CAPÍTULO 19 La genealogía incompleta
BLOQUE 1
Adrián empezó colocando las genealogías una junto a la otra.
No las leyó como árboles familiares.
Las leyó como versiones.
La más antigua estaba incompleta, pero conservaba a Fernando de Valderrama dentro de la línea principal y mencionaba a Inés de Castañeda junto con sus hijos.
La segunda era posterior.
Fernando seguía allí, aunque reducido a una entrada más breve. Alfonso figuraba. Beatriz también.
La tercera era la que ya conocían.
En ella, toda esa rama había desaparecido y Diego aparecía como único continuador.
Clara observó las tres durante varios segundos.
—Vistas juntas, cuentan algo distinto.
Adrián señaló la primera.
Era fundamentalmente descriptiva.
La segunda comenzaba a ordenar una sucesión.
La tercera ya no pretendía representar todos los parentescos, sino una continuidad familiar considerada consolidada.
Eso explicaba cómo una genealogía podía modificar la percepción del pasado sin necesidad de inventar nombres.
Le bastaba con seleccionar cuáles mantenía.
El problema era que la rama omitida coincidía precisamente con la que había discutido los derechos vinculados al patronato.
La tercera genealogía formaba parte de una recopilación familiar ligada a esa administración y había sido confeccionada décadas después del pleito.
Adrián necesitaba una pieza intermedia.
Algo que permitiera saber cuándo Fernando y sus descendientes habían dejado de ser tratados como una línea activa.
Santiago encontró una relación parcial de parentescos utilizada para acreditar derechos sobre determinadas rentas.
La fecha quedaba entre la segunda genealogía y la tercera.
Fernando aparecía allí.
Junto a su nombre figuraba una expresión:
“rama extinguida”.
Clara volvió inmediatamente a los documentos de Alfonso y Beatriz.
La relación era posterior al testamento de Inés.
Por tanto, quien la había redactado podía haber tenido acceso a información sobre los hijos.
Eso no significaba necesariamente que la conociera.
Había que comprobar algo más elemental.
Si la rama estaba realmente extinguida en esa fecha.
Santiago empezó por Alfonso.
Localizó documentos posteriores al pleito.
Después encontró otros.
Alfonso seguía vivo incluso después de que aquella relación hubiese calificado su línea como extinguida.
Beatriz también.
Una escritura de dote posterior lo confirmaba.
La expresión ya no podía justificarse como una simple constatación biológica.
Al menos respecto de la descendencia viva, era objetivamente incorrecta.
Clara miró la firma.
El documento había sido redactado por un escribano que trabajaba para el patronato.
Eso tampoco significaba que el hombre hubiese inventado deliberadamente la información.
Un escribano podía reproducir los datos que recibía.
La pregunta se desplazaba entonces hacia la fuente utilizada.
Quién había proporcionado una versión donde una rama aún existente aparecía como extinguida.
Otra pieza reforzó el patrón.
Era una relación de personas “con derecho a memoria”.
Fernando y su familia no aparecían.
Diego sí.
La fecha era posterior a la modificación de la sepultura.
En el margen figuraba:
“Según memoria de la capilla.”
Adrián se detuvo.
Aquella relación no se había construido exclusivamente a partir de documentos notariales.
Había utilizado la memoria funeraria como fuente.
Y para entonces la piedra ya había sido modificada.
Eso abría una consecuencia mucho más profunda.
La sepultura podía haber influido en las fuentes posteriores.
Una memoria funeraria transformada empezaba a producir documentación coherente con la nueva versión.
Con el tiempo, esas copias podían utilizarse para generar otras.
Así, una representación relativamente reciente podía adquirir una apariencia de antigüedad simplemente porque nuevas fuentes comenzaban a apoyarse en ella.
No era necesario destruir todos los testimonios anteriores.
Bastaba con que una fuente visible y prestigiosa se convirtiera en referencia.