BLOQUE 3
La matrícula reflejada pudo reconstruirse parcialmente y, mediante otras cámaras, la policía terminó identificando el vehículo.
Estaba registrado a nombre de una empresa dedicada a servicios documentales y transporte patrimonial.
La actividad era irregular, pero seguía operativa.
El administrador figuraba como Esteban Llorca.
Tenía cuarenta y cuatro años.
La edad y la constitución eran compatibles con la figura de las imágenes.
Nada más.
Elena no permitió que aquella compatibilidad se transformara en identificación.
La empresa había prestado servicios para la Colección Velasco.
También aparecieron relaciones profesionales anteriores con Raúl Esteban.
Eso estrechaba el círculo.
No lo cerraba.
Un vehículo registrado a nombre de una empresa podía ser utilizado por varias personas.
Llorca afirmaba precisamente eso.
Fue localizado en Valladolid y reconoció que los coches se asignaban según las necesidades de trabajo.
Decía no recordar quién había usado aquel vehículo durante la madrugada investigada.
Los registros de combustible y encargos tendrían que reconstruirse.
Por primera vez, sin embargo, la entrada nocturna ya no terminaba en un coche sin historia.
Existía una empresa detrás.
Había un administrador identificable.
Y su actividad profesional estaba directamente relacionada con documentación patrimonial.
Elena confirmó además que Llorca conocía a Raúl porque ambos habían trabajado juntos.
La empresa de Llorca había prestado servicios a la Colección Velasco.
Nada demostraba todavía que los cuatro elementos —Raúl, Velasco, Llorca y el investigador de identidades falsas— formaran una misma estructura.
Algunos vínculos eran profesionales.
Otros continuaban sin acreditarse.
La policía siguió por esa línea.
Clara y Adrián regresaron a la Catedral.
Santiago los esperaba con un documento histórico.
Había encontrado una referencia a la primera copia abreviada que Pablo buscaba.
No era la copia.
Era la orden para prepararla.
El texto decía:
“Por mandato del administrador de la casa, hágase relación breve de la determinación para incorporar a los libros de memoria.”
El administrador no era Diego.
Era un hombre encargado del patronato.
Aquello alteraba de nuevo la reconstrucción.
La primera reducción documental conocida no había surgido espontáneamente porque un copista decidiera ahorrar espacio.
La preparación de una versión breve había sido ordenada.
La abreviación era deliberada como procedimiento.
Adrián colocó junto a la orden una copia posterior.
La cláusula que, según la tradición conservada por la rama de Fernando, protegía los derechos de sus descendientes ya no aparecía.
Eso marcaba el primer corte documental que podían localizar.
No demostraba aún que quien ordenó resumir hubiese indicado expresamente eliminar aquella cláusula.
Sí demostraba que una relación breve fue encargada y que, en la versión transmitida después, desapareció precisamente uno de los límites más importantes de la decisión.
Las fechas eran muy próximas a la reforma funeraria.
No podían afirmar que ambas actuaciones fueran ordenadas por la misma persona.
Pero la reducción documental y la transformación de la memoria visible pertenecían al mismo período.
Adrián aceptó una conclusión firme.
Había existido una selección consciente sobre qué contenido pasaba a los libros de memoria.
Eso era exactamente lo que Pablo había intentado localizar cuando escribió sobre la primera copia abreviada.
Clara vio entonces una semejanza con el presente.
No una repetición simbólica.
Mucho menos algo sobrenatural.
Una lógica humana.
En el pasado no hacía falta destruir todos los documentos.
Bastaba con producir una versión más breve donde desapareciera aquello que complicaba la continuidad.
En el presente tampoco habían vaciado la casa.
Alguien había entrado después de la muerte y retirado material concreto.
Elena llamó horas más tarde.
Todavía no podía demostrar que Llorca hubiese conducido el vehículo ni que fuera la figura que entró en la casa.
Él negaba conocer a Pablo.
Reconocía su relación profesional pasada con Raúl.
Altura y constitución seguían siendo compatibles con las imágenes.
Nada de eso bastaba para identificarlo.
Había, sin embargo, una consecuencia importante.
Si quien entró después se llevó la caja cuatro, lo ocurrido en la carretera no le había permitido obtener todo lo que buscaba.
El índice de Pablo continuaba mostrando una pieza pendiente:
Copia segunda.
Eso abría varias posibilidades.
Pablo podía no haberla encontrado.
Podía haber sabido dónde estaba y haberse negado a decirlo.
O quien lo enfrentó podía ignorar qué documentación tenía realmente.
La confrontación mortal y la entrada posterior no tenían por qué haber sido ejecutadas por la misma persona.
Alguien podía haber sido enviado a completar la búsqueda.
También podía tratarse del mismo individuo utilizando otro coche.
Nada estaba cerrado.
Salvo una cosa.
El despacho había sido registrado después de la muerte.
Eso ya no era una sospecha.
Cuando terminó la llamada, Clara miró los materiales que habían conseguido conservar.
Pablo había distribuido su investigación.
Parte quedó en su vivienda.
Otra había sido llevada al depósito.
Existían copias digitales y fotografías guardadas automáticamente.
Por eso retirar una caja no bastaba para hacer desaparecer el recorrido completo.
Cada fragmento sobreviviente permitía recuperar otro tramo.
Quizá quien entró aquella madrugada creyó que llevándose una parte decisiva podría impedir que alguien reconstruyera el resto.
No lo había conseguido.
La misma investigación que intentó reducir seguía recomponiéndose desde distintos lugares.
Y por primera vez existía un nombre materialmente conectado con el vehículo utilizado en la entrada posterior.
Esteban Llorca.
Todavía no era un culpable probado.
Pero había dejado de ser una figura sin rastro.