BLOQUE 2
Seguir a Alfonso abrió un problema distinto.
Hasta entonces Fernando había concentrado casi toda la investigación porque era su identidad la que parecía sobrevivir bajo la inscripción posterior.
Pero Alfonso no había desaparecido después de la muerte de su padre.
Seguía reclamando rentas frente a administradores vinculados con el patronato.
Había contraído matrimonio.
Y finalmente apareció su testamento.
Adrián lo leyó en silencio.
Alfonso tenía una hija.
Leonor.
La rama continuaba una generación más.
Eso hacía imposible entender la expresión “rama extinguida” como simple desaparición de descendientes.
La línea seguía existiendo.
La genealogía tardía vinculada con Diego, sin embargo, continuaba proclamándolo “Único continuador de la casa.”
Aquello aclaraba el verdadero significado de la frase.
Diego no era el único descendiente biológico.
Era el único continuador reconocido dentro de una determinada construcción jurídica o familiar.
La genealogía no intentaba describir toda la sangre.
Definía una continuidad.
El testamento de Alfonso aportó además algo esencial para el recorrido documental.
Mencionaba:
“Papeles de mi padre y de la memoria de Burgos.”
Esos documentos pasaban a Leonor.
Por primera vez tenían una ruta independiente del patronato.
Una parte de la documentación podía haber seguido con la administración de la fundación.
Otra podía haber permanecido con la rama de Fernando.
Eso proporcionaba una explicación histórica sólida para la existencia de duplicados, testimonios paralelos o conjuntos documentales diferentes que compartieran algunas piezas.
La anotación de Pablo:
“Segunda copia no está aquí.”
adquiría cada vez más sentido.
Aun así, Clara no quiso cerrarla.
Podía referirse a ese sistema de copias.
O no.
Lo importante era que la documentación demostraba que ambas ramas podían haber conservado material propio sobre un mismo conflicto.
Leonor había vivido fuera de Burgos durante una parte de su vida.
Eso ampliaba las posibilidades de dispersión.
Los papeles podían haber salido de la ciudad por una vía completamente distinta de la seguida por los documentos del patronato.
Mientras intentaban reconstruir esa ruta, Elena llegó acompañada.
Clara reconoció de inmediato al hombre de la fotografía de 2017.
Raúl Esteban.
Había aceptado explicar qué hacía en la Catedral aquel día.
Su versión inicial era sencilla.
Trabajaba por encargo del despacho de Julián Velasco y de la colección familiar, intentando localizar documentación asociada con la fundación de los Valderrama cuya procedencia no estaba clara.
Admitió que no tenía autorización específica para entrar en el área restringida.
Había visto el apellido en documentación vinculada con la obra y se acercó.
Allí habló con Pablo.
Pablo le dijo que había aparecido una marca bajo el relleno y que podía tratarse de una letra.
Raúl aseguró que ese día todavía no conocían cuál.
Le pidió que lo avisara si surgían referencias relacionadas con la fundación.
Tiempo después volvieron a hablar.
Entonces Pablo mencionó una posible identificación.
Fernando.
Raúl reconoció que transmitió ese nombre a Julián Velasco como hipótesis.
Aquello obligaría a revisar las primeras declaraciones de Velasco, porque significaba que conoció la posibilidad de Fernando antes de lo que inicialmente había admitido.
Raúl insistió en que no se trataba de una identificación definitiva.
Pero el nombre había circulado.
Después explicó qué documentos seguía buscando para la colección.
Entre ellos estaban el traslado de letras y la relación de sepulturas mudadas.
Cuando Santiago preguntó por el memorial, Raúl corrigió la denominación.
Él recordaba una ficha antigua que decía:
“Memorial de la sucesión y memoria.”
Elena se quedó inmóvil.
Ese título no aparecía así en el inventario que la familia había entregado.
Raúl afirmó que se trataba de una ficha más vieja.
Creía haberla fotografiado.
La policía necesitaba esa imagen.
Clara preguntó si Pablo conocía aquella ficha.
Raúl aseguró que no por él.
En cambio, dio por supuesto que Velasco sí.
La rapidez de la respuesta llamó la atención de Elena.
Raúl explicó que se trataba de documentación relacionada con la propia colección.
Pero precisamente por eso quedaba abierta una contradicción: Velasco había asegurado no haber revisado con detalle ciertos inventarios antiguos.
Antes de marcharse, Raúl explicó por qué una sepultura podía interesarle a alguien que investigaba procedencias documentales.
Si Pablo demostraba la existencia de una inscripción antigua asociada con la misma fundación, la piedra ayudaba a contextualizar los documentos conservados en la colección.
La motivación inicial podía ser perfectamente legítima.
El problema era que una investigación de procedencia también podía terminar descubriendo aspectos incómodos sobre cómo determinados papeles habían abandonado sus custodias anteriores.
Raúl salió con Elena.
Santiago resumió lo evidente.
Velasco sabía más de lo que había reconocido al principio.
Adrián aceptó.
Pero saber más no demostraba qué había hecho con ese conocimiento.
La distancia entre una declaración incompleta y un homicidio seguía siendo enorme.