vivienda en un momento muy próximo a su muerte.

El técnico pasó entonces a la red doméstica.

El teléfono de Pablo se conectaba automáticamente al wifi.

La última conexión normal del dispositivo había quedado registrada a las 20:07 del día de su muerte.

Después Pablo salió.

Nada extraño.

La anomalía apareció varias horas más tarde.

—Hubo otra conexión —dijo el técnico.

Elena levantó la vista.

—¿Hora?

—02:43.

Según la estimación forense, para entonces Pablo ya había muerto.

El dispositivo no pertenecía a Laura ni coincidía con los aparatos policiales registrados.

Tampoco correspondía a Marcos.

Había otra particularidad.

Ese mismo dispositivo ya había estado conectado a la red siete meses antes, aunque durante menos de cinco minutos.

La segunda conexión duró treinta y siete.

Elena miró el despacho.

Treinta y siete minutos bastaban para revisar una habitación con cierto método.

La red requería contraseña.

Por tanto, el teléfono la conocía o la conservaba desde la conexión anterior.

Todavía no sabían a quién pertenecía.

La puerta tampoco aportaba una explicación inmediata.

No había daños visibles ni señales claras de manipulación.

Eso abría varias posibilidades: alguien podía disponer de una llave o de una copia, o haber utilizado un método que no dejara marcas evidentes.

Lo importante era otra cosa.

La casa había recibido una presencia ajena cuando Pablo ya no podía volver.

La secuencia anterior empezaba a reorganizarse.

Hasta entonces podían imaginar que el despacho hubiese sido registrado antes del homicidio o que algunas ausencias no estuvieran relacionadas.

La conexión nocturna y los indicios materiales daban más peso a otro escenario.

Alguien había regresado después.

Elena todavía no podía atribuir a esa entrada cada objeto faltante.

Pero una cosa empezaba a quedar establecida.

La búsqueda no había terminado con la muerte de Pablo.

Una hora después llamó a Clara.

—Necesito que vengáis a comisaría.

—¿Los dos?

—Sí.

Clara miró a Adrián.

—¿Qué pasó?

—Tenemos una secuencia bastante sólida del despacho.

—¿Antes o después?

—Después de la muerte.

Clara guardó silencio.

Elena añadió que la hipótesis principal estaba suficientemente sustentada como para trabajar sobre ella.

Cuando terminó la llamada, Adrián empezó a guardar los documentos.

La implicación era inmediata.

El registro de la vivienda no había sido únicamente una advertencia previa.

Al menos una intervención había ocurrido cuando Pablo ya estaba muerto.

Clara pensó en la caja cuatro, en el portátil desaparecido y en la carpeta gris.

—Entonces alguien volvió porque todavía buscaba algo.

Adrián tardó un momento.

—Es una posibilidad muy fuerte.

La carpeta dejaba de ser solo un objeto perdido dentro de la historia.

Podía formar parte de la razón por la que alguien había regresado.